miércoles, 1 de julio de 2026

Sánchez y los pucherazos

Hay que entender cómo Sánchez actuó para comprender hasta dónde está dispuesto a llegar ahora.

Las imágenes admiten interpretaciones, pero el contexto, las palabras, las consecuencias, los antecedentes y lo ocurrido a continuación despejan las dudas: Sánchez, hace diez años, quiso que el voto de sus compañeros sobre su continuidad fuera secreto y no dijo ni mú del sospechoso intento de instalar una urna clandestina en un cuartucho contiguo a la sala donde él intentaba aferrarse al cargo o empezar a generar el relato que le permitiera volver y, poco después, plantear una artera moción de censura que intercambió su triste Presidencia por el desguace de España.

Los vídeos publicados por Ketty Garat forman parte de un paisaje estructural que hace una década incluyó varios hitos, a cual más nefando: el bloqueo político del país durante un año, la negativa de Sánchez a aceptar dos derrotas históricas en seis meses y, paralelamente, su asalto al PSOE entre dudas de pucherazos, votos colados en las urnas por Koldo y Cerdán y una sospechosa financiación de sus campañas internas con donativos de origen desconocido y probablemente el dinero puesto por su suegro proxeneta, algo que hace nada el aludido fue incapaz de desmentir en una bochornosa escena ocurrida en el Senado.

Eso era, y es, Sánchez: la negativa a aceptar la decisión de las urnas, la trampa constante para sobrevivir, el uso de recursos siniestros, la mentira para sobrevivir y el negocio mafioso para imponerse a cualquier precio, con la complicidad por acción u omisión de todo el PSOE, en unos casos para prosperar a su vera, en otros por falta de valor para denunciar tanta ignominia y llevar la pelea hasta el final.

Todo ello es grave, pero no sorprendente, pero sobre todo perfila un modus operandi que, con sutileza o sin ella, se ha ido perfeccionando con el tiempo y goza ahora de toda la maquinaria del Estado. Porque quien aceptó una vez que la democracia interna puede malearse para obtener un beneficio, puede creer lo mismo en lances mucho más importantes, como unas elecciones generales.

¿Hasta dónde está dispuesto ahora a llegar para no perder el poder y el escudo que supone para no enfrentarse a las consecuencias de sus propios actos? Plantearse la pregunta es el primer paso. Porque todo lo que ha seguido haciendo esta calamidad provoca espanto y obliga a activar las alarmas: ha convertido el CIS y RTVE en aparatos de propaganda y de inducción de estados de opinión para condicionar el voto; se ha dedicado a asaltar todas las empresas y organismos clave en esa tarea intoxicadora o partícipes de un modo u otro en el proceso electoral (Correos, Indra y Telefónica) y ha impulsado leyes, como la de Memoria Democrática, que de facto pueden generar el derecho a voto de medio millón de nietos de españoles ajenos por completo a España.

Nada de ello, de manera aislada, permite denunciar una intentona fraudulenta de amaño electoral, una acusación gravísima que no debe ser aireada frívolamente sin caer en el exceso. Pero todo ello junto y sincronizado, unido a los precedentes amorales del personaje, sí obliga a contemplar las próximas elecciones con una mirada distinta y un ánimo fiscalizador inquebrantable: lo que Sánchez quiera hacer no lo sabemos. Lo que ha hecho ya sí es público, notorio y peligroso: nada menos que generar un ecosistema que le ayude a compensar el desprecio de los ciudadanos y a justificar cualquier resultado en beneficio propio, por increíble que parezca. Ojo.


El Debate (25.4.26). Antonio R. Naranjo

domingo, 31 de mayo de 2026

¿Qué le pasa a España? Le pasa Pedro Sánchez

 

Como mis amigos americanos ya padecieron hace pocos años a un presidente estúpido, entenderán bien lo que ahora sentimos nosotros: esa mezcla entre el orgullo de ser español y la profunda vergüenza ajena que nos produce Pedro Sánchez. Debemos ser un país bastante duro si todavía seguimos en pie después de siete años con semejante inútil al mando. Único consuelo: San Pedro me ha informado personalmente de que este sufrimiento nos descontará siete años de Purgatorio en el más allá.

Meses atrás, durante los debates sobre el gasto de defensa en la OTAN, Pedro Sánchez se negó a llegar al 5% del presupuesto como exigía Estados Unidos. Trump dijo entonces: «¿Qué pasa con España?». Quizá sea un buen momento para explicárselo:

Sánchez era un donnadie en la política cuando logró auparse en 2014 con la secretaría general del PSOE en extrañas circunstancias y en medio de una enorme crisis en el partido. En 2016 perdió las elecciones, pero se negó a abstenerse en la votación de investidura al ganador, Mariano Rajoy (PP), siendo expulsado por su propio partido por querer empujar a España a una situación de bloqueo electoral indefinido. Es como el niño pequeño que siempre tiene que ser el centro de atención. A veces hasta me da lástima porque en su caso no es una elección personal, es obvio que es algo patológico, algún trauma pendiente. Pero en el momento en que me toca pagar mis propios impuestos, se me pasa cualquier lástima que pudiera tener por él.

Sánchez volvió a presentarse en 2017 a las elecciones primarias del PSOE y ganó haciendo trampas, según la confesión posterior de sus propios colaboradores, que ahora están en prisión. Tampoco parece importarles mucho a los socialistas contemporáneos que su líder ganara con fraude —al parecer, es la norma en la izquierda.

Con lo que hoy sabemos, es imposible comprender su capacidad de supervivencia política sin tener en cuenta la figura de su suegro, dueño de una importante red de prostíbulos y saunas gays en España. En al menos uno de estos locales, en el centro de Madrid, según investigaciones periodísticas en curso, se realizaron hace años presuntamente grabaciones secretas a importantes personalidades de la política y el periodismo. Supongo que la táctica te suena de algo.

En 2017, Sánchez comprendió que nunca ganaría las elecciones con el voto de los ciudadanos, y decidió saltarse el trámite. Estableció acuerdos secretos con todos los partidos minoritarios, comunistas y cualquier basura que te encuentres criando pelo en el fondo de la nevera. Les prometió darles de todo, como haría yo si me encontrara cara a cara con María Sharápova. Vendió la soberanía de España a trozos desde el primer día. Y, cerrados los pactos, utilizó la figura de la moción de censura para expulsar a Mariano Rajoy del Gobierno sin elecciones y ponerse él. Desde 2019, Sánchez ha gobernado impulsado por apoyos parlamentarios polémicos, ganando por la mínima y apoyándose siempre en los comunistas. Sus vicepresidentes son admiradores de Lenin, de Stalin, del Che Guevara, de Castro y de gente así. Y, por supuesto, de Nicolás Maduro. Por eso Sánchez fue el primer imbécil en criticar la extracción de la rata con bigote.

Actualmente está en estado de excitación, casi enloquecido. Tiene a su alrededor una trama de investigaciones por escándalos y corrupción tan inmensa que haría falta todo el hemisferio norte para dibujarla en un mapa. Los dirigentes del partido que él nombró para el PSOE están en la cárcel, su hermano está investigado y su mujer afronta cinco cargos, entre ellos corrupción en los negocios, tráfico de influencias y malversación de fondos públicos. Su futuro es negro, quizá por eso ha decretado la regularización de más de medio millón de inmigrantes ilegales. La opinión pública es bastante unánime en esto: pocos de nuestros enemigos odian más a España y a los españoles que el propio Pedro Sánchez.

Telegram Julio Ariza

martes, 12 de mayo de 2026

El objetivo de Sánchez con la regularización

La regularización masiva de inmigrantes es, por una cuestión estrictamente cuantitativa ya de entrada, un despropósito: en la España de las listas sanitarias eternas, donde lograr cita para el médico de cabecera es una odisea, conseguir que la Administración te atienda presencial o virtualmente a tiempo una quimera y un jubilado no tiene derecho a unas muletas si se rompe una pierna; creer que hay recursos suficientes para atender y organizar una avalancha de entre 800.000 y 2.5 millones de personas es, simplemente, una temeridad.

No hace falta entrar ya en si es justo y procedente, que entraremos, para llegar a una conclusión: es imposible gestionar ese alud y, en el caso de que fuera viable, alguien tendría que explicar por qué el Estado no tiene respuestas para millones de españoles en apuros, por falta de recursos o quizá para algo tan visible ya como la ancianidad en soledad, y sí los encuentra siempre para fletar aviones, hoteles, campamentos, comedores y oficinas para cientos de miles de personas que no deberían haber llegado a España así.

O por qué la ley es implacable con todo menos con la cuestión migratoria. No es racista pedir orden y, desde luego, regularizar a quienes ya están entre nosotros, trabajan, sienten y viven unas vidas parecidas a las nuestras no necesita incorporar, a ese viaje de reconocimiento necesario, la barra libre para todo aquel que quiera entrar o que lo ha hecho ilegalmente, a menudo alejado del perfil ciertamente conmovedor del tripulante de un cayuco huyendo de la hambruna, de una guerra o de una epidemia.

Ya está bien de negar lo obvio: muchos vienen porque aquí es fácil acceder, lo hacen sin ningún problema en origen, se lo permiten porque pueden pagarse un billete de avión o una plaza en el barco de un mafioso y no huyen de nada que no deban enfrentar: ¿O acaso van a sacar adelante sus países los niños y viejos que dejan detrás?

Tampoco son menas todos los que dicen serlo. Y tampoco es verdad que todos vengan a trabajar y tengan ganas de integrarse: los hay que estafan, junto a sus padres, al conjunto de los españoles, fingiendo una edad que no tienen para exprimir al español ingenuo. Y los hay, también, que pretenden utilizar el sistema de libertades y derechos de Occidente, los mejores de la humanidad, para mantener y reforzar los suyos, a menudo medievales y de estímulo fundamentalista. Y los hay que quieren vivir del cuento, quizá porque aprenden rápido de nuestros propios aborígenes que ya lo hacen tras doctorarse en esa falsa vulnerabilidad que pagan riñones ajenos.

Todas esas realidades conviven con otra: la del inmigrante que lleva una vida impecable y merece salir de la clandestinidad. Y con otra más: la del que muere en el mar, en cifras récord, porque se estimula en él el efecto llamada de dirigentes como Sánchez pero no tiene los recursos de otros para intentarlo en condiciones seguras.

No hay, pues, un realidad única y homogénea de la inmigración, que además de todo lo descrito se ha convertido en un negocio para decenas de organizaciones que, bajo el disfraz humanitario, cobijan un inmenso negocio con muy pocos controles públicos.

Y como no hay una única realidad, el buen gobernante separa cada una de ellas y le da a cada cual el tratamiento que merece. Sánchez no pertenece a esa especie, todo en él es cálculo, error o bellaquería, y este relevante asunto no puede ser una excepción, así que hay que preguntarse cuáles son, esta vez, sus intereses. Y solo se me ocurren dos, aunque acepto ideas.

Uno: huir del escenario penal, del bloqueo político y de la insurgencia democrática en la que habita, como una garrapata del Estado de derecho, con otro ingrediente más en esa polarización que tanto alimenta y practica, otro ladrillo más en ese muro levantado desde su nefanda investidura para dividir a España y enfrentar a los españoles, esperando que la mitad de su lado supere a la del otro y él prospere en la charca fétida que ha creado.

Y dos: echar cuentas electorales, para ver si los regularizados de hoy son nacionalizados de mañana y, junto al medio millón que ya han conseguido ese avala para votar en las generales, engordar el censo electoral en beneficio propio. No hay más, porque la estupidez, siempre presente en el personaje por mucho que la maquille con un incesante y agotador postureo infantil, no es suficiente para entender esta jugarreta artera. Una más.


Antonio R. Naranjo. El Debate

jueves, 30 de abril de 2026

¿Cómo podemos estar vivos?

Pues parece que sí. Según la mayoría de los analistas de hoy en día, nuestros padres desde que nacimos han estado intentando matarnos.

Por lo visto hemos llegado a adultos por los pelos, ya que teniendo en cuenta que el gluten es malo, la lactosa es mala, los cereales y el pan blanco son veneno, el azúcar es lo mismo que el cianuro, la fructosa de los zumos te revienta por dentro y que las grasas son como resina para sellar las arterias, nosotros no deberíamos estar vivos.

Mirando hacia atrás, veo a mis padres.

Ahora veo su plan magistral para eliminarme.

Aquellos filetes con patatas fritas y el aceitillo de la sartén por encima eran por algo. Luego, al ver que me levantaba vivo por la mañana, lo volvían a intentar con un buen Colacao con una torre de galletas María unidas por una capa de mantequilla o margarina.

Como aquella fórmula no funcionaba, reforzaban con una merienda a base de ¡Pan blanco, con chocolate, chorizo foie gras!. (Entonces no había paté). A veces lo intentaban con más ahínco regando una rebanada de pan con vino y añadiéndole nada menos que azúcar blanco.

¿Se puede ser más asesino?

Los fines de semana entraban los extras y ya iban con todo: en el desayuno unos buenos sobaos pasiegos o unos churros, y, como tenían más tiempo para cocinar, me metían para comer una fabada con su choricillo, su capa de grasilla flotante y más pan para “mojar”.

De postre, para terminar con algo dulce, un arrocito con leche no podía faltar y si era verano el Miko Lápiz reglamentario.

En la cena podía caer un pollo asado con salsita para poder bañarse y de postre natillas.

Claramente eran unos psicópatas sin sentimientos.

Hicieron todo lo que pudieron, pero al final aguanté.

Lo más sorprendente, es que con esa alimentación, sin traumas ni alimentos prohibidos llegué a medir 1,83m.

¿A ver si el problema va a ser la actividad, la cantidad, la frecuencia, la variedad y el estilo de vida, entendidos míos?

Yo desde luego no me voy a subir al tren de alimentarme sólo de lechugas criadas en libertad y recogidas bajo la luna menguante del quinto ciclo de Júpiter en rotación con Saturno.

Nota: Lo de las abuelas ya ni os cuento. Aquello eran auténticas casas de tortura. Nunca habías comido suficiente

jueves, 23 de abril de 2026

¡Qué vergüenza Majestad!

Desde el máximo respeto y cariño: ¡Vayase, Majestad! No nos haga pasar más vergüenza a los españoles en su persona, aguantando estoicamente insultos, pitadas y faltas de respeto a Su Majestad y por ende, a todos los españoles.

Esto no pasa en ningún país civilizado del mundo donde también existe la «libertad de expresión» aunque debe tratarse de otra versión, porque hay libertad, sí, pero no para insultar, faltar al respeto o agredir verbalmente al prójimo. En Francia, todos lo saben, el presidente de la República François Mitterrand, en un partido internacional Francia–Argelia, en cuanto empezaron los pitidos a la Marsellesa, no solo se marchó sino que se suspendió el partido. No ha vuelto a producirse esta situación ninguna otra vez. No será porque en el país vecino no se respete la libertad de expresión, es que, en esta España decadente, desde el punto de vista moral y de respeto a los demás, se amparan demasiadas cosas negativas (daría para otro artículo enumerarlas).

Váyase, Majestad, y ordene que se suspenda el partido y cada uno a su casa, con silbato incluido, donde le quepa. Ya son muchas finales, muchas repeticiones de un mismo hecho bochornoso, vergonzoso, inadmisible.

Ni la Casa Real, ni el gobierno, ni la oposición, ni la federación de futbol, aquí nadie chista y manda quien manda. Muy bien, pues emplee esas dotes de mando para defender a todos los españoles de esa panda de energúmenos (es lo más suave que se me ocurre para no incurrir en el insulto) y al primero de todos a S.M. El Rey, aunque bien podía defenderse solo y de paso a todos nosotros, simplemente abandonando el estadio.

Suspendido el partido, los equipos cuyos aficionados nos hayan faltado al respeto al Rey y a todos los españoles, naturalmente en uno o dos años, no volverán a jugar una competición que patrocina la Federación Española de Futbol y que preside S.M. El Rey de España.

Si no nos quitamos los complejos, si no nos hacemos respetar unos a otros, la convivencia nunca será posible. Si los españoles que son socios o aficionados a esos equipos de futbol no ponen pie en pared, no dicen ¡Basta Ya! y son ellos, la masa social de esos clubes, los primeros que tienen que exigir respeto para ellos mismos y para el resto de los españoles, esta deriva acabará muy mal. Tenemos una sociedad dividida por muros levantados intencionadamente, pero aun así, se puede convivir si existe el respeto necesario de los unos por los otros. Por las buenas o por lo económico, o por dejar de asistir a su estadio o cualquier otra medida de presión hasta lograr la cordura de sus dirigentes y aficionados exaltados y mal educados.

La cosa es muy sencilla: O nos respetamos todos o esto, esta sociedad, terminará muy mal, no es posible la convivencia desde el odio. Además, si los hechos ocurrieran al revés, si los españoles de bien, los educados y respetuosos con lo ajeno, pitaran su himno, insultaran a su bandera o prohibieran la presencia de sus símbolos deportivos en otros estadios de España, les aseguro que los afectados no permanecerían impasibles.

El F.C. Barcelona se negó a jugar en su estadio el partido de vuelta de semifinales de la Copa del Rey en la temporada 1999–2000, alegando ausencia de jugadores del primer equipo que estaban jugando con sus respectivas selecciones. Para no ser sancionados con la exclusión de la competición de Copa la siguiente temporada, sacaron un improvisado equipo de 10 jugadores y tras los saludos se retiraron del campo, dando por perdida la eliminatoria.

Hay antecedentes de suspensión de partidos por esa u otras causas y los árbitros españoles tienen órdenes de suspender el partido si hay muestras de xenofobia en el comportamiento del público, insultos a jugadores negros o faltas de respeto graves a los jugadores.

A los jugadores no, pero a S.M. El Rey de todos los españoles, lo quieran esos descerebrados o no, a él sí se le puede faltar al respeto. ¡No lo consienta Majestad, antes váyase y evítenos la vergüenza!

Jaime Rocha es capitán de Navío (R) y exagente del CNl

El Debate

miércoles, 15 de abril de 2026

¿El gran robo electoral que se avecina?

 El término pucherazo se alumbró en la Restauración para nominar una práctica que era habitual en España desde que se instauró el derecho de voto, especialmente en el mundo rural, aunque naturalmente ya era moneda de uso corriente en los pocos países que habían pasado de monarquías absolutas a regímenes democráticos o semidemocráticos. En España los pucherazos se convirtieron en moneda de uso corriente en el mismo momento de la aprobación del «sufragio universal» en la Constitución de Cádiz de 1812. Sufragio universal entre comillas porque durante más de un siglo las mujeres carecieron del más elemental de los derechos en un sistema de libertades. Sólo metían la papeleta los machirulos.

Hecha la ley, se hizo la trampa. Las fórmulas para torcer la voluntad popular se pusieron en práctica ya en las primeras elecciones generales celebradas en España, las constituyentes de 1810. La mente hispánica, genéticamente dotada para la trampa, alumbró diversos modus operandi: desde el método Lázaro en honor a ese Lázaro de Betania de la Biblia que se levantó y anduvo —aquí los muertos se levantaban, votaban y regresaban a la tumba—, hasta la burda compra del sufragio, pasando por el vaciamiento de las urnas para introducir en ellas las siglas deseadas por el cacique de turno o el cumplimiento sin rechistar por parte de los campesinos de las órdenes del señorito para apoyar a tal o cual candidato.

Uno de los personajes más brillantes intelectualmente y a la vez malévolos en términos prácticos de la Restauración fue Álvaro Figueroa, conde de Romanones, que se convirtió en la principal autoridad en materia de atracos electorales. En el turnismo era habitual la alteración de los resultados, más en las elecciones municipales que en las generales, donde los controles eran más exhaustivos. Ésa fue precisamente la excusa que se sacó de la chistera la izquierda en 1931 para desautorizar el dictamen de las municipales y forzar el exilio de Alfonso XIII convirtiendo la desde tiempos inmemoriales monárquica España en una República, la segunda de nuestra historia.

Si bien es cierto que la Segunda República fue, en palabras del gigantesco Stanley G. Payne, la primera democracia española, no lo es menos que no fue precisamente un camino de rosas ni un campeonato de santos o beatos. El magistral libro Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa demuestra vía documentos públicos oficiales que las izquierdas robaron sin cortarse un pelo los comicios del 16 de febrero de 1936 que otorgaron la Jefatura del Gobierno y luego la Presidencia de la República al increíblemente sobrevalorado e injustamente loado Manuel Azaña. Al menos un 10% de los escaños conseguidos por el Frente Popular lo fue por obra y gracia del pucherazo, básicamente mediante la simple alteración de las actas.

Si el veredicto de las elecciones de 2023 que Pedro Sánchez tenía perdidas hasta prácticamente una semana antes, tal y como atestiguaban unánimemente todas las encuestas, fue consecuencia de un pucherazo sólo lo saben el marido de la pentaimputada y Dios, que está en todas partes y naturalmente también en esas sacas electorales de un voto por correo que se disparó exponencialmente por la fecha de la cita con las urnas, 23 de julio, en pleno verano, con media España de vacaciones y la otra media preparando las maletas. Lo cierto y verdad es que el sufragio a distancia es, por su propia naturaleza oscurantista, más sensible al pucherazo que el presencial por la perogrullesca razón de que en todas las mesas electorales de España hay interventores al menos de los dos principales partidos. Colar papeletas del PSOE cuando hay testigos del PP y viceversa es física y metafísicamente imposible.

Pero ojo a los sospechosos datos de las generales de 2023. Optaron por el voto por correo 2.471.000 españoles, millón y medio de personas más que en las generales de noviembre de 2019 y un millón más que en las de abril de ese año en el que nos tocó pasar por las urnas dos veces porque Sánchez y el delincuente de Pablo Iglesias no se ponían de acuerdo. «Si pactase con Podemos no podría dormir por las noches», llegó a asegurar el Pinocho de La Moncloa. La comparación con el uso de esta modalidad de voto en los comicios de 2015 y en la repetición de 2016 es sencillamente escandalosa: en los primeros la emplearon 788.000 personas y en los segundos, 1,3 millones. A más voto por correo, más posibilidades de tongo. Si Sánchez fue Romanones en las generales es imposible certificarlo más allá de toda duda razonable. Sí lo fue en las Primarias socialistas de 2014 y en el Comité Federal de 2016. Pero el repaso de los datos induce cuasi instantáneamente al mosqueo. Ahí va uno de ellos tremendamente ilustrativo: en la Comunidad de Madrid el PP obtuvo el 47,3% de los votos en las autonómicas del 28 de mayo de 2023, cifra que se desmoronó hasta el 40,5% en las elecciones al Congreso y al Senado del 23 de julio. Sospechoso en el más inocente de los escenarios porque no habían transcurrido ni dos meses. No meras conjeturas sino una realidad incontrovertible resultó la cadena de robos electorales consumada por el PSOE en las municipales de 2023 en diversas localidades de Almería, Melilla, Murcia, Ciudad Real, Sevilla, La Gomera y Tenerife. Un pucherazo puede constituir una casualidad por aquello de que en toda organización cuelga alguna que otra manzana podrida, tantos, evidentemente no.

Que Alberto Núñez Feijóo será el próximo presidente del Gobierno es algo en lo que coinciden todos los sondeos excepto los del malversador Tezanos. Pero yo que el de Los Peares no las tendría todas conmigo teniendo en cuenta el gran pucherazo encubierto que está pergeñando en la sombra Romanones Sánchez. La nacionalización de presuntísimos nietos de exiliados en aplicación de ese escandaloso cajón de sastre que representa la Ley de Memoria va viento en popa. Y nacionalización es igual a derecho de voto. Por cierto: a estos nuevos españoles se les asigna por defecto Madrid como circunscripción electoral con el indisimulado objetivo de joder a Ayuso. Lo que no llegará a tiempo para adulterar el resultado es la regularización de 800.000 inmigrantes ilegales anunciada por el Gobierno. No podrán votar en 2027 pero sí en 2031. Si pierden el poder el año que viene, no pasa nada, que ya lo recuperarán dentro de cinco. Continúa siendo el gran agujero negro de nuestra democracia. Esta gracia se ha otorgado ya a 490.000 supuestísimos descendientes de exiliados que vinieron al mundo en naciones recónditas, principalmente iberoamericanas, a los que no sé qué carajo se les ha perdido en unas generales en España. Si a sus padres les importaba cero lo que ocurría electoralmente por estos pagos, esencialmente porque habían nacido en el extranjero, ya me dirán o me contarán ustedes qué interés pueden tener los hijos de los hijos de los exiliados, muchos de los cuales no han pisado nuestro país en su vida. Eso en el caso de que sean sangre de la sangre de las personas que abandonaron España tras finalizar la Guerra Civil, que es mucho suponer. A un servidor que es de natural malpensado le da que con estas nacionalizaciones están haciendo más trampas que el Barça con Negreira. La pregunta del millón de dólares es inevitable: ¿cómo coño se certifica empíricamente que fulanito o menganito es nieto de exiliado?.

Hasta Abundio colegirá que los nietos de exiliados, si realmente ostentan esa condición, votarán masiva por no decir unánimemente por opciones de izquierda, bien el Partido Socialista, bien Sumar o como diantres se acabe llamando finalmente la propuesta de los de Yolanda Díaz o quién sabe si ese Podemos que está en las últimas. Estos 490.000 nuevos votantes suponen ya más que la diferencia total de sufragios que hubo entre Feijóo y Sánchez el 23 de julio de hace tres años: 339.000. Vamos, que al PP y a Vox les van a endosar un pucherazo mucho más sutil que los de antaño porque encima éste será legal. Conviene no olvidar que esta prostitución de un censo electoral al que no va a reconocer ni la madre que lo parió no ha terminado. Sigue su curso. Lo que Sánchez ha perdido con Begoña, David, el latrocinio, las putas, los cocainómanos, las negligencias criminales en la pandemia y en Adamuz, sus tics autocráticos, el apagón y sus pactos con ETA y los golpistas catalanes, lo va a ganar con estas nacionalizaciones. El autócrata acabará dejando como un vulgar principiante a Romanones. Tiempo al tiempo.

Eduardo Inda. OK Diario 12.04.2026



jueves, 26 de marzo de 2026

¿Qué le pasa a España? Le pasa Pedro Sánchez

 Como mis amigos americanos ya padecieron hace pocos años a un presidente estúpido, entenderán bien lo que ahora sentimos nosotros: esa mezcla entre el orgullo de ser español y la profunda vergüenza ajena que nos produce Pedro Sánchez. Debemos ser un país bastante duro si todavía seguimos en pie después de siete años con semejante inútil al mando. Único consuelo: San Pedro me ha informado personalmente de que este sufrimiento nos descontará siete años de Purgatorio en el más allá.

Meses atrás, durante los debates sobre el gasto de defensa en la OTAN, Pedro Sánchez se negó a llegar al 5% del presupuesto como exigía Estados Unidos. Trump dijo entonces: «¿Qué pasa con España?». Quizá sea un buen momento para explicárselo:

Sánchez era un donnadie en la política cuando logró auparse en 2014 con la secretaría general del PSOE en extrañas circunstancias y en medio de una enorme crisis en el partido. En 2016 perdió las elecciones, pero se negó a abstenerse en la votación de investidura al ganador, Mariano Rajoy (PP), siendo expulsado por su propio partido por querer empujar a España a una situación de bloqueo electoral indefinido. Es como el niño pequeño que siempre tiene que ser el centro de atención. A veces hasta me da lástima porque en su caso no es una elección personal, es obvio que es algo patológico, algún trauma pendiente. Pero en el momento en que me toca pagar mis propios impuestos, se me pasa cualquier lástima que pudiera tener por él.

Sánchez volvió a presentarse en 2017 a las elecciones primarias del PSOE y ganó haciendo trampas, según la confesión posterior de sus propios colaboradores, que ahora están en prisión. Tampoco parece importarles mucho a los socialistas contemporáneos que su líder ganara con fraude —al parecer, es la norma en la izquierda.

Con lo que hoy sabemos, es imposible comprender su capacidad de supervivencia política sin tener en cuenta la figura de su suegro, dueño de una importante red de prostíbulos y saunas gays en España. En al menos uno de estos locales, en el centro de Madrid, según investigaciones periodísticas en curso, se realizaron hace años presuntamente grabaciones secretas a importantes personalidades de la política y el periodismo. Supongo que la táctica te suena de algo.

En 2017, Sánchez comprendió que nunca ganaría las elecciones con el voto de los ciudadanos, y decidió saltarse el trámite. Estableció acuerdos secretos con todos los partidos minoritarios, comunistas y cualquier basura que te encuentres criando pelo en el fondo de la nevera. Les prometió darles de todo, como haría yo si me encontrara cara a cara con María Sharápova. Vendió la soberanía de España a trozos desde el primer día. Y, cerrados los pactos, utilizó la figura de la moción de censura para expulsar a Mariano Rajoy del Gobierno sin elecciones y ponerse él. Desde 2019, Sánchez ha gobernado impulsado por apoyos parlamentarios polémicos, ganando por la mínima y apoyándose siempre en los comunistas. Sus vicepresidentes son admiradores de Lenin, de Stalin, del Che Guevara, de Castro y de gente así. Y, por supuesto, de Nicolás Maduro. Por eso Sánchez fue el primer imbécil en criticar la extracción de la rata con bigote.

Actualmente está en estado de excitación, casi enloquecido. Tiene a su alrededor una trama de investigaciones por escándalos y corrupción tan inmensa que haría falta todo el hemisferio norte para dibujarla en un mapa. Los dirigentes del partido que él nombró para el PSOE están en la cárcel, su hermano está investigado y su mujer afronta cinco cargos, entre ellos corrupción en los negocios, tráfico de influencias y malversación de fondos públicos. Su futuro es negro, quizá por eso ha decretado la regularización de más de medio millón de inmigrantes ilegales. La opinión pública es bastante unánime en esto: pocos de nuestros enemigos odian más a España y a los españoles que el propio Pedro Sánchez.

Telegram Julio Ariza