jueves, 26 de marzo de 2026

¿Qué le pasa a España? Le pasa Pedro Sánchez

 Como mis amigos americanos ya padecieron hace pocos años a un presidente estúpido, entenderán bien lo que ahora sentimos nosotros: esa mezcla entre el orgullo de ser español y la profunda vergüenza ajena que nos produce Pedro Sánchez. Debemos ser un país bastante duro si todavía seguimos en pie después de siete años con semejante inútil al mando. Único consuelo: San Pedro me ha informado personalmente de que este sufrimiento nos descontará siete años de Purgatorio en el más allá.

Meses atrás, durante los debates sobre el gasto de defensa en la OTAN, Pedro Sánchez se negó a llegar al 5% del presupuesto como exigía Estados Unidos. Trump dijo entonces: «¿Qué pasa con España?». Quizá sea un buen momento para explicárselo:

Sánchez era un donnadie en la política cuando logró auparse en 2014 con la secretaría general del PSOE en extrañas circunstancias y en medio de una enorme crisis en el partido. En 2016 perdió las elecciones, pero se negó a abstenerse en la votación de investidura al ganador, Mariano Rajoy (PP), siendo expulsado por su propio partido por querer empujar a España a una situación de bloqueo electoral indefinido. Es como el niño pequeño que siempre tiene que ser el centro de atención. A veces hasta me da lástima porque en su caso no es una elección personal, es obvio que es algo patológico, algún trauma pendiente. Pero en el momento en que me toca pagar mis propios impuestos, se me pasa cualquier lástima que pudiera tener por él.

Sánchez volvió a presentarse en 2017 a las elecciones primarias del PSOE y ganó haciendo trampas, según la confesión posterior de sus propios colaboradores, que ahora están en prisión. Tampoco parece importarles mucho a los socialistas contemporáneos que su líder ganara con fraude —al parecer, es la norma en la izquierda.

Con lo que hoy sabemos, es imposible comprender su capacidad de supervivencia política sin tener en cuenta la figura de su suegro, dueño de una importante red de prostíbulos y saunas gays en España. En al menos uno de estos locales, en el centro de Madrid, según investigaciones periodísticas en curso, se realizaron hace años presuntamente grabaciones secretas a importantes personalidades de la política y el periodismo. Supongo que la táctica te suena de algo.

En 2017, Sánchez comprendió que nunca ganaría las elecciones con el voto de los ciudadanos, y decidió saltarse el trámite. Estableció acuerdos secretos con todos los partidos minoritarios, comunistas y cualquier basura que te encuentres criando pelo en el fondo de la nevera. Les prometió darles de todo, como haría yo si me encontrara cara a cara con María Sharápova. Vendió la soberanía de España a trozos desde el primer día. Y, cerrados los pactos, utilizó la figura de la moción de censura para expulsar a Mariano Rajoy del Gobierno sin elecciones y ponerse él. Desde 2019, Sánchez ha gobernado impulsado por apoyos parlamentarios polémicos, ganando por la mínima y apoyándose siempre en los comunistas. Sus vicepresidentes son admiradores de Lenin, de Stalin, del Che Guevara, de Castro y de gente así. Y, por supuesto, de Nicolás Maduro. Por eso Sánchez fue el primer imbécil en criticar la extracción de la rata con bigote.

Actualmente está en estado de excitación, casi enloquecido. Tiene a su alrededor una trama de investigaciones por escándalos y corrupción tan inmensa que haría falta todo el hemisferio norte para dibujarla en un mapa. Los dirigentes del partido que él nombró para el PSOE están en la cárcel, su hermano está investigado y su mujer afronta cinco cargos, entre ellos corrupción en los negocios, tráfico de influencias y malversación de fondos públicos. Su futuro es negro, quizá por eso ha decretado la regularización de más de medio millón de inmigrantes ilegales. La opinión pública es bastante unánime en esto: pocos de nuestros enemigos odian más a España y a los españoles que el propio Pedro Sánchez.

Telegram Julio Ariza

miércoles, 4 de marzo de 2026

Carta de un cura de barrio a Silvia Abril (sus declaraciones en los Goya)

Estimada Silvia:

Me llamo Francisco Javier. Soy un sacerdote del montón que vive y trabaja en un barrio obrero del sur de Madrid, en Leganés. En mi día a día no hay focos ni maquillaje; aquí la vida es muy auténtica. Me dedico a estar con gente que sufre mucho, a escuchar a quien no duerme por la ansiedad de los problemas, a consolar a quien ha perdido a alguien querido y a dar esperanza a quien ya no ve salida. Como mis compañeros, trato de ayudar a todo el que lo pide.

He escuchado unas declaraciones suyas en la gala de los premios Goya en las que, entre otras cosas, dijo: «Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano; me da pena que necesiten creer en algo y se agarren a la fe cristiana». Por eso me he animado a escribirle y contarle algunas cosas.

Hace menos de un mes celebré un funeral de cuerpo presente por un hombre de cincuenta años que murió de manera repentina. Infarto. Aún tengo grabados a su padre y a su madre llorando desconsolados delante del féretro, y la cara de angustia de su mujer y de sus dos hijos, que han quedado huérfanos. Fue duro. Les dije que, si existe la sed, es porque existe el agua; y que, si existe el deseo de volver a abrazar a las personas que queremos, es porque existe el Cielo. Les anuncié que seguimos a un Dios que conoce el camino para salir de la tumba. Hace unos días su mujer me dio las gracias porque aquella oración era lo único que le había dado esperanza. Al ver sus declaraciones pensé que usted podría haber venido conmigo al tanatorio y, mirando a sus hijos a los ojos, haberles dicho: «Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano». Y luego, a su viuda y a sus padres: «Me da pena que necesiten creer en algo y se agarren a la fe cristiana».

La última vez que asistí de cerca a la muerte de una niña fue el año pasado. La planta de oncología infantil del hospital estaba decorada con cariño para dar algo de luz en medio del sufrimiento de aquellos pequeños. Sus padres me llamaron. Estuve hablando largo rato con ellos. Me emocioné cuando su madre me dijo que la niña había dicho que sabía que iba a estar bien porque iba «con Jesús». Después le administré la unción y rezamos juntos en familia. Volví por los pasillos secándome las lágrimas. Aún la recuerdo riendo con su pañuelo en la cabeza. Murió unos días después. ¿Sabe qué, Silvia? He pensado que quizá le hubiera gustado estar allí para decirle aquello de: «Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano». Hoy sus padres siguen adelante con un dolor inmenso y también con esperanza; incluso han recibido el regalo de otra hija. ¿Se atrevería usted a venir conmigo un día a verles y repetirles que le da pena que necesiten creer en algo?

Usted dijo también: «Lo siento por la Iglesia, menudo chiringuito tenéis montado». ¿Sabe algo? En este barrio donde estoy no hay alfombras rojas ni se celebran galas. No hay salas VIP ni trajes de noche. Sí que hay camareros inmigrantes, pero aquí suelen servir café en las mesas, no están con bandejas llevando cócteles y aperitivos gourmet en las fiestas. Soy feliz aquí, quiero a este barrio. La invito a venir, Silvia. Véngase a mi «chiringuito» parroquial y quédese una mañana conmigo visitando a los enfermos que ya no pueden salir a la calle porque viven en edificios sin ascensor. Escuche las historias de mujeres que están solas porque sus hijos no las visitan nunca. Oiga a hombres que viven con la herida de haber perdido hijos por la droga o el alcohol. Puede ofrecerles alguno de esos consejos que se dicen en televisión. Después, por la tarde, acompáñenos con las voluntarias de Cáritas repartiendo alimentos a familias inmigrantes. No tenemos photocall, pero puede ayudar a repartir cajas de fruta, puede mirarlas y escuchar sus historias, y comparta con ellas sus recetas sobre la fe.

O quédese conmigo atendiendo a jóvenes que no logran salir de una adicción, que sufren por la ruptura de sus familias o por la angustia de no poder independizarse. Estarán encantados de escuchar sus soluciones. Luego le invito a quedarse en Misa con nosotros. Y no voy a cobrarle nada. En mi «chiringuito» no entra un solo céntimo de quien no quiere darlo libremente en la declaración de la renta. En cambio, de los impuestos que yo pago, una parte irá a sus películas, lo quiera yo o no.

¿Sabe por qué muchos jóvenes, y también adultos, vuelven a lo cristiano? No es que volver sea una carencia. Es que tienen carencias porque han crecido rodeados de cosas, pero vacíos de sentido. Mucha gente de las generaciones anteriores les han dado de todo pero les han negado lo más importante. Cuando alguien tiene frío, busca un refugio donde haya fuego, ese fuego que a veces se les ocultó. Necesitan creer porque, como usted y como yo, sufren, lloran, se angustian, tienen miedo y experimentan debilidad. Porque ven la vida con profundidad y no se conforman con que sea solo lo que se les ha ofrecido. Sus declaraciones suenan a cierta superioridad moral, como si ser frágil y apoyarse en la fe fuera algo vergonzoso, como si tuviéramos que ser superhéroes perfectos que nunca fallan. Y luego nos preguntamos por qué la salud mental es un problema creciente.

Sinceramente, hoy rezaré por usted.

Que tenga un buen día.

Francisco Javier Bronchalo, cura de barrio.