lunes, 16 de noviembre de 2015

Para los que dicen yo también soy Paris

"Qué vas a ser París. París es esa ciudad donde la gente salió del estadio evacuado cantando el himno nacional, el que aquí abucheamos. París es esa ciudad donde los periódicos hablan de guerra sin tapujos, y donde el presidente socialista promete una respuesta sin piedad, «impitoyable». París es la capital de un país que considera su libertad y sus valores algo mucho más importante que su miedo.


Y tú... tú eres parte de un pueblo que hace once años, en una situación similar, en unos días iguales de sangre y plomo, se amedrentó y echó la culpa a su propio Gobierno. Que duda de su modelo de sociedad y todavía hoy piensa que si nos vienen a matar es porque algo habremos hecho. Que no ha aprendido, basta ver cómo olvida a las víctimas, de su larga experiencia de sufrimiento. Tú eres un superviviente del terrorismo, pero no lo sabes porque te cuesta pensar que los asesinados murieron en tu nombre. Porque prefieres creer que basta con no odiar para defenderte del odio."

domingo, 15 de noviembre de 2015

Arturo Pérez-Reverte: Es la guerra, idiotas

Por su interés y brillantez, reproduzco el artículo publicado de Arturo Pérez-Reverte.
Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se recuesta en la silla y sonríe, amargo. «No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta». Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. «Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo».
Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos. Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace creer exportables en frío, por las buenas, fiadas a la bondad del corazón humano, acaban siendo administradas por curas, imanes, sacerdotes o como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió el barón Holbach en el siglo XVIII: «Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada».
Porque es la Yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí. Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan «Alá Ajbar» y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles. Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte al Profeta». Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia».
A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta. Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe. Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso. En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros. Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones, ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra. Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socioteológicas. Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio. Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros.

Alá también llora por Paris

El fanatismo religioso que algunas organizaciones Islámicas están justificando en el Corán, es únicamente una forma de saciar su sed de venganza (no se sabe muy bien de qué) y desatar sus instintos asesinos.
Ninguna, y repito, NINGUNA religión justifica la violencia y basa su doctrina en el rencor y el asesinato.
Desde este pequeño y escondido rincón de mi blog, querría trasladar mi apoyo y solidaridad al pueblo francés, ante la barbarie asesina de estos instrumentos del diablo, y nunca del Corán.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Cansado de la falta de honradez

La verdad es que cada día más, los ciudadanos y vecinos son menos honrados, y tienen menos valores y ética. Lo cierto es que es vergonzoso que dejes tu coche aparcado en la calle, y cuando regresas para recogerlo, después de pagar el impuesto revolucionario del Servicio (¿qué servicio te prestan?) de Estacionamiento Regulado (SER), te encuentras que un impresentable y sinvergüenza le ha dado un golpe de consideración a tu coche, y por su puesto, se ha ido sin dejarte una nota de disculpa y su número de teléfono para hacer el parte del siniestro.

A la persona que te ha dado el golpe, le importa muy, pero que muy poco que no tengas el seguro a todo riesgo, y te lo tengas que pagar tu de tu bolsillo, máxime cuando el golpe es inmovilizante, que les importa poco que tengas o no en tu seguro servicio de grúa.

La cuestión es que, o lo hace porque no tiene seguro o por ahorrase el bonus/malus de su compañía de seguros y que no le suban la prima (entiendo que debe de estar dando golpes todos los días). En cualquiera de los supuestos, son malas personas que sólo piensan en ellos mismos, y sus prójimos les importan muy, muy poco.

En 33 años de carné de conducir, me han dado ya unos cuantos bastantes golpecitos, golpes, y golpazos (estos casi inmovilizantes) a los distintos coches que he tenido, y JAMAS en mi vida me he encontrado una nota. Eso sí, cuando he ido por la calle, y he visto alguien que lo ha hecho, y que por supuesto se ha ido silbando como si nada hubiera pasado, ya me he encargado yo de dejar una nota con mi número de teléfono indicando que he sido testigo del golpe, y ofreciéndome como testigo si era necesario.

Menos clases de educación para la ciudadanía y chorradas similares, y mas clases de educación, moral, ética y honradez.

No lo justifico, pero no me extraña  si a alguien le ocurre y se le va la mano con el "delincuente" que intenta escabullirse, o que luego le ocurra a uno que esté en mi caso, y pague a los demás con la misma moneda. Todo un círculo vicioso, que tal y como están las cosas irá a mas y a más.