lunes, 27 de mayo de 2024

NO DESCARTO QUE SÁNCHEZ SE FUGUE

No descarto que Sánchez se fugue, que tenga que irse de España. No lo descarto. Con maletero, o sin maletero. Ya se verá. Pero una huida en toda regla. Es más: hay precedentes. Ya lo hizo Betino Craxi, el líder del partido socialista italiano, que huyó a Túnez el resto de su vida para no responder ante la Justicia de su país tras haber saqueado las arcas públicas. Y con él, desapareció para siempre el partido socialista italiano.

Es tan brutal lo que pasa en España, es todo tan raro y oscuro, que sólo desde la delincuencia organizada o desde el trastorno mental de un sociópata se pueden explicar ciertas cosas: los pinchazos de Marruecos al teléfono de Sánchez, las turbias y asimétricas relaciones de Sánchez con el rey marroquí, el brusco y radical cambio de posición con El Sahara, las negociaciones con golpistas prófugos, la desarticulación del CNI en Cataluña y el País Vasco, la amnistía por cojones a terroristas y amigos de Putin, el toqueteo del Código Penal a gusto del delincuente, la alianza con los proetarras de Bildu, las infamias del CIS de Tezanos, la parasitación del Tribunal Constitucional por elementos sanchistas, el abandono de la Guardia Civil en su lucha contra el narcotráfico, etcétera, etcétera, etcétera. Todo de una gravedad tan extrema que haría plantearse a cualquier presidente español huir hacia Venezuela y pedir asilo político. Bueno. Mejor a Suiza, pues no se conoce un solo caso de socialista, comunista o independentista que se haya exiliado en Corea del Norte, en Cuba o en Venezuela. Curioso.

Pero quedaba el caso Koldo para aumentar el riesgo de fuga del presidente Sánchez, un caso que tiene que ver con las maletas de Delsy y con una banda de delincuencia organizada del PSOE para enriquecerse con las mascarillas del COVID. Y perdón por repetir conceptos. Ya sé que, desde que Sánchez llegó al poder para regenerarnos moralmente de la corrupción del PP, decir “banda de delincuencia organizada” y decir “PSOE” son la misma cosa en una sola frase.

Un buen día de hace dos años, de madrugada, en absoluto secreto, Sánchez y Marlaska despiertan a Ávalos y lo envían urgentemente al aeropuerto de Madrid para entrevistarse con Delsy, la vicepresidenta chavista de Venezuela que tiene prohibido pisar suelo europeo por delitos de tortura y de lesa humanidad. Delsy viaja de incógnito con muchísimas maletas. Lo que allí pasa, dentro del avión, no se sabe con certeza, sobre todo porque existen grabaciones del aeropuerto que contradicen las primeras quince versiones que Ávalos da a los periodistas sobre su encuentro nocturno. A Ávalos lo acompaña Koldo, su chófer, su gigantesco lugarteniente, su chico para todo, un matón de discoteca, un portero de prostíbulo ascendido a mano derecha de un ministro del Gobierno, un forzudo que también entra en el avión y coge aquel puñado de maletas cargadas de no se sabe bien qué (vista las querencias del PSOE… seguramente sería coca, euros o putas) y se las lleva a no se sabe bien dónde (vista la evolución del Partido… seguramente al domicilio privado de alguien).

Tras ese servicio nocturno de guardamaletas, el tal Koldo, ese semianalfabeto que tiene la suerte de caerle en gracia a Pedro Sánchez y a Ávalos, cumple el sueño de cualquier socialista de pro: vivir como un pachá de la mamandurria sin tener ni pajolera idea de absolutamente nada, salvo de matón de discoteca y mamporrero de puticlub. En otras palabras: es el tipo adecuado para ser Consejero de Renfe, lugar donde aterriza gracias a los grandes servicios prestados a… a…. a…. ¿a Delsy? Pero una vez allí, en Renfe, gracias a Koldo, el tren de alta velocidad llega por fin a Extremadura, y los vagones de los trenes ya caben en los túneles de Cantabria. Que no se diga.

Pero a Koldo no le basta con la Renfe. Koldo quiere más caldo, y coloca a su señora en el ministerio de Fomento como secretaria de alguien. Tampoco nos consta que sepa leer y escribir. Digo la señora. Y digo Koldo.

Además, viendo Koldo que faltan mascarillas en plena pandemia COVID, monta en Zaragoza una empresa fantasma (¿con el contenido de las maletas de Delsy?) y se mete en el bolsillo 53 millones de euros de dinero público, un dinero proveniente de Marlaska (ministerio del Interior), de Ábalos (ministerio de Fomento), de Baleares (Francina Armengol) y de Canarias (ministro Víctor Torres). Y siempre por adjudicaciones a dedo. Y siempre de ministerios y comunidades autónomas socialistas. Y siempre mentando a Ábalos.

Hecho el negocio, con la barrabasada completa, estafados ya los españoles, Koldo se compra tres pisos de lujo, seis chupachups de frambuesa, tres condones para usar en el puticlub y un par de terrenitos que paga –dice la prensa de hoy– usando la cuenta de ahorro infantil de su hija menor de edad. Porque ser socialista y palanganero no significa necesariamente ser tonto. Basta con ser un listo.

Y ahora, cuando la Guardia Civil ha detenido a la banda completa, nadie conoce a nadie. Sánchez, que si te vi no me acuerdo. Ábalos, que está estupefacto. Marlaska, que no conoce ni a Ábalos. Koldo, que va a tirar de la manta.

En fin. Que estamos en un país donde, tras cualquier escándalo socialista, han de aparecer forzosamente algunas de las siguientes palabras: maleta con euros, sauna gay, prostíbulo, rayita de coca, chófer untado, pelín de farlopa, whisky de doce years, calzoncillos estampados y señoritas que fuman.

Todo de una sordidez tan cutre… que impresiona más que el delito.

Cagoentóloquesemenea y mitad del cuarto más.

Yo, si fuese Sánchez, ya me habría fugado a Suiza.

Juan Manuel Jimenez Muñoz.

sábado, 4 de mayo de 2024

Culpables somos todos

 

Cuando miro atrás sobre cómo hemos llegado a que una democracia ejemplar de cuarenta años en uno de los países con más larga historia en Europa se vea contra las cuerdas acorralada por antipatriotas, me llevan los diablos por la podredumbre moral de una clase política capaz de manipular y sobornar con tal de mantenerse en el poder aunque sea con respiración asistida. De esa panda de charlatanes, fanáticos, catetos y a veces ladrones —con corbata o sin ella—, dueña de una España estupefacta, acomplejada o cómplice. De una feria de mangantes que las nuevas formaciones políticas no regeneran, sino alientan.

El disparate catalán tiene como autor principal a esa clase dirigente catalana de toda la vida, alta burguesía cuya arrogante ansia de lucro e impunidad abrieron, de tanto forzarla, la caja de los truenos. Pero no están solos.

Por la tapa se coló el interés de los empresarios cobardes y cómplices, así como esa demagogia oportunista, encarnada por los Rufiancitos de turno, aliada para la ocasión con el fanatismo más analfabeto, intransigente, agresivo e incontrolable con esa pinza siniestra de chantaje social y emocional facilitado por la dejación que el Estado español ha hecho de sus obligaciones —cualquier acto de legítima autoridad democrática y defensa de los valores nacionales se considera por intoxicación un acto fascista—, crece y se educa desde hace años a una sociedad joven de Cataluña, con sesgos de intolerancia visceral con efectos dramáticos e irreversibles, a corto y medio plazo. En esa fábrica de desprecio, cuando no de odio fanático, a todo cuanto se relaciona con la palabra España.

Pero ojo. Si esas responsabilidades corresponden a la sociedad catalana, el resto de España es tan culpable como ella. Lo fueron quienes, aun conscientes de dónde estaban los más peligrosos cánceres históricos españoles, trocearon en diecisiete porciones competencias fundamentales como la educación y las fuerzas de seguridad del estado.

Lo es esa izquierda insensata que ha pervertido al pueblo para que la bandera y la palabra España parezcan propiedad exclusiva de la derecha, y lo es la derecha que no vaciló en atribuirse como exclusivos tales símbolos en sus turbios negocios. Lo son los presidentes desde González a Rajoy, sin excepción, que durante tres décadas permitieron que el nacionalismo despreciara, primero, e insultara, luego, los símbolos del Estado, convirtiendo en apestados a quienes con toda legitimidad los defendían por creer en ellos. Son culpables los ministros de Educación y los políticos que permitieron la tóxica falsedad en los libros de texto formando generaciones en el desprecio para un futuro de enfrentamiento. Es responsable la Real Academia Española, que para no meterse en problemas negó ayuda a los profesores, empresarios y padres de familia que acudían a ella denunciando chantajes lingüísticos.

Es responsable un país que permite que grupos de miserables silben a su himno nacional y a su rey, escupan y quemen nuestra bandera que simboliza la unidad entre todos.

Son responsables los periodistas y tertulianos que ahora despiertan indignados tras mirar para otro lado durante décadas, mientras a sus compañeros  los llamaban exagerados y alarmistas.

Porque no les quepa duda: culpables somos ustedes y yo, que ahora exigimos sentido común a una sociedad civil catalana a la que dejamos indefensa en manos de manipuladores, sinvergüenzas y delincuentes. Una sociedad que, en buena parte, no ha tenido otra que agachar la cabeza y permitir que sus hijos se camuflen con el paisaje para sobrevivir. Unos españoles desvalidos a quienes ahora exigimos, desde lejos, la heroicidad de que se mantengan firmes, cuando hemos permitido que los aplasten, humillen y silencien.

Por eso, pase lo que pase, el daño es casi irreparable y el mal de la codicia sin escrúpulos, ni principios es cancerígeno, pues todos somos culpables. Por estúpidos, por indiferentes, por cobardes.

Ahora borra este mensaje y condénalo en la indigna indiferencia esperando que otros hagan el esfuerzo por ti o pásalo a tus amigos y manifestaos en contra del desmoronamiento moral de esta España histórica por la que millones dieron su vida, por defender su integridad y dignidad milenaria, de una cultura que desde fuera ha sido referencia ejemplar mundial.

¡En tus manos queda!

Arturo Pérez Reverte