viernes, 25 de octubre de 2024

David Sánchez: elogio a la pereza

Cuenta Pedro Sánchez en su autohagiografía escrita por Irene Lozano, que una noche, mientras cenaban en familia, su hermano David anunció a sus padres y a él mismo su voluntad de dar un volantazo a su vida profesional y dedicarse por fin a su verdadera pasión: la música. Había terminado su carrera de Económicas y decidió que no le compensaba ese camino y debía ser fiel a sí mismo. “Se marchó a la aventura siguiendo su vocación, vivió allí ocho años, estudió composición y dirección de orquesta y regresó con una formación musical extraordinaria para dedicarse a ello toda su vida. Siempre me he sentido inspirado por su ejemplo, por esa llamada que sintió de forma tan intensa y por su valentía y acierto a seguirla. Siendo el pequeño me dio una lección de vida impresionante: Si deseas algo has de apostar por ello” escribe Irene en un párrafo tan inflamado que parece que en vez de ser la redactora a sueldo de Sánchez está refiriéndose a Von Karajan o a Celibidache. La verdad es que al margen de la épica, alguien debía haberle avisado que a los 24 años uno ya no está a tiempo de hacer carrera musical, no digo brillante, sino simplemente aseadita.

Ocho años de estudios es lo que tiene cualquier canijo de 12 años al que aún llevan sus padres al conservatorio, y es imposible, incluso teniendo un talento sobrehumano que no es el caso, vivir de forma digna de la música clásica. Salvo, claro está, que ese hermano mayor que se enteró  en la mesa familiar del cambio de rumbo acabe siendo presidente del Gobierno y dedique sus primeros esfuerzos en el ejercicio de sus responsabilidades a encontrar a su inspirador hermano pequeño un puestito cómodo y bien remunerado que le permita seguir jugando a ser Bernstein pero con red. Fue en Badajoz, donde los gerifaltes de la Diputación provincial corrieron a congraciarse con el amado líder creando para el hermanísimo un conveniente carguillo de coordinador de un solo conservatorio, a lo flauta de Bartolo pero en conservatorios. No luciría mucho la biografía conseguida en los futuros programas de mano de los  conciertos del conectadísimo director pero menos da una piedra. Podría redactarse así, “David Azagra, nacido Sánchez. Ocho años de estudios en Rusia, coordinador de Conservatorio de la Diputación socialista de Badajoz, hermano del presidente del Gobierno socialista Pedro Sánchez”.  Hombre, no es lo que se escribiría de Kirill Petrenko Teodor Currentzis pero menos da una piedra. O pensándolo bien, y a tenor de las críticas recibididas, puede que no. Puede que una piedra dirigiendo una partitura diera más.

Veamos lo que escribió el crítico musical Ángel Guerra sobre su debut en el estrado dirigiendo la primera ópera con él en el cargo financiada con dinero público extremeño, el Elissire d’amore de Donizetti. Año 2019. “Y el epicentro de la catástrofe estuvo en el foso. Donde un incalificable director, sin noción alguna de los tempi de la obra, hacía aspavientos desde el podio a una orquesta amplificada que impedía oír a los cantantes, ni siquiera al coro se le puede escuchar en los fortísimos, porque para fortísimo… los de la orquesta en un y yo más incomprensible que fulminó la parte vocal de la obra”. Me duele hasta a mí.  Pero no se queda aquí la crítica de Guerra. Sigamos sufriendo.  “En el foso orquestal rugían sin control los metales y la percusión; las maderas estaban desmadradas mientras las cuerdas hacían lo que podían, con un sonido final más de banda que de orquesta”. Estoy dispuesta a pensar que no fue tan desastrosa, por lo menos para oídos menos refinados que los del crítico, o esa esperanza quiero albergar por el bien del público asistente.

Una pensaría que, teniendo en cuenta las capacidades demostradas, David Azagra nacido Sánchez habría agradecido la suerte de contar con un puesto de trabajo en el ámbito de su hobby mediante su plena dedicación al desempeño de sus funciones. Pero no fue así. Una brumosa baja de paternidad de cuatro meses con su correspondiente mes extra de lactancia, ausencias habituales hasta el punto de que su cara era desconocida para el resto de los trabajadores y una oportuna y desleal residencia en Portugal al objeto de tributar lo menos posible por sus emolumentos pagados con el dinero de todos. Emolumentos, por otra parte,  que  en ningún caso justificarían el abundante patrimonio que ha conseguido amasar en los últimos años, siempre durante el mandarinato de su hermano mayor, que casualidad más increíble.

David Azagra se mueve bien en la niebla de lo que pareciendo un enchufe sinfónico de la envergadura de Bruckner mantiene sin embargo una  mínima verosimilitud que facilita la suspensión voluntaria del juicio crítico y permite poder defender la legalidad de su situación, pero le ha salido el gen Sánchez en el recurso que ha interpuesto ante la jueza Beatriz Viedma tras las últimas pesquisas de la UCO. En él llega a escribir, literalmente, que “el absentismo laboral no es delito” y que necesitaba ese tiempo para preparar futuras óperas.

Me imagino la cara de su señoría tras la lectura de semejante dislate. Ella, que habrá dedicado los mejores años de su juventud a estudiar diez horas diarias las oposiciones para juez sin tener un hermano poderoso que la coloque a dedo. No será delito, pero es de una sinvergonzonería sideral. Y más en un sector en el que la competencia entre profesionales extraordinarios de enorme talento y formación es salvaje. Azagra, nacido Sánchez, hace alarde de ser un gandul en un documento público dirigido a una jueza y considera que su mullido tránsito por la vida debemos seguir costeándoselo todos. 

Resulta inverosímil que no se percate de lo infame de la afirmación, de que se antoja intolerable para el ciudadano de a pie educado en los valores del esfuerzo y el trabajo bien hecho. Una ceguera sideral que comparte con su hermano, porque todo se pega menos la hermosura. A lo mejor es verdad eso de que Pedro se sintió inspirado por David, como escribió Irene Lozano. Porque no todas las inspiraciones son buenas. También las hay objetivamente injustificables, le pese a quien le pese.

Ignacia De PanoVoz Populi

miércoles, 9 de octubre de 2024

Cuál es el objetivo de la agenda 2030

 En cuanto al cambio climático ―que menciona 20 veces― la Agenda 2030 plantea un escenario catastrofista, similar al que planteó el Club de Roma, cuya única solución era la aceptación de medidas “globales” tomadas por una élite no electa.

Asegura querer poner fin al hambre y duplicar la productividad agrícola mientras propone medidas que promueven justo lo contrario. Bajo la coartada del cambio climático, propone una verdadera declaración de guerra a los agricultores y ganaderos.

Sri Lanka fue el primer conejillo de indias (tristemente, nunca mejor dicho). Prohibieron los fertilizantes y los pesticidas y en sólo seis meses la producción agrícola se hundió un 20% y los precios de los alimentos aumentaron un 50%.

Llegó la hambruna, las masas asaltaron el palacio del presidente, Gotabaya Rajapaksa, quien tuvo que huir del país. Ahora disfruta de su retiro entre Singapur y Suiza, con sus mentores del WEF. Todavía hoy el hambre producto de aquellas salvajes medidas persiste en Sri Lanka.

Bajo el bonito manto de unos fines aparentemente nobles, la Agenda 2030 oculta un programa empobrecedor y misántropo y nos dirige hacia un mundo con permanentes cartillas de racionamiento.

Afirma querer combatir la pobreza, pero sus políticas no harán más que aumentarla al suprimir la libertad y la propiedad privada, elementos esenciales para el progreso económico humano (no para el crecimiento económico animal, como el de China).

Enaltece a un Estado al que dota de atributos cuasi-divinos para solucionar los problemas, como hace cualquier ideología de izquierda radical, mientras desprecia a la persona, a la que reserva el papel de siervo de la élite gobernante.

Hace creer, contra toda evidencia, que son los Estados y no los individuos los que crean riqueza.

Plantea una actitud neocolonialista hacia los habitantes de los países más pobres, negándoles la dignidad que les corresponde y la capacidad de ser protagonistas de su desarrollo.

El globalismo sabe que la reducción de la población mundial requiere del control de las fuentes de energía y de los alimentos. Éste es el verdadero objetivo de la ingeniería social que propone la Agenda 2030.

A nadie le importa que, habiendo transcurrido más de la mitad del plazo establecido en la Agenda 2030, no se hayan avanzado en ninguno de sus objetivos: la pobreza extrema y la mortalidad infantil apenas han variado, y el «pleno empleo» es simplemente una quimera.

Porque el verdadero objetivo es la dominación totalitaria mediante la imposición de un nuevo orden mundial globalista, basado en un férreo control estatal y en la servidumbre de un ser humano despojado de sus más básicos derechos humanos, y ese es en definitiva su objetivo final, encaminado a que unas élites dominen al resto de la población.