Como mis amigos americanos ya padecieron hace pocos años a un presidente estúpido, entenderán bien lo que ahora sentimos nosotros: esa mezcla entre el orgullo de ser español y la profunda vergüenza ajena que nos produce Pedro Sánchez. Debemos ser un país bastante duro si todavía seguimos en pie después de siete años con semejante inútil al mando. Único consuelo: San Pedro me ha informado personalmente de que este sufrimiento nos descontará siete años de Purgatorio en el más allá.
Meses atrás, durante los
debates sobre el gasto de defensa en la OTAN, Pedro Sánchez se negó a llegar al
5% del presupuesto como exigía Estados Unidos. Trump dijo entonces: «¿Qué pasa
con España?». Quizá sea un buen momento para explicárselo:
Sánchez era un donnadie en la
política cuando logró auparse en 2014 con la secretaría general del PSOE en
extrañas circunstancias y en medio de una enorme crisis en el partido. En 2016
perdió las elecciones, pero se negó a abstenerse en la votación de investidura
al ganador, Mariano Rajoy (PP), siendo expulsado por su propio partido por
querer empujar a España a una situación de bloqueo electoral indefinido. Es
como el niño pequeño que siempre tiene que ser el centro de atención. A veces
hasta me da lástima porque en su caso no es una elección personal, es obvio que
es algo patológico, algún trauma pendiente. Pero en el momento en que me toca
pagar mis propios impuestos, se me pasa cualquier lástima que pudiera tener por
él.
Sánchez volvió a presentarse
en 2017 a las elecciones primarias del PSOE y ganó haciendo trampas, según la
confesión posterior de sus propios colaboradores, que ahora están en prisión.
Tampoco parece importarles mucho a los socialistas contemporáneos que su líder
ganara con fraude —al parecer, es la norma en la izquierda.
Con lo que hoy sabemos, es
imposible comprender su capacidad de supervivencia política sin tener en cuenta
la figura de su suegro, dueño de una importante red de prostíbulos y saunas
gays en España. En al menos uno de estos locales, en el centro de Madrid, según
investigaciones periodísticas en curso, se realizaron hace años presuntamente
grabaciones secretas a importantes personalidades de la política y el
periodismo. Supongo que la táctica te suena de algo.
En 2017, Sánchez comprendió
que nunca ganaría las elecciones con el voto de los ciudadanos, y decidió
saltarse el trámite. Estableció acuerdos secretos con todos los partidos
minoritarios, comunistas y cualquier basura que te encuentres criando pelo en el
fondo de la nevera. Les prometió darles de todo, como haría yo si me encontrara
cara a cara con María Sharápova. Vendió la soberanía de España a trozos desde
el primer día. Y, cerrados los pactos, utilizó la figura de la moción de
censura para expulsar a Mariano Rajoy del Gobierno sin elecciones y ponerse él.
Desde 2019, Sánchez ha gobernado impulsado por apoyos parlamentarios polémicos,
ganando por la mínima y apoyándose siempre en los comunistas. Sus
vicepresidentes son admiradores de Lenin, de Stalin, del Che Guevara, de Castro
y de gente así. Y, por supuesto, de Nicolás Maduro. Por eso Sánchez fue el
primer imbécil en criticar la extracción de la rata con bigote.
Actualmente está en estado de
excitación, casi enloquecido. Tiene a su alrededor una trama de investigaciones
por escándalos y corrupción tan inmensa que haría falta todo el hemisferio
norte para dibujarla en un mapa. Los dirigentes del partido que él nombró para
el PSOE están en la cárcel, su hermano está investigado y su mujer afronta
cinco cargos, entre ellos corrupción en los negocios, tráfico de influencias y
malversación de fondos públicos. Su futuro es negro, quizá por eso ha decretado
la regularización de más de medio millón de inmigrantes ilegales. La opinión
pública es bastante unánime en esto: pocos de nuestros enemigos odian más a
España y a los españoles que el propio Pedro Sánchez.
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