viernes, 2 de septiembre de 2011

JMJ

Creo que esta canción es muy apropiada para este blog http://www.youtube.com/watch?v=a37bBm8pXSk.


Lo cierto es que la experiencia que mi familia ha vivido durante toda la semana de la Jornada Mundial de la Juventud, no sólo ha estado llena de paz y amor, sino que hemos disfrutado de un Madrid desconocido para un mes de agosto, abarrotado de gente y con cantidad de comercios y restaurantes abiertos y con bastantes clientes.

Por otro lado encontramos esos días en la puerta del Sol, todo lo contrario, la España reaccionaria y que se ha ido alimentando estos años con la memoria histórica y el rencor al prójimo. Allí sólo había odio, violencia e intransigencia. Qué pena.

Puedo asegurar que la policía nacional está más contenta y satisfecha con haber estado presente en la visita del Papa, donde doy fe de que cuando el jueves se retiraban de la Puerta de Alcalá unos 60 policías, a eso de las 22 hs., en fila de dos, no sólo recibieron aplausos, sino que también vítores en su favor, mientras que en la Puerta del Sol recibieron insultos y escupitajos.

En cualquier caso es un hecho constatado y comprobable que la JMJ sólo ha dejado beneficios (se ha financiado con las aportaciones de los peregrinos, donaciones y patrocinadores)  y buena imagen para la ciudad de Madrid, si obviamos a los fascistas laicos que se manifestaron contra el Papa, y que parece que han olvidado, o más bien desconocen, que la Constitución Española, en su artículo 16 “garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la Ley”, lo que significa que la religión Católica no tiene carácter estatal y se puede y debe profesar con libertad.

¿Los laicos se habrían manifestado igual si hubiera sido un líder religioso islámico el que hubiera venido a España en olor de multitudes? Nunca lo sabremos, aunque yo estoy seguro de que no habrían tenido lo que hay que tener, ya que estar con los islamistas es progre, esto es, ejecutar a los homosexuales, privar a la mujer de derechos, negar el resto de los cultos religiosos, etc.

Después de lo que ha ocurrido, Señora Delegada de Gobierno ¡Tome nota! para la próxima ocasión, no vaya a permitir que el día del orgullo gay tenga lugar una manifestación Islamista, de los anti gays o similar y se monte otra gorda.

Como muestra de lo que fue esa semana, a continuación, recojo el contenido de algunos artículos de opinión realizado por columnistas del el periódico El Mundo, aunque sé que otros periódicos, con casi total certeza, dirán lo contrario.


Celos escénicos


José Antonio Gómez Marín
El Mundo 12/8.
Resalta ¿Qué representan unos miles de rebeldes vivaqueando por las plazas frente a un millón que prevé reunir la iglesia?


Salvador Sostres.
El Mundo 16/8.

Hace un alegato a favor de la visita del Papa y la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), en el que, además, carga contra el movimiento 15-M, que representa, en su opinión, todo “lo contrario” del evento religioso: “la frustración, el resentimiento y la rabia”.

Salvador Sostres califica la Jornada Mundial de la Juventud como “el mayor acontecimiento intelectual que tendrá lugar en la España de los últimos tiempos”.

Nos iría mejor si viviéramos según la Iglesia
Según Sostres, “si consiguiéramos vivir según las enseñanzas de la Iglesia, incluso teniendo en cuenta nuestra condición imperfecta, las cosas nos irían sustancialmente mejor”. Sin embargo, agrega, “si acabáramos viviendo como se vivió en Sol, cualquier epidemia acabaría con nosotros al cabo de pocos meses. Y si alguien sobreviviera, moriría igualmente devorado por la miseria y el hambre que siempre han generado las teorías económicas y políticas que desde Sol se promulgaron”.

Mensaje de amor ante toneladas de basura
El columnista de El Mundo cree que Cuatro Vientos, donde el Papa hará una multitudinaria misa, “dejará su mensaje de amor”. En cambio, “Sol dejó toneladas de basura y una plaza arrasada”.

Pureza frente a relativismo y caos
En Cuatro Vientos “se pretenderá la santidad y la pureza y en Sol todo fue relativismo y caos y ‘qué hay de lo mío’. En Cuatro Vientos la lección será de desprendimiento y generosidad y en Sol todo fue egocentrismo y egoísmo y vanidad”, asegura Sostres.

Frutos para todos… en Cuatro Vientos
Sostres considera que “en Sol se quiso poner el mundo al servicio del capricho de unos cuantos”, mientras que “en Cuatro Vientos muchos irán a ofrecer sus corazones y su fe para que a través de ellos el Cristo pueda dar sus frutos para todos”.

La tensión espiritual
Frente a la “frustración, el resentimiento y la rabia” de Sol, Sostres defiende la “tensión espiritual, la esperanza, la flor de aliso y la perenne ternura desgranada” de la Iglesia.


Jesús vs. Kart


Salvador Sostres
Periódico El Mundo

La presidenta Aguirre dijo ayer que los valores de igualdad, libertad y solidaridad vienen del cristianismo y no de Karl Marx como creen algunos. Los de siempre -porque son los mismos ignorantes de siempre- pretendieron hacer burla, pero la Presidenta tiene toda la razón del mundo.




Salvador Sostres tiene fama de resultar a veces polémico en sus columnas. La que publicó en El Mundo quizá lo sea, quizá sólo para unos pocos.

En realidad no habla de los ángeles, sino de la obsesión sexual de los "laicistas" y ateos, estos días en Madrid, en contra la JMJ y de la Iglesia católica.

Y tiene razón. Viene bien leer de vez en cuando una bocanada de fresco sentido común, como ésta:

Laicos y ateos tienen una auténtica obsesión sexual con y contra la Iglesia católica. Entre los condones y el matrimonio homosexual parece como si la herejía no tuviera otro tema de conversación. 

Como si la Iglesia no se posicionara sobre ningún otro asunto, como si no tuviera misiones y misioneros en los rincones más lúgubres del planeta. Como si se hubieran basado en el sexo las enseñanzas del Profeta. Sólo hace falta ver las calles de Madrid estos días para darse cuenta de que las preocupaciones de la Iglesia y de los católicos son completamente otras. 

Son jóvenes de todo el mundo celebrando la vida y la esperanza del modo más natural, alegre, profundo y festivo. 

No les veo limitados, ni frustrados, ni reprimidos. Les veo contentos, les veo felices. Les veo libres -el gran don de Dios es la libertad- de vivir su espiritualidad, su sexualidad, su vida entera como libremente han elegido, sin que nadie les pusiera una pistola en el pecho. 

Les veo conscientes de su humanidad, les veo concentrados en su tensión transcendente, en su mensaje de amor y en su fraternal relación con los demás. 

Aunque haya quien tenga dificultades para entenderlo, hay formas muy sinceras, muy profundas y muy intensas de relacionarse con los otros más allá del sexo. Hay formas mucho más interesantes que con la obviedad de los cuerpos. 

Estos chicos que atestan las calles de Madrid tendrían que ser escuchados. Estos chicos que no rompen ningún escaparate, ni alteran ninguna jornada electoral ni contradicen ninguna ley. 

Estos jóvenes que no le hacen a nadie ningún chantaje; ni mucho menos a una nación entera. 

Tenemos bastante que aprender de ellos. ¿No creen? De su capacidad de compromiso, de su capacidad de elegir un camino y de ser consecuentes con él. De su capacidad de humildad y de disciplina. 

Es fácil ridiculizarles y andar todo el día con la carraca de los preservativos. Pero si todos los jóvenes de España tuvieran su personalidad y vivieran sus vidas con su sentido del deber y de la responsabilidad no habríamos conocido los charcos donde ahora chapoteamos. 

Es fácil acusar a Benedicto XVI de encubrir a los pederastas. Pero no recuerdo a ningún líder político ni social, ni intelectual, pidiendo perdón de un modo tan inequívoco, sentido y extenso. No recuerdo a ningún líder mundial con la valentía y el coraje que mostró este Santo Padre desmantelando a los Legionarios de Cristo sin que le temblara el pulso lo más mínimo. 

Es fácil acusar a la Iglesia de la propagación del sida en África. Mucho más fácil que chequear las cifras para comprobar que los países africanos con más porcentaje de católicos (Guinea Ecuatorial, 94,16%; Seychelles, 85,19%) son los que menos enfermos de sida tienen (3,4% y 4%, respectivamente) y aquellos países con menos católicos (Suazilandia, 5,35%; Botsuana, 4,94%) son los que cuentan con un mayor porcentaje de población infectada (38,8% y 37,3%, respectivamente). 

Tendríamos escuchar a estos jóvenes. Están diciendo algo fundamental, algo que en cierto modo hemos perdido. 

Antes de hacer burla de ellos piensa si tu capacidad de entrega se puede comparar a la suya, si tu generosidad ha dado algún fruto comparable a los que ha dado la caridad que ellos practican con tesón y ternura; piensa si has sido capaz, alguna vez, de su fidelidad, de su integridad. 

Ellos son la revolución permanente de Cristo y han hecho mucho más por la Humanidad que tanto chuflón con ínfulas que cree que con sus pancartas va a cambiar el mundo.
                                                                               


Querido J:

Aliado con la espesa soledad del verano el obispo de Vic ha ordenado que el cura David deje la parroquia de San Vicenç de Castellet. Quizá no hayas olvidado lo que te escribí el 8 de mayo de 2010, pero por si acaso:

«Hace cuatro años David de Vargas llegó a Sant Vicenç de Castellet. Un lugar de la Cataluña central, cercano a Manresa, municipio bastante extendido de unos diez mil habitantes, más del 60% inmigrados, que en tiempos preglobales se dedicó de modo intensivo a la industria textil y hoy se vuelca en la prejubilación y el paro.

Un lugar que necesita graves motivos. Los del cura De Vargas se los dio su obispo, el de Vic, cuando lo trasladó desde la vicaría de Manlleu a la rectoría de Sant Vicenç, premiándolo. Esto fue en el 2006.

Lo que ha pasado en estos cuatro años es interesante. El cura, que viste severamente de cura, ha recuperado la antigua liturgia. El cura da la misa en catalán y una pequeña parte en español, la lengua dominante en el pueblo.
El cura ha ornado con vieja y clásica imaginería el templo y si no ha acabado con unas pinturas murales del altar, de la época de los curas yeyé y Red River Valley, es porque no deja de ser un hombre prudente. El cura ha dado brillo y esplendor a las antiguas procesiones.

Y carácter: el Viernes Santo desfilaban las mujeres de Sant Vicenç con regia mantilla española. No la impuso, por supuesto: pero es que ellas, protegidas, se atrevieron. ¡Y música, amigo mío! El cura le ha puesto música a las procesiones: el himno nacional y el himno catalán (me permitirás esta distinción adjetiva hasta que el Tribunal Constitucional no se pronuncie o don José Montilla no lo disuelva) sonaron este último Viernes a la manera de Andalucía donde no suele haber procesión sin Marcha Real, sea dicho en todos los sentidos.

Yo te ruego que llegado aquí te pares y lo pienses. Marcha Real y mantilla en un pueblo de la Cataluña central, gobernado por una coalición de Convergència y Esquerra Republicana. Qué vitalidad.

Elige si el cura David lo interpretan James Stewart, Gary Cooper, Anthony Queen o Paul Newman. O Joel Joan. En cuanto al director sólo puede ser Frank Capra. Lo que ha pasado, en fin, en estos cuatro años en Sant Vicenç es que la asistencia a las misas se ha multiplicado y la parroquia del pueblo ha vuelto a ser un lugar de sociabilidad».

Hace unas semanas el cura fue llamado a capítulo. El 18 de julio, concretamente. El capítulo, como era procedente, tuvo lugar en el obispado de Vic. El circunspecto obispo Casanova le vino a decir que ya no podía aguantar más. Él había sido el que lo había promovido a párroco y el que había resistido hasta aquel momento todas las presiones nacionalistas, alentadas por la mayoría política local y exhibidas por el periódico Regió 7.

El obispo tenía motivos para haber aguantado, sin duda. El cura David había devuelto la iglesia a la centralidad de la vida local. Bastaba ver, por ejemplo, cómo la numerosa inmigración de Sant Vicenç llenaba la parroquia. La popularidad del cura y de sus ceremonias era un hecho insólito en el decadente catolicismo catalán y Casanova lo sabía.

Sin embargo su resistencia acabó este verano, poco después de que la alcaldía cambiara de hombre. Entre los primeros anuncios del nuevo alcalde, un Joan Torres Pérez, estuvo el que el Ayuntamiento no asistiría a las ceremonias eclesiales.

El poder político rompía relaciones con la parroquia. La contundencia de Torres Pérez se basaba en dos hechos. El primero, que contaba con el apoyo del PSC local, con el que gobierna.

Los socialistas catalanes siempre son pieza fundamental en la legitimación de lo peor del nacionalismo. Luego hubo un dato añadido: el éxito de Abel Puyol, el cabeza de lista de Plataforma por Cataluña, que obtuvo un buen resultado electoral y que abandonó el partido, poco antes de tomar posesión de su acta de concejal.

Este transfuguismo, y el hecho de que Puyol colaborara estrechamente con la parroquia, como lo hacen, por cierto, muchos otros vecinos de partidos políticos diferentes, quiso interpretarlo Torres Pérez como la evidencia de que el «partido del cura se había metido en el Ayuntamiento».

Llamó a Barcelona, como quien dice, y Barcelona llamó a Vic. La excusa era absurda, pero resultó eficaz: si Dios se metía en los asuntos del César, César se metía en los asuntos de Dios. El obispo claudicó con satisfacción. Es probable que, desde hace tiempo, también él estuviera buscando una salida.

El sábado 23 de julio el cura David se despidió de sus feligreses. Su sermón fue de compromiso. A mí me habría gustado una épica expulsión del templo. Una tarde de furia y de truenos, de Antiguo Testamento. Pero el cura David tiene un viejo padre cosido a una máquina de oxígeno, una madre con depresiones y un hermano sin trabajo.
Antes de remitirlo a la diócesis castellonense de donde proviene, el obispo de Vic aseguró a su sacerdote que le mantendría el sueldo por unos meses. Pero que después todo quedaría en manos de su obispo castellonense. Impresiona advertir esta microfísica en la metafísica.

El cura David pasa este verano en el pueblo. A la espera de sus conversaciones con Castellón, se ha instalado en la casa de una vieja y enferma feligresa a la que cuida.

Esta querencia de toro agónico que busca las tablas no ha sentado nada bien al periódico que redactó la miserable campaña de acoso ni tampoco a las autoridades políticas.

No descansarán hasta ver ese último plano neorrealista: cómo el cura enfila la carretera de partida. Todo depende ahora de Castellón. De algo más vasto, en realidad: voy a seguir con gran interés las reacciones de la Conferencia Episcopal Española ante el caso de un cura destituido por español y hasta por españolazo.

Es probable que David de Vargas exagere sobre las retóricas de Dios y de la Patria; pero yo quiero leer cómo la Conferencia, episcopal y española, se lo dice.

Agosto es largo y lento. El cura David apenas sale de la casa. Ordena libros y medita. Recibe pocas llamadas. La mía, una mañana.
No debe hablar con periodistas de los asuntos mundanos. Pero accedió a elevarse.
—Y bien: ¿qué dice Dios a todo esto?
—Dios permite que los hombres sean puestos a prueba. Es lo de Santa Teresa. Cuenta que hablaba con Dios. Le reprochaba que le hiciera pasar tantos sufrimientos con la reforma del Carmelo. Dios le contestaba: «Son las pruebas que pongo a mis amigos». Y la recia castellana le contestaba: «Con razón tienes tan pocos».
—¿Y usted mantiene la amistad?
—Más que nunca.
—Hay otro grave problema conceptual: su Dios es el mismo de los que lo han maltratado.
—Dios hay uno, en efecto. Pero muchas formas de usarlo. Mi Dios es misericordioso, acogedor; el de ellos es el del sepulcro blanqueado, el del antiguo fariseo.

Esta conocida adicción de dios por el mal.
Sigue con salud,

Arcadi Espada


LA GENERACIÓN DEL MILENIO


La generación del milenio; por Rafael Navarro-Valls, Catedrático de la Facultad de Derecho en la Universidad Complutense de Madrid y Director de la Revista General de Derecho Canónico y Derecho Eclesiástico del Estado de Iustel.


El día 12 de agosto de 2011, se ha publicado, en el diario El Mundo, un artículo de Rafael Navarro Valls, en el cual el autor opina sobre la Jornada Mundial de la Juventud. Trascribimos íntegramente dicho artículo.


Dicen que la gran ciudad es mal sitio para vivir. Demasiada tensión y ambición en los rostros de la gente. No estoy seguro del acierto de este análisis. Lo que sí creo es que, en una gran urbe, hay una mayor incidencia de escepticismo, con buenas dosis de cinismo. Llevo años viviendo en Madrid y son demasiadas las cosas que hemos visto los madrileños: no es fácil emocionarnos por casi nada. Será interesante contemplar el choque entre cinismo urbano e ingenuo entusiasmo de los miles de jóvenes de la generación del milenio (los nacidos a caballo entre el XX y el XXI), que invadirán Madrid en la Jornada Mundial de la Juventud.

Si estamos a lo que sucedió en Sidney en julio de 2008 -sede de la anterior Jornada- la alegría y la amabilidad de miles de jóvenes (católicos o no) “acabaron por fundir el cínico corazón de la gran ciudad” (The Sydney Morning Herald). La prensa puso como ejemplo de convivencia cívica -entre otros muchos- a los conductores de autobús australianos, que, incluso cuando acababan su turno, recogían a jóvenes que se habían quedado sin transporte y los llevaban a sus campamentos.

En 1985 se celebró en Roma otro masivo encuentro de jóvenes, convocados por el Papa con motivo del Año Internacional de la Juventud de la ONU. Fue el antecedente inmediato de las Jornadas. Recuerdo que, por entonces, la preocupación de los media se centró en una supuesta devastación de las zonas verdes, a manos (o pies) de la “horda de jóvenes” que avanzaba sobre la Ciudad Eterna. Uno de esos rótulos catastrofistas que, a veces, manejamos para luego suspirar aliviados al comprobar que todo quedó en una “pacífica invasión”, que alegró el corazón de los romanos y respetó las zonas de esparcimiento de Roma.

En esta misma línea, Joaquín Navarro-Valls, por entonces portavoz de la Santa Sede, describió los actos del hipódromo de Longchamp (París), como “un mayo del 68 al revés”. Efectivamente, los jóvenes que acudieron a la Jornada Mundial de 1997 en París eran hijos de los indignados de aquel turbulento mayo. Una generación que creía en la lucha de clases, pero que no había abierto El Capital; feministas de segunda generación, que creían que los roles sexuales eran un engaño, pero que no habían leído a Simone de Beauvoir. Una generación que pretendió liberarse de la tradición y de todo poder establecido. Pasaron los años y la gran mayoría de esos indignados evolucionó hacia formas de darwinismo social no demasiado partidarias de repartir parte de sus ganancias con los más necesitados. Otros muchos, acabaron sacrificando casi todo en el altar de su profesión, mientras en el entorno se derrumbaban sus familias y su ética.

La generación del milenio, que pronto bullirá por Madrid, no ha heredado muchas certezas de sus progenitores, pero ha desarrollado una visión nueva de las cosas, cierta flexibilidad de mente y una notable solidaridad. No es que sean mejores que sus padres, pero son menos dogmáticos y, desde luego, están más abiertos a nuevos horizontes.

La European Values Survey es la encuesta más seria sobre la evolución de los valores de los europeos. Se ha hecho ya en cuatro oleadas: 1981, 1990, 1999 y 2005; la de 2011/2012 está cocinándose todavía. En general, de esos análisis se desprende que la nueva generación joven es más sensible a los problemas religiosos, aunque no por eso frecuenta más las iglesias. Entre los jóvenes sin religión se desarrolla una religiosidad autónoma, difusa, al margen del cristianismo. Entre los jóvenes creyentes se reafirma un cristianismo de convicción, que manifiesta sin complejos la fe.

No es extraño que aquellos papas (Juan Pablo II y Benedicto XVI) que han salido al encuentro de este último segmento de jóvenes, hayan optado -en sucesivas Jornadas- por rendirles el honor de exigirles mucho. Precisamente porque saben que la juventud contempla con ironía los esfuerzos patéticos de aquellos adultos que, “dimitiendo de su condición”, se dedican a elogiarles y enfangarlos en las arenas movedizas de la adulación.

Los que llevan muchos años en la Universidad, contemplando una generación tras otra, saben a lo que me refiero. Es natural que, una encuesta realizada entre los que ya han asistido a alguna otra JMJ, arroje este dato: nueve de cada 10 sostienen que, lo que vivieron, hizo cambiar su vida “mucho o bastante”. En varias JMJ se ha entrevistado a bastantes asistentes acerca de lo que estaban viendo. Las respuestas más habituales han sido: 1) Nadie (ningún profesor, ningún familiar, etcétera) me había hablado con la claridad y exigencia del Papa. 2) No sé si estaré a la altura ética de lo que nos pide. 3) Haga o no haga lo que dice, “ese señor” (por el Papa) tiene razón.

Me da la impresión que esa masa de jóvenes que avanza hacia Madrid desea algo distinto del monótono mensaje de los ideólogos de turno -voyeurs insaciables de la para ellos obscena realidad- que sostienen que no hay bien ni mal: sólo una densa bruma que envuelve en relativismo moral acciones y personas. Probablemente, el Papa dirá exactamente lo contrario: frente a subjetivismo ético, hablará de verdades objetivas; frente a hedonismo consumista, insistirá en solidaridad y templanza; ante un horizonte cultural teñido de pesimismo, hará hincapié en la belleza de la verdad.

EN LA JMJ del año 2000 en Roma -la segunda más numerosa en participantes (2,5 millones), tras la de Manila (cinco millones)- Indro Montanelli escribió un memorable artículo. La tesis del agnóstico e inteligente fundador de Il Giornale fue: “Esto que veo no lo explican ni la sociología, ni la psicología de masas ni la demografía. Yo no lo sé explicar desde mis categorías agnósticas. Habría quizá que entrar en el ámbito de la religión para comprender esto tan estupendo que yo contemplo, pero que no llego a entender”.

Este razonamiento apunta al centro mismo de lo que son estas Jornadas. El tema de fondo que mueve a esas multitudes de gente joven es la búsqueda del concepto de verdad. Es un itinerario inicialmente filosófico, que termina por ser un encuentro no con una cosa, sino con Alguien. Descubrir suavemente que las cosas son como Dios las ve. Fe y razón, sin confundirse, se interpelan de nuevo mutuamente.

La importancia de esta nueva visita a Madrid de Benedicto XVI (tal vez la última que realice a España) radica en que, en esta ocasión, sus jóvenes interlocutores son una tierra especialmente ávida para absorber las pistas acerca de la verdad que vaya sembrando el Papa. Desde mi punto de vista, ya lo he dicho en otra ocasión, lo que se espera de la visita de Benedicto XVI es que disipe esa niebla de malestar, que se oculta tras la sociedad del bienestar. En una palabra, ayudar a recomponer ojos y corazones nuevos que superen la visión simplemente biológica del acontecer humano.

Re-aprende a convivir

Justino Sinova

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