domingo, 31 de mayo de 2026

¿Qué le pasa a España? Le pasa Pedro Sánchez

 

Como mis amigos americanos ya padecieron hace pocos años a un presidente estúpido, entenderán bien lo que ahora sentimos nosotros: esa mezcla entre el orgullo de ser español y la profunda vergüenza ajena que nos produce Pedro Sánchez. Debemos ser un país bastante duro si todavía seguimos en pie después de siete años con semejante inútil al mando. Único consuelo: San Pedro me ha informado personalmente de que este sufrimiento nos descontará siete años de Purgatorio en el más allá.

Meses atrás, durante los debates sobre el gasto de defensa en la OTAN, Pedro Sánchez se negó a llegar al 5% del presupuesto como exigía Estados Unidos. Trump dijo entonces: «¿Qué pasa con España?». Quizá sea un buen momento para explicárselo:

Sánchez era un donnadie en la política cuando logró auparse en 2014 con la secretaría general del PSOE en extrañas circunstancias y en medio de una enorme crisis en el partido. En 2016 perdió las elecciones, pero se negó a abstenerse en la votación de investidura al ganador, Mariano Rajoy (PP), siendo expulsado por su propio partido por querer empujar a España a una situación de bloqueo electoral indefinido. Es como el niño pequeño que siempre tiene que ser el centro de atención. A veces hasta me da lástima porque en su caso no es una elección personal, es obvio que es algo patológico, algún trauma pendiente. Pero en el momento en que me toca pagar mis propios impuestos, se me pasa cualquier lástima que pudiera tener por él.

Sánchez volvió a presentarse en 2017 a las elecciones primarias del PSOE y ganó haciendo trampas, según la confesión posterior de sus propios colaboradores, que ahora están en prisión. Tampoco parece importarles mucho a los socialistas contemporáneos que su líder ganara con fraude —al parecer, es la norma en la izquierda.

Con lo que hoy sabemos, es imposible comprender su capacidad de supervivencia política sin tener en cuenta la figura de su suegro, dueño de una importante red de prostíbulos y saunas gays en España. En al menos uno de estos locales, en el centro de Madrid, según investigaciones periodísticas en curso, se realizaron hace años presuntamente grabaciones secretas a importantes personalidades de la política y el periodismo. Supongo que la táctica te suena de algo.

En 2017, Sánchez comprendió que nunca ganaría las elecciones con el voto de los ciudadanos, y decidió saltarse el trámite. Estableció acuerdos secretos con todos los partidos minoritarios, comunistas y cualquier basura que te encuentres criando pelo en el fondo de la nevera. Les prometió darles de todo, como haría yo si me encontrara cara a cara con María Sharápova. Vendió la soberanía de España a trozos desde el primer día. Y, cerrados los pactos, utilizó la figura de la moción de censura para expulsar a Mariano Rajoy del Gobierno sin elecciones y ponerse él. Desde 2019, Sánchez ha gobernado impulsado por apoyos parlamentarios polémicos, ganando por la mínima y apoyándose siempre en los comunistas. Sus vicepresidentes son admiradores de Lenin, de Stalin, del Che Guevara, de Castro y de gente así. Y, por supuesto, de Nicolás Maduro. Por eso Sánchez fue el primer imbécil en criticar la extracción de la rata con bigote.

Actualmente está en estado de excitación, casi enloquecido. Tiene a su alrededor una trama de investigaciones por escándalos y corrupción tan inmensa que haría falta todo el hemisferio norte para dibujarla en un mapa. Los dirigentes del partido que él nombró para el PSOE están en la cárcel, su hermano está investigado y su mujer afronta cinco cargos, entre ellos corrupción en los negocios, tráfico de influencias y malversación de fondos públicos. Su futuro es negro, quizá por eso ha decretado la regularización de más de medio millón de inmigrantes ilegales. La opinión pública es bastante unánime en esto: pocos de nuestros enemigos odian más a España y a los españoles que el propio Pedro Sánchez.

Telegram Julio Ariza

martes, 12 de mayo de 2026

El objetivo de Sánchez con la regularización

La regularización masiva de inmigrantes es, por una cuestión estrictamente cuantitativa ya de entrada, un despropósito: en la España de las listas sanitarias eternas, donde lograr cita para el médico de cabecera es una odisea, conseguir que la Administración te atienda presencial o virtualmente a tiempo una quimera y un jubilado no tiene derecho a unas muletas si se rompe una pierna; creer que hay recursos suficientes para atender y organizar una avalancha de entre 800.000 y 2.5 millones de personas es, simplemente, una temeridad.

No hace falta entrar ya en si es justo y procedente, que entraremos, para llegar a una conclusión: es imposible gestionar ese alud y, en el caso de que fuera viable, alguien tendría que explicar por qué el Estado no tiene respuestas para millones de españoles en apuros, por falta de recursos o quizá para algo tan visible ya como la ancianidad en soledad, y sí los encuentra siempre para fletar aviones, hoteles, campamentos, comedores y oficinas para cientos de miles de personas que no deberían haber llegado a España así.

O por qué la ley es implacable con todo menos con la cuestión migratoria. No es racista pedir orden y, desde luego, regularizar a quienes ya están entre nosotros, trabajan, sienten y viven unas vidas parecidas a las nuestras no necesita incorporar, a ese viaje de reconocimiento necesario, la barra libre para todo aquel que quiera entrar o que lo ha hecho ilegalmente, a menudo alejado del perfil ciertamente conmovedor del tripulante de un cayuco huyendo de la hambruna, de una guerra o de una epidemia.

Ya está bien de negar lo obvio: muchos vienen porque aquí es fácil acceder, lo hacen sin ningún problema en origen, se lo permiten porque pueden pagarse un billete de avión o una plaza en el barco de un mafioso y no huyen de nada que no deban enfrentar: ¿O acaso van a sacar adelante sus países los niños y viejos que dejan detrás?

Tampoco son menas todos los que dicen serlo. Y tampoco es verdad que todos vengan a trabajar y tengan ganas de integrarse: los hay que estafan, junto a sus padres, al conjunto de los españoles, fingiendo una edad que no tienen para exprimir al español ingenuo. Y los hay, también, que pretenden utilizar el sistema de libertades y derechos de Occidente, los mejores de la humanidad, para mantener y reforzar los suyos, a menudo medievales y de estímulo fundamentalista. Y los hay que quieren vivir del cuento, quizá porque aprenden rápido de nuestros propios aborígenes que ya lo hacen tras doctorarse en esa falsa vulnerabilidad que pagan riñones ajenos.

Todas esas realidades conviven con otra: la del inmigrante que lleva una vida impecable y merece salir de la clandestinidad. Y con otra más: la del que muere en el mar, en cifras récord, porque se estimula en él el efecto llamada de dirigentes como Sánchez pero no tiene los recursos de otros para intentarlo en condiciones seguras.

No hay, pues, un realidad única y homogénea de la inmigración, que además de todo lo descrito se ha convertido en un negocio para decenas de organizaciones que, bajo el disfraz humanitario, cobijan un inmenso negocio con muy pocos controles públicos.

Y como no hay una única realidad, el buen gobernante separa cada una de ellas y le da a cada cual el tratamiento que merece. Sánchez no pertenece a esa especie, todo en él es cálculo, error o bellaquería, y este relevante asunto no puede ser una excepción, así que hay que preguntarse cuáles son, esta vez, sus intereses. Y solo se me ocurren dos, aunque acepto ideas.

Uno: huir del escenario penal, del bloqueo político y de la insurgencia democrática en la que habita, como una garrapata del Estado de derecho, con otro ingrediente más en esa polarización que tanto alimenta y practica, otro ladrillo más en ese muro levantado desde su nefanda investidura para dividir a España y enfrentar a los españoles, esperando que la mitad de su lado supere a la del otro y él prospere en la charca fétida que ha creado.

Y dos: echar cuentas electorales, para ver si los regularizados de hoy son nacionalizados de mañana y, junto al medio millón que ya han conseguido ese avala para votar en las generales, engordar el censo electoral en beneficio propio. No hay más, porque la estupidez, siempre presente en el personaje por mucho que la maquille con un incesante y agotador postureo infantil, no es suficiente para entender esta jugarreta artera. Una más.


Antonio R. Naranjo. El Debate