Por expresar el artículo de Salvador Sostres, publicado el pasado fin de semana en el diario El Mundo, lo que pensamos muchos Españoles, reproduzco a continuación el contenido de dicho artículo.
Es de cobardes que independentistas y abertzales
piten el himno de España. Sería más valiente que pagaran el precio de
independizarse. Sería más valiente que no acudieran al estadio y que la final
se jugara con las gradas desiertas. El mayor insulto es el que resuena en el
silencio. Sería más elegante que los clubes expresaran su dignidad nacional no
jugando la final la Copa del Rey, y su decisión sería escuchada y puesta en
valor en el mundo libre.
Igualmente, y por el mismo
motivo, sería más valiente que España no tolerara ofensas tan evidentes,
sabidas y soeces a su dignidad institucional, y que suspendiera cualquier
actividad que implicara un desaire tan barriobajero a su himno y a su rey.
Silbar no es libertad de expresión. Silbar es mala educación, y un tipo de mala
educación especialmente mezquino y despreciable, propio de tribus, de poblados,
de masas amorfas y desestructuradas, y definitivamente alejado de la mínima
higiene ciudadana y moral que tienen que exigirse los Estados modernos y
civilizados.
Dos cobardías se dieron ayer
cita en la final de Copa: la de los aficionados y la del Estado, en un folclore
deprimentemente autonómico, en un ritual de tribu de tribus, estéril, donde
nadie ganó nada, donde todos quedaron mal. La turba demostró lo vulgar que
llega a ser cuando toma el protagonismo, y quedó una vez más acreditada la
incapacidad del Estado por ejercer su autoridad, por defender la jerarquía en
la que cualquier sociedad ha de basarse, y el folclore reivindicativo empató
con un Estado folclorizado.
Que el fútbol sirviera de algo
más durante el franquismo fue dulce y tierno, e incluso audaz, y brillante. Que
el Barça continúe siendo la estrategia del independentismo con la democracia recuperada,
y que un pueblo adulto fíe su suerte a los cánticos de estadio y a las
manifestaciones callejeras de los días señalados, indica falta de madurez,
pensamiento naíf, y un sistema político desestructurado, en el que cualquier
populismo puede convertirse en el flautista de Hamelín, como en el ayuntamiento
de Barcelona ha quedado demostrado.
El populismo siempre degenera,
y si el Estado no usa su preponderancia como dique de contención contra la
barbarie, la barbarie avanza, y lo que se convierte en normal en los campos de
fútbol llega a ser normal en la calle y acaba colapsando, por inundación, las
instituciones, hasta que ya no queda nadie para defenderlas.
Ayer Cataluña y España -Euskadi
también, pero en menor medida-, empataron a inanidad, a zafiedad, a cobardía, y
tal vez en esto consista el equilibrio autonómico, la eterna Escopeta Nacional
revivida en una de sus metáforas menos elaboradas.
Cuando el catalanismo se
pregunte por qué naufraga una y otra vez en sus aspiraciones políticas, que
busque la respuesta en tanto hincha satisfecho con su silbato. Cuando España no
entienda por qué todo se desparrama, y se le escapa de las manos, que trate de
recordar la primera vez que lloró como mal menor lo que no se atrevió a
defender como un Estado.
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