Reproduzco este interesante y acertado artículo publicado por Arturo Pérez-Reverte: "Es la
guerra santa, idiotas" "Y
la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo".
Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no
se detienen en general ante nada
Isabel San Sebastián no quiere responder al terror
con flores: "Es una guerra ¡A ganar!" Rosa Díez aniquila al "sinvergüenza y
miserable" Otegi por su penoso mensaje de apoyo a las víctimas de
Barcelona
Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua
muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se
recuesta en la silla y sonríe, amargo.
«No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y
estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta».
Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es
soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo
tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada.
«Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma
de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al
enemigo».
Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito
forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio.
Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia (A la caza del conductor asesino de La Rambla, el único
terrorista islámico que ha logrado fugarse tras los atentados en Cataluña).
Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la
Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas.
Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel
Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del
Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás.
Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las
diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas
profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos ( Ada Colau trata de cubrirse y dice que los bolardos no
habrían evitado la carnicería en las Ramblas).
Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las
palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia
nos hace creer exportables en frío, por las buenas, fiadas a la bondad del
corazón humano, acaban siendo administradas por curas, imanes, sacerdotes o
como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano
hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió
el barón Holbach en el siglo XVIII:
«Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no
se detienen en general ante nada».
Porque es la Yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe
mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo
sabe el que haya estado allí (Masacre en Barcelona: tras la miseria de Garzón, el vómito
de la CUP, la sorna de Otegi y el cinismo de Podemos).
Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar
los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los
miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando
sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por
infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las
ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando
cuellos en vivo mientras gritan «Alá Ajbar» y docenas de
espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles.
Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no
en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte al
Profeta».
Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven
estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: «Usaremos
vuestra democracia para destruir vuestra democracia».
A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento
alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden,
o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda
corta sin que te llamen puta.
Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos
combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena
perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe.
Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta,
el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta
infieles e ir al Paraíso.
En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros.
Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el
Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones,
ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa
un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra.
Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra,
para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que
a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus
propias contradicciones socioteológicas.
Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra
parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio.
Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a
negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla
sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del
televisor, sino también aquí.
En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí
hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta
imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a
los bárbaros.
NOTA.- esta columna se publico en el XLSemanal el 31/8/2014, pero
por su indudable interés y al rebufo de los atentados yihadistas en cataluña, la reproducimos otra vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario