Desafortunadamente, en la actualidad, en la clase política que tenemos, salvo excepciones, es lo que ocurre, y de ahí que sea tan mediocre y desconocedora de la realidad laboral y empresarial.
Por su interés reproduzco el artículo publicado en el el diario Expansión digital.
Que la España
institucional está dormida lo demuestra un hecho no por frecuente menos
sintomático: son las voces del ayer más (Francisco González) o menos (Felipe
González) reciente las que sin pelos en la lengua parlotean sobre los problemas
del país y algunas de las soluciones. En el centro del tablero sestean el
partido que gobierna y aquellos que en la corta medida de sus posibilidades
ejercen la labor de oposición; en la periferia pervive con mimbres tragicómicos
el asunto catalán.
González (Francisco) advierte que la mezcla entre políticos y empresarios
no conduce a nada bueno. González (Felipe) echa en falta, en cualquiera de las
formaciones existentes, un verdadero proyecto de país. Ambos quejidos tienen
fundamento, ambos chocan no contra el espíritu de los tiempos sino contra el
espíritu del espíritu español, destinado a boicotearse. No nos engañemos: en el
sector privado hay más talento que en el sector público. La Administración ha
sido el alimento primordial de una clase política que muchos llaman con razón
extractiva porque está basada en el clientelismo y la improductividad. Pero
también en un déficit de grandeza intelectual.
El signo de los tiempos modernos viene marcado por el mecanicismo:
universalización de la alta velocidad, consolidación fiscal, crisis territorial
y corrupción son cuatro factores distintivos de la era que arranca con Zapatero
(AVE, Estatut) y se expande con Rajoy (Montoro, Puigdemont). El quinto elemento
podría ser la retirada paulatina de la escena internacional, extremo que
González (Felipe) subrayaba en una reciente y larga entrevista con El Mundo,
cuando presumía de la terna que formaba junto a Helmut Kohl y François
Mitterrand. Esta comparativa nos empuja a una cuestión en apariencia baladí: ni
Zapatero ni Rajoy hablan idiomas porque ni Zapatero ni Rajoy cuentan con la
grandeza intelectual necesaria para desempeñar el cargo que desempeñaron o
desempeñan. No se trata ya de contrastar las habilidades de un hombre del siglo
XIX (Napoleón, Jefferson, Humboldt, Darwin, Thoreau, por citar a cinco) con las
de nuestros dirigentes del siglo XX (Susana Díaz, Carles Puigdemont, Miguel
Ángel Revilla), sino de enfrentar, siquiera simbólicamente, al Suárez de la dificilísima
Transición con su hipotético trasunto, Albert Rivera.
Los proyectos perentorios (una educación refinada, una revisión del Estado
de bienestar, una apuesta clara por la innovación y una reforma constitucional)
languidecen por esta ausencia de materia gris, favorecida a su vez por ese
maniqueísmo tan hispano de los bandos irreconciliables. Para que la política
española mejore tendría que asimilar primero el concepto del bien común, que es
como pedirle peras al olmo, para proceder después a su propia purga. ¿No se
examina cada día el emprendedor ante el cliente y los inversores? Que se
examine también el político ante la ciudadanía, pero no mediante el voto sino
mediante una hoja de servicios transparente: qué ha hecho desde que ejerce,
cuál es su currículo, qué materias domina. Contra este argumento podría
alegarse que cae en el elitismo. Ahí va una réplica a la réplica: si la
política es una profesión, y ha demostrado serlo a tenor de las dilatadas
estancias de quienes la ejercen, ¿por qué no exigir la misma diligencia en el
desempeño que a un letrado, médico o programador en sus respectivos nichos
profesionales? El idealismo como motor es maravilloso pero no resuelve
problemas matemáticos, jurídicos o científicos.
Si el mandato de Zapatero estuvo marcado por la ocurrencia, el de Rajoy lo
está por la cachaza. La cuestión es saber quién se perfila en el horizonte para
cuando el presidente no esté. En sus propias filas no se adivina una sola
figura. Sáenz de Santamaría quizá sea la más capaz, pero carece de alma igual
que un robot (es matemática pero no idealista). Por otra parte, Pedro Sánchez
es una versión empeorada de ZP porque, como éste, se alimenta de un idealismo
mal entendido entendiéndolo aún peor. A Rivera se le llama camaleón y ningún
dato lo desmiente por ahora, así que concluiremos que su alma es abigarrada,
una suma de trozos sin unidad. Pablo Iglesias, por último, es todo corazón, un
corazón henchido, romántico, inflamable, incendiario, nocivo. Un corazón que
mira al pasado e intenta revertirlo, uno que mira al futuro y no ve nada más
que la plasmación de ese nuevo pasado.
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