Siguiendo mi anterior entrada "Catalanes tendréis lo que votéis" a continuación transcribo el siguiente artículo de D. Ignacio de Pano, publicado el 22.02.2021 en elcatalan.es, que viene a confirmar lo ya escrito por mi y por muchas más personas.
Como en el propio artículo se dice "Nada va a cambiar porque yo vote, piensan, no tiene solución, la maquinaria es demasiado fuerte, no merece la pena, no hay nada que hacer" el votante catalan (y el español en general) piensa así y ese es el problema de los Catalanes y de muchos votantes en España, la desidia y el desaliento lleva a la victoria de los que quieren destruir España. Si quieres resultados distintos, haz cosas distintas.
Entiendo que el votante catalán se haya sentido abandonado por C´s que dijo que venía a regenerar Cataluña y a luchar por los Catalanes, y al menor contratiempo......, votar al PP es votar a quien nada quiere o apoya a los catalanes si no es para asegurar el gobierno en Madrid, y votar al PSOE (de sus siglas ya sólo vale la primera) en estos momentos es votar a un partido que miente y se alía con quien haga falta para mantenerse en el poder, y lo increíble, y que demuestra el negro porvenir que le espera a nuestro país, es que su candidato ha sido el más votado aun dejando a sus espaldas la peor gestión sanitaria de Europa y más de 100.000 muertos.
Resultado, la gente constitucionalista ha votado a VOX (también se explica en el artículo) porque por ahora es la única opción que no les ha decepcionado y parece que están dispuesto a dar la cara, y a ponerla, por los catalanes.
Catalanes, Españoles, prepararos porque vienen meses muy duros, durísimos.
Sin esperanza, con miedo
"Sentirse español en Cataluña, y digo sentirse porque serlo
lo somos todos, lo sintamos o no, es un deporte de riesgo en el que siempre se
pierde"
Ignacia de Pano.
Mi padre,
que había cumplido los trece años cinco días antes del inicio de la guerra
civil, encabezaba cada entrada del diario que escribió durante la contienda con
la misma frase, formulada en afirmativo o negativo según las circunstancias que
le habían tocado vivir en ese día: Hoy hay pan, hoy no hay pan. Porque cuando todo falta y solo hay hambre lo
único importante es comer.
Esta historia familiar viene a
cuento para intentar explicar el
porqué de los pésimos resultados del constitucionalismo en las elecciones
catalanas del pasado 14 de febrero, en las que de nuevo los
partidos independentistas de toda laya, los obvios y los camuflados, han vuelto
a arrollar en las urnas dejándonos, a diferencia de la antigua sentencia latina “nec spe nec metu”, sin
esperanza pero con miedo. Sentirse
español en Cataluña, y digo sentirse porque serlo lo somos todos, lo sintamos o
no, es un deporte de riesgo en el que siempre se pierde. Si se
tuviera que basar la creencia en la propia existencia civil en las referencias
que a ella se hacen en los medios de comunicación públicos, TV3, las radios,
nadie podría culparnos de que dudáramos incluso sobre si estamos vivos. No hay
espejo que nos refleje. En esas condiciones durísimas, gran parte de los votantes que en su corazón
se sienten españoles se encuentran arrollados, aplastados. Nada
va a cambiar porque yo vote, piensan, no tiene solución, la maquinaria es
demasiado fuerte, no merece la pena, no hay nada que hacer.
Son cuarenta años de abandono a
izquierda y derecha, y las veces en que sobreponiéndose a la
sensación de fracaso el votante constitucionalista se ha permitido ilusionarse
e ir a votar, las decepciones han llegado muy rápido. Huidas repentinas tras
una victoria épica, candidatos con fuerza y carisma sacrificados en el altar
del colaboracionismo con Pujol, promesas incumplidas, traiciones.
En estas condiciones en las que,
siguiendo la terminología de mi padre, nunca hay pan, el votante que a pesar de
todo sale de casa a emitir su voto no se decide por un partido o por otro por
sus programas o sus planteamientos ideológicos. Eso queda para otras sociedades
más libres y más democráticas en las que esos lujos pueden permitirse. Aquí se votan actitudes, valentías, solideces
intuidas, la esperanza de no volver a ser abandonados. Lo
importante es siempre aquello que menos cuidan los partidos.
Puede que una candidata haya pasado
sinceramente del independentismo a la ferviente españolidad, pero esa foto con la estelada, la bandera que quiere imponerse a la mitad
de los catalanes y en cuyo nombre no hemos conocido un día de paz y
tranquilidad desde hace ya demasiados años, la aleja inexorablemente de sus
posibles votantes. Si quien me parecía de absoluta confianza se
fue a los pocos meses, imagínate esta que hace cuatro días militaba en el otro
lado de esta sociedad tristemente partida en dos, pensarán muchos. Tantos, como
el 90 por ciento del viejo voto del partido por el que se presentaba.
Tampoco ayudan las entrevistas
pasteleando con los iconos de la radio independentista, que ni se
comprenden ni se perdonan, porque es mucho lo sufrido y mucha la necesidad de
simplemente, dejar de pedir perdón por tener unas ideas y unos principios,
tantas veces ridiculizados incluso en ese programa del líder mediático al que
se pretende agradar incluso a costa de sus propios votantes, esos, que a pesar
de que prácticamente venían del suelo electoral, les quitaron aún otro escaño.
Y eso nos deja con los once de
Vox. A diferencia de muchos, yo no creo que el votante de Vox en
Cataluña se corresponda con el votante de Vox del resto de España. O no del
todo. Hay entre esos votantes muchos que ni siquiera se sienten de derechas,
fundamentalmente porque no lo son. Pero, y volvemos a los gestos, les han convencido las pedradas en los
mítines, el valor de plantar la carpa en la plaza de San Juan de Lleida o
en cualquier pueblo de la Cataluña interior, la convicción en la defensa
cerrada de una idea de España que aún no siendo la suya, es alguna. Se vota lo sólido frente a lo gaseoso, porque
por desgracia todos sabemos que los programas no van a poder ponerse en
práctica. Para ese votante de Vox catalán que en Madrid votaría
PSOE o PP, se vota simplemente una defensa de la nación sin complejos. Luego ya
se verá. Porque cuando no hay pan, lo
único importante es tener algo, lo que sea, para poder comer.
Todo mi apoyo y cariño para Cataluña, comunidad en cuyas playas de Calella de Parafrugell he pasado inolvidables veranos de mi infancia.
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