Érase una vez un reino de magia y fantasía en el que, con
sus más y con sus menos, convivían cuatro tipos de duendes: Los Buenos, los
Inteligentes, los Gilipollas y los Hijoputas. Un día los Hijoputas descubrieron
que, por algún misterio mágico, los Gilipollas siempre son mayoría.
Dedicaron entonces todos sus esfuerzos a convencerlos de
las grandes ventajas que les supondría someter a los Buenos y a los
Inteligentes.
Los Hijoputas
sabían que con los Buenos y los Inteligentes fuera de juego podrían gobernar el
reino y convertirse en los únicos dueños de sus riquezas. Siempre habría una
banda de Gilipollas que los apoyaría y se creería sus mentiras. Les dijeron a los Gilipollas que eran iguales
que los Inteligentes, que ser vago da igual que ser trabajador, que ser tonto
da igual que ser listo y que ser bueno da igual que ser malo. Hasta inventaron
un Ministerio que se llamó Ministerio de Igual Da. Había nacido la Democracia
de los Duendes.
Los Gilipollas creyeron que los beneficiados con la
derrota de los Buenos y los Inteligentes serían ellos y se dedicaron con
entusiasmo a eliminar cualquier vestigio de grandeza, bondad o belleza
siguiendo las consignas de los Hijoputas.
Algunos de los duendes Gilipollas eran descendientes de
Buenos y de Inteligentes y ahora se avergonzaban de sus orígenes. Eran los que
más empeño ponían en hacer patente su gilipollez (a la que llamaban corrección
política) y obedecían cualquier orden hijoputesca; desde tirar piedras a sus
propios tejados, destruir las estatuas y
profanar las tumbas de sus antepasados, aplaudir desde sus balcones a la hora
que les ordenaban o ponerse de rodillas delante de otros Gilipollas para pedir
perdón por supuestas ofensas.
Y es que todas las
grandes obras que el talento y el trabajo de los Buenos y los Inteligentes
habían creado a lo largo de los siglos fueron consideradas ofensivas por
aquellos que, careciendo de talento e inteligencia, se habían limitado a
disfrutar de esas creaciones.
Los grandes templos de mármol y los bellos palacios de
piedra fueron demolidos para no ofender a los que habían sido incapaces de
construir otra cosa que chozas de paja.
Los delicados instrumentos musicales que habían conmovido
con sus sinfonías incluso a los elfos y las hadas fueron destruidos para no
ofender a los que creían que la música consistía en aporrear toscos tambores.
Los artísticos cuadros que parecían brillar con luz
propia y en los que estaban retratados con bellos colores los acontecimientos
más sublimes, fueron proscritos y sustituidos por telas con manchas sin forma.
Y algunos Gilipollas pagaban por ellas auténticas fortunas.
Las justas y los torneos en los que los jóvenes
demostraban su valentía también fueron prohibidos por aquellos que habían
convertido la cobardía en una virtud.
Y llegó un día en que hasta las bestias del bosque se
horrorizaron al contemplar a las estúpidas criaturas surgidas de la mezcla
aberrante y multicultural de Gilipollas con Hijoputas. Eran seres necios y
crueles que asesinaban a sus propios hijos en el vientre de sus madres, dejaban
morir a los ancianos en soledad y renegaban de su propia historia.
Cuando los Gilipollas, sumidos en la miseria y la
degeneración, quisieron librarse de la tiranía de los Hijoputas, buscaron a
algún duende bueno e inteligente para que los ayudase. Pero ya era demasiado
tarde. La Bondad, la Belleza y la
Inteligencia habían sido ilegalizadas por políticamente incorrectas y todos
habían muerto o desaparecido.
Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
Anónimo
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