Si un lobo es intocable, un niño es sagrado.
Y si no se considera sagrado como niño, démosle inmediatamente su condición de
lobo, lince, tortuga, oso, perro o gato
Leo los
comentarios de los lectores de El Debate de mis artículos. Creo que se trata de
una obligada cortesía. Casi todos ellos, educados e inteligentes. Aprendo,
disfruto, agradezco y sufro. Y envidio talentos oscurecidos por los camuflajes
identitarios. Entre los lectores de hoy, 23 de noviembre, «Ladilla Morada»
aporta una idea que merece un texto desarrollado. «Propongo que se considere
animal a un niño en el seno de su madre. Quizás así logremos salvarlos».
Me apunto a la idea. Vivo en
tierras colonizadas por manadas de lobos. Maravillosos animales, también
dañinos. La ministra anti-caza ha prohibido que los lobos sean molestados.
Entre Cantabria, Asturias, León y el norte de Castilla, centenares de manadas
se han adueñado de la legalidad. Y los lobos se saben intocables. Hasta en las
sierras de Madrid los lobos atacan al ganado y masacran las economías de los
ganaderos, héroes indefensos maltratados por la Administración. Un lobo muerto
conlleva una multa exagerada, la detención del ganadero perjudicado, el juicio
y la cárcel. Lo mismo patear a un perro o deshacerse de una tortuga. Pero
simultáneamente, en España son asesinados diariamente centenares de seres
humanos condenados a no ver la luz. Una loba preñada de lobeznos está más
protegida que una mujer embarazada. Y los lobeznos que crecen en las entrañas
de la loba son más valiosos que los niños que se forman en el vientre de su
madre.
Como ahora, gracias a las mentes
enfermas, destartaladas y degeneradas de nuestros gobernantes se puede elegir
libremente el género y condición de cada uno, propongo que a los nasciturus
humanos que son asesinados todos los días, se les conceda la posibilidad de ser
considerados perros, gatos, burros o tortugas, con la finalidad de
garantizarles la posibilidad de vivir. La sociedad moderna aplaude, anima y
protege a las mujeres que deciden desembarazarse de sus hijos. La sabia
exministra de Zapatero, Bibiana Aído, fue contundente. «El feto de una jirafa
es una jirafa, pero un feto humano no es un ser humano hasta que no alcanza su
viabilidad». No lo dijo con estas palabras, sino peor, porque la chica no da
más de sí. Hasta las menores de edad están protegidas, a espaldas de sus
padres, para matar a sus hijos. Esas mismas menores de edad, para darse de alta
en una biblioteca pública necesitan el permiso paterno para ser admitidas. Por
ello, propongo, como mi lector o lectora, que los seres humanos tengan los
mismos derechos que los lobos para ver la luz. Y ya nacidos, que elijan ser lo
que quieran cuando tengan uso de razón, pues son muchas las posibilidades de
elección. El niño que elige ser niña, la niña que elige ser niño, la
transexualidad discrecional –los años pares, niño, los años impares, niña– y lo
que la vida les vaya recomendando. Pero no la muerte obligada por el egoísmo y
la perversidad de otro cuerpo. Porque una mujer embarazada no es la propietaria
del niño que crece en su seno. La madre es un ser humano que lleva otro ser
humano en sus entrañas y cuya vida no puede estar sometida al capricho de la
más fuerte.
No es pedir demasiado. Si un lobo
es intocable, un niño es sagrado. Y si no se considera sagrado como niño,
démosle inmediatamente su condición de lobo, lince, tortuga, oso, perro o gato.
El huevo profanado en un nido de un águila real, imperial o simplemente
ratonera, está gravemente sancionado. La vida de un niño, legalmente expuesta y
animada al asesinato. Pues eso y nada más.
«Estoy de siete meses embarazada
de un perro».
Y el aborto, por lo tanto,
prohibido.
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