Vivimos un momento muy delicado. La razón está siendo sustituida por las emociones. Y como dijo el psicólogo Liddell, las emociones son más peligrosas que la fisión nuclear.
El Gobierno de Sánchez es el gran provocador. Ahora resulta que quienes estábamos en nuestras casas contemplando en los televisores, impotentes y asombrados, el alzamiento independentista catalán del 2017… éramos los verdaderos sediciosos. En cambio, los independentistas eran los buenos, los que respetaban la Constitución, los que respetaban los juramentos y promesas hechos públicamente para cumplirla y hacerla cumplir.
Se ha perpetrado una amnistía, y no precisamente encubierta. La derogación del delito de sedición, y la rebaja del delito de malversación, dan motivos a los independentistas catalanes para acusar al Supremo de haber usado arbitrariamente y de forma injusta el Código Penal, aplicando condenas por un referéndum que, ahora, no fue delito. Y para mayor desvergüenza, nuestro propio Gobierno defiende en Estrasburgo la tesis de los golpistas: que las penas fueron desproporcionadas. Es decir: acusa a sus propios jueces.
España ya no es una península, sino un atolón de mentiras, indignidades, ilegalidades, traiciones y atropellos a la democracia. Gracias a nuestro polígamo ideológico (el presidente Sánchez), hoy, en cualquier calle de nuestro país te puedes cruzar con los asesinos etarras de militantes socialistas (compañeros suyos), con violadores y pederastas, con agresores de mujeres felizmente excarcelados gracias a la ministra Montero, con malversadores, con sediciosos y demás. Y lo peor es que todos ellos volverían o volverán a hacerlo. Lo han prometido.
Uno de los peores ataques contra la democracia es promover el caos. Y este Gobierno se ha mostrado maestro en su creación: ataques contra las instituciones; contra el poder judicial; contra el Jefe del Estado; contra el CNI; contra la libertad de expresión; la aprobación de leyes vía callejones inmundos; el Ministerio de Igualdad que, como a los rebaños, pretende abducirnos con sus locas clasificaciones de género; el Ministerio de Cultura infamando a artistas como Picasso, un símbolo de la izquierda; el Ministerio de Educación, que ha sublevado a la RAE y a todo el profesorado por la EBAU; y suma y sigue. Incluso los profesores de Filosofía se han manifestado con pancartas muy significativas: «Pienso, luego estorbo» o «Sánchez, atrévete a pensar». Y es que un autócrata necesita instituciones débiles. Primero, las hunde, y luego dirá que acude a salvarlas. Así va hiriendo de muerte al tejido democrático.
Sánchez es el líder de todas las jaurías enemigas de la Constitución, de la democracia, de la monarquía parlamentaria y del Estado de Derecho. Es decir: es el verdadero líder de Podemos, ERC, PNV, Bildu, PDeCat y demás comparsas. Con Sánchez vamos a la disolución de nuestro país. Si volviera a ganar las elecciones generales, siempre con estos aliados, habría referéndums por doquier. Y no solo en Cataluña, País Vasco, Navarra y Galicia. También, seguramente, en Cantabria o en Murcia. ¿Por qué no? Y con una temporalidad mínima y repetible hasta que el resultado les fuera favorable. Otegi, Rufián, Puigdemont, Oriol y Aragonés nunca se conformarán con otra cosa que no sea la independencia. Con Sánchez, este es el camino que nos espera. Él es, o cree ser, el Bolívar de los Pueblos Ibéricos.
Sea como fuere, nuestro pueblo será merecedor del destino elegido. Una democracia tiene derecho a suicidarse, e incluso a elegir la manera; no sería la primera vez. Un país entero tiene derecho a suicidarse, tampoco sería la primera vez (en España, ninguna novedad). Pero este suicidio asistido de ahora, este al que se nos está conduciendo obligatoriamente, debe ser ya respondido con contundencia. Con contundencia democrática, por supuesto.
En la tierra baldía cultivada por este Gobierno, ya no
hay más que dos opciones. Solo dos. O Sánchez cabalgando hacia el abismo, o la
moderación de Feijó. La abstención es un tercer recurso inútil. Nuestra
democracia, como he dicho, tiene derecho a suicidarse. Pero a lo largo de este año hay dos oportunidades para evitarlo: las dos próximas elecciones
(locales-autonómicas y generales) tienen que ser un plebiscito contra Sánchez.
No queda otra.
César Antonio Molina.
Socialista. Exministro de Cultura en el gabinete de
Rodríguez Zapatero.
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