Un gran amigo inglés, enamorado profundo de España, ha pasado unos días en Santander. Hablamos de la situación caótica por la que atraviesa el Reino Unido con su estúpida política de inmigración musulmana. – Londres es de ellos–, me confesaba consternado. Y hablamos también del despilfarro, el atraco a mano armada a los españoles con el sistema tributario vigente, de los enriquecimientos de los políticos ladrones, de la complicidad del PP con el PSOE, del progresivo desmantelamiento de España, del asalto a la Justicia y de la inacción cobarde de una oposición que colabora con su blandiblú actitud con el Gobierno socialcomunista-separatista-terrorista que nos está llevando al abismo.
Mi amigo nada tiene de
«ultraderechista». Milita en el sector más liberal del Partido Conservador, y
en más de una ocasión, por cansancio del poder, ha votado a los laboristas para
favorecer la alternancia en el Gobierno. Y me preguntó cómo fue posible, que
durante el régimen anterior, en el que apenas se pagaban impuestos, una nación
devastada por una Guerra civil, se convirtiera en la novena economía del mundo,
se construyeran centenares de miles de viviendas protegidas, se llevaran a cabo
grandiosas obras públicas, se creara el entretejido social de una poderosa
clase media que no existía con anterioridad a la guerra, se creara la Seguridad
Social, se levantaran hospitales públicos en todos los territorios de España, y
se utilizara el dinero público para recuperar la riqueza en una nación
destrozada.
Mi respuesta fue lacónica.
–Robaban muy pocos–. Y le
narré la anécdota del general Muñoz-Grandes. Y aproveché para informarle –ahora
que todos los hijos del socialcomunismo internacional son multimillonarios–,
que los de Carrero Blanco y Muñoz-Grandes, ya fallecidos, dejaron este mundo
con una estela de modestia económica y de decencia siendo los hijos de los dos
militares más influyentes y poderosos del franquismo: el almirante Carrero y el
Capitán General Muñoz- Grandes.
Se celebraba un domingo del
mes de mayo el Gran Premio del Generalísimo en el Hipódromo de La Zarzuela. El
Jefe del Estado acudía todos los años. Llegaba con un ridículo servicio de
seguridad, y una parte del público le aplaudía y otra mostraba una silenciosa
indiferencia. Lo normal. Pero aquel año, por un asunto imprevisto, delegó en su
vicepresidente, el capitán general Muñoz-Grandes. Don Agustín tenía, como coche
particular, un Seat Seiscientos de color claro. No usó su coche oficial, a
pesar de que representaba oficialmente al Jefe del Estado. Se sentó al volante
del Seiscientos, y lo condujo hasta el hipódromo. Le acompañaba un motorista a
pocos metros del coche. Al llegar advirtió ocho coches del PMM, los Dodge-Dart
de los ministros. Antes de entrar en el recinto del hipódromo por la puerta de
los socios, junto al «paddock», ordenó que se presentara ante él, el conductor
más antiguo de los coches oficiales.
–A sus órdenes, mi General.
–Los señores ministros no
tienen derecho a usar el coche oficial para asuntos privados. Y menos aún en
días festivos. Así que, ahora mismo, se vuelven ustedes a Madrid, dejan los
coches en los garajes de cada ministerio, se van a sus casas, y que los
ministros, se las arreglen para la vuelta.
-Mi General, han venido con
sus señoras.
–Los taxis cuestan lo mismo
con señoras que sin señoras.
Nada les dijo a los ministros.
Al terminar el día de carreras, éstos se encontraron sin coche oficial para
volver.
–He sido yo el responsable.
Para venir a las carreras de caballos un domingo, no se puede usar el coche
oficial ni abusar del día de descanso de los conductores. Pidan unos taxis.
Buenas tardes.
Y así fue.
Alfonso Ussía
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