El escenario geopolítico mundial está presidido por la vuelta de Trump al puente de mando del país más poderoso del mundo, la consolidación en Argentina de un terremoto llamado Javier Milei, el éxito indiscutible de Giorgia Meloni en Italia, la transformación de Reagrupamiento Nacional (RN) de Marine Le Pen en el primer partido de Francia, la eclosión de AfD en Alemania, la reelección de Viktor Orbán en Hungría, la popularidad de Nayib Bukele en El Salvador, la victoria de los demócratas de Suecia, la de Geert Wilders en Holanda, pero también el descrédito absoluto del empleado de Rothschild en Francia, la salida por el desagüe de Olaf Scholz en Alemania, el viaje a los infiernos de Keir Starmer, en apenas seis meses, en Gran Bretaña.
La derecha conservadora renace de sus cenizas mientras los restos del socialismo se baten en retirada. Una revolución conservadora está en marcha. Es el deseo de los pueblos de recuperar su soberanía, de conservar su identidad frente a las migraciones masivas, de proteger su modelo social frente a la apisonadora de la globalización, de acabar con el diktat de esas elites de izquierdas que se han hecho dueñas de un poder desde el que miran al hombre corriente por encima del hombro. Es el final del wokismo, obligados, por eso, a plantearnos una nueva “revolución española” a la manera de Trump, una revolución democrática que mande al cubo de la basura las leyes, reglamentos e imposiciones de este maldito Gobierno; obligados a refundar una nueva legalidad democrática capaz de unir a los españoles en empeño colectivo similar al que alumbró la Constitución del 78.
Barrer a la mafia Sanchista y mandar al guano su pequeño mundo de rapiña. Un gran envite para una oposición dormida y una obligación moral para lo que quede de salvable, a derecha e izquierda, en este país llamado España.