jueves, 12 de junio de 2014

APRECIAR LAS COSAS EN SU JUSTA MEDIDA

Ayer lloré por no tener los zapatos de marca que quería pero vi a un hombre dándole gracias a Dios sin tener sus pies.
Me quejo porque Dios no me dio los ojos color café  pero vi a un ciego decir gracias por un nuevo día.
Me enojo cuando tengo que caminar porque me canso, mientras un muchacho acelera el paso en su silla de ruedas para no ser una carga para nadie.
Me da pereza levantarme mientras otros luchan en una cama de hospital conectados a una máquina de la cual depende su vida.
Si eres agradecido medita sobre ello, y piensa en lo que en realidad te falta y no valoras lo que tienes.
Nos atrevemos a mandar chistes y fotos, pero no nos atrevemos a dar gracias a Dios por nuestros amigos y familiares.
No hay silencio que Dios no entienda, ni tristeza que él no sepa, no hay amor que él ignore, ni lágrimas que no valore.
Por último, querría resaltar algo muy habitual en los tiempos que corremos, y es que parece que si tienes éxito profesional o académico, incluso en los tiempos que corren a si tienes trabajo, la felicidad está asegurada. Pero eso no es así, ignoramos nuestro más valioso tesoro, la salud y la familia, porque lo tenemos, lo damos por descontado, pero cuando eso falla o falta ¡ahí sí que somos infelices y tenemos un grave problema! ¿trabajo? Siempre se podrá acabar de cualquier cosa, pero ¿salud? Bendito e ignorado tesoro.

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