Lo dicho por Jesús Cintora, en su programa "A pié de calle", que a continuación reproduzco, es una absoluta realidad, pero independientemente de todo ello, los receptores de los mensajes, y la falta de objetividad, formación, cultura, y pausa, lleva a que tantísima gente haya votado en España a un partido de extrema izquierda, como Podemos, que entre otras cosas defiende la autodeterminación, justifica el terrorismo de ETA, no suscribe el pacto antiyihadista, y justifica a regímenes como el Venezolano de Chaves y Maduro, o el de los Ayatolas de IRAN (antidemocráticos, regimen maxista y perseguidor de los gays, etc, etc, etc) o tantísimas otras cosas que me resisto a creer que las respalden más de cuatro millones de Españoles.
Cuanto mal ha hecho la crisis (como dejaron los socialistas en 2011 las arcas del estado) y la corrupción.
MUCHA GENTE ES INCAPAZ DE RESISTIR LA INYECCIÓN DE DEMAGOGIA QUE RECIBEN
DIARIAMENTE DESDE LAS TELEVISIONES PRIVADAS. LA RESPONSABILIDAD ES DE SUS
DIRECTIVOS Y SUS PROFESIONALES SECTARIOS. ELLOS SON CULPABLES O COMO MÍNIMO
CÓMPLICES DEL DESASTRE GENERAL.
La mayoría de las cadenas de televisión privadas de mi país son de
izquierdas. Y muchas de ellas francamente sectarias. Se ocupan de destacar a
cuchillo todo lo que va mal en el país, que atribuyen a las políticas
neoliberales aplicadas por el gobierno de Rajoy. Incitan los
instintos más primarios de la gente, que son la envidia y el resentimiento, y
persuaden a los ciudadanos de que la solución de todos sus problemas está en
manos del Estado, que debe impulsar un gasto público mayor, aumentar los
derechos sociales, fortalecer los sistemas de protección y elevar los impuestos
a todos aquellos que ganan mucho dinero, no importa que esto se deba a la
pericia y el sacrificio puestos en el empeño. Las televisiones de mi país han
exagerado la corrupción hasta el extremo de que han conseguido instalar en el
imaginario público la idea de que todos los políticos son unos ladrones cuyo
objetivo genuino es robar a los ciudadanos. Ni qué decir tiene que el daño
causado por estos medios de comunicación ha sido tremendo. Han provocado una
desafección hacia la clase política y las instituciones muy difícil de
corregir, han socavado la moral pública, han convertido a los individuos en
irresponsables -en personas infantiles cuyas desgracias jamás tienen que ver
con ellos sino con un agente externo- y han impulsado con gran eficacia el
populismo. Una de las razones por las que Podemos, el
partido radical de extrema izquierda que lideraPablo Iglesias, tenga 69 diputados en el Congreso es precisamente el apoyo que tácita o
explícitamente le han prestado estos medios de comunicación absolutamente
nocivos.
A pesar de esta descripción tan literal y desgraciada del
estado de la televisión privada de mi país, yo me presto a participar a veces
en algunas de estas cadenas venenosas. No sólo porque, a pesar de ser liberal,
tengo muchos amigos de izquierdas, incluso francamente sectarios, sino porque
pagan lo suficiente como para cenar la familia un fin de semana o comprar
libros, y sobre todo porque no me preocupa hacer de chivo expiatoria de la
jauría si es a cambio de poder emitir libremente mis opiniones aunque provoquen
el escándalo general. La costumbre de muchos de estos programas de televisión
es invitar siempre, como coartada, precisamente para lavar el complejo de culpa
que tienen, a una persona de derechas, que, en minoría, queda rápidamente
desacreditada por el enfoque general del reportaje o de la tertulia en
cuestión. No me importa. Me presto al sacrificio con mucho gusto por el bien
del país, y porque pienso que quizá alguno de los que me escuchan pueda tener
un arrebato de lucidez o de sentido común y reflexionar sobre si, en el fondo,
no tendré algo de razón.
La semana pasada participé
en un programa cuyo objetivo era hablar sobre los remedios del desempleo, así como el de las familias que tienen problemas para
pagar su vivienda o están en riesgo de desahucio. Me llevaron a un pueblo muy
pequeño de Toledo donde el 70% de la gente está en paro. Allí, en la plaza
Mayor, rodeados por muchos de sus habitantes, la mayoría jóvenes votantes de
Podemos y jubilados que reciben una pensión bastante más digna de la que
correspondería a sus cotizaciones, pero todavía más radicales, mantuvimos una tertulia en la que hubo momentos en que
temí por mi integridad física. Lo
primero que dije es que para reducir las altas tasas de paro, sobre todo entre
los jóvenes, había que
reducir o liquidar el salario mínimo. Después, que prohibir de manera indiscriminada, por ley, los desahucios
de las personas que no pueden hacer frente a sus obligaciones tendría unas
consecuencias devastadoras sobre el mercado del alquiler, perjudicando sobre
todo a los jóvenes, que no están en condiciones de adquirir una vivienda en
propiedad. Naturalmente, la reacción del público que me escuchaba fue iracunda,
en gran parte porque el programa estaba concebido para transmitir precisamente
unas ideas contrarias a las mías: que los empresarios deben aumentar los
salarios o que los gobiernos deben facilitar una vivienda gratis a todo el
mundo.
Me dio igual. Seguí con mi tesis de que cada persona con trabajo tiene, en
condiciones normales, el sueldo que se merece, el que está de acuerdo con la
productividad de la que es capaz según su cualificación, y sostuve que, por
desgracia, la mayor parte de los jóvenes que me rodeaban ni tenían la aptitud
suficiente para aportar el valor añadido que esperan los empresarios, y que, en
todo caso, éstos podrían contratar a muchos de ellos para desempeñar algunas
tareas pero a un precio más bajo que el que marca el salario mínimo oficial,
que cuanto más alto más desincentiva la creación de empleo. Concluí, en medio
del abucheo general, que es mejor trabajar a cualquier precio, con el salario que
sea, antes que estar tumbado en casa a la bartola viviendo del subsidio de paro, porque esto último sólo
abunda en la molicie, la pereza y la destrucción del poder de creación de
riqueza que, por pequeño que sea, siempre anida en las personas. A pesar de un
ambiente tan hostil, salí ileso, me quedé tan ancho, con la sensación de haber
cumplido con una obligación cívica.
Hoy solo lamento no haber tenido a tiempo el informe
elaborado por la Oficina Federal de Empleo de Alemania en el que se hace balance
de la introducción del salario mínimo en el país, que fue una de las condiciones exigidas por
la izquierda para formar el gobierno de coalición con el partido de Merkel. La
conclusión de este informe es que la introducción de un salario mínimo de 8,5
euros por hora desde enero de 2015 ha destruido 60.000 empleos en la principal
locomotora del Continente. Y eso aunque no se aplicó a los menores de 18 años
sin formación, a los aprendices, a los trabajadores que se regían por un
convenio colectivo con un salario propio ni tampoco a los parados de larga
duración o a los que recibían alguna clase de ayuda estatal, en cuyo caso las
consecuencias habrían sido todavía más dramáticas. Es una gran ventaja que las
estadísticas, que admiten muy pocas interpretaciones, constaten que los
salarios mínimos frenan la contratación de los más jóvenes -que es el colectivo
con más paro- y que las empresas siempre se negarán a crear empleo si la
rentabilidad de éste es inferior a los costes que entraña.
En España, los partidos que aspiran a formar gobierno incluyen en sus
programas un aumento del salario mínimo. Ya el infausto presidente Zapatero lo
subió hasta un 40% durante los ocho años que gobernó, incluso en épocas de
deflación, contribuyendo a aumentar el paro juvenil. Cuál sea la razón por la
que los partidos insisten en ensayar políticas que han demostrado su fracaso
forma parte del arcano de la historia. Por qué los jóvenes de ese pequeño
pueblo de Toledo donde casi me linchan no son capaces de entender argumentos tan
obvios, que irían en su beneficio, o no resisten la inyección de demagogia que
reciben a diario desde las televisiones privadas de mi país, también. La diferencia es que todavía se
puede considerar a los jóvenes inocentes. A las televisiones, a sus directivos
y a sus profesionales sectarios, no. Ellos son culpables o como mínimo
cómplices del desastre general.
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