“A diferencia de su marido, la condesa parecía disfrutar de aquel bullicio que se había organizado en su casa, como si la guerra le hubiera dado nueva vida en lugar de quitársela. Cuando fui a verla para contarle el fracaso de mis gestiones para liberar a su marido, me dijo: “No te preocupes, Henry, que ya lo he arreglado con mis amigos anarquistas. Me han dicho que ellos lo pueden sacar de la cárcel a escondidas y luego quizá tú puedas meterlo como refugiado en la embajada británica”. Así era el Madrid de aquellos días: ¡una condesa con amigos anarquistas, disfrutando de la insólita situación en la que se encontraba! Hay que señalar que la Junta que en aquellos momentos gobernaba Madrid estaba compuesta por comunistas, socialistas y anarquistas, y que uno de aquellos anarquistas, Melchor Rodríguez, era el jefe de prisiones”.
El párrafo (pag. 203) pertenece a “Vida y muerte de la República Española”,
Austral, la obra del periodista británico Henry Buckley que, como
reportero de guerra para el Daily Telegraph, fue testigo de los
años más dramáticos del siglo XX español, los que van de 1929 a 1939.
Simpatizante confeso de la causa republicana, Buckley llegó a España a tiempo
de presenciar la caída de Primo de Rivera y
la abandonó con las tropas derrotadas de la República por La Junquera. Su
testimonio, siempre vivo e intenso, a veces dramático, sirve estos días de
perfecto contrapunto para ilustrar los riesgos por los que atraviesa nuestro
país. Es verdad que, en lo material, la España actual tiene muy poco que ver
con la atrasada de la primera mitad del siglo XX, pero, en otro orden de cosas,
los paralelismos siguen siendo atronadores. Aterradores. Casi noventa años
después, la democracia española vuelve a estar el peligro y casi con los mismos
protagonistas.
Si la legalidad republicana se vio violentamente
alterada por la asonada, con Franco a la cabeza, de la extrema derecha en julio
de 1936, la legalidad de la democracia constitucional española acaba de ser
violentada por el golpe que en Madrid encabeza el Gobierno de extrema izquierda
que preside Pedro Sánchez. Vuelve recurrente el PSOE, el peor PSOE de
siempre, el de 1917, el de 1934, el de 1936, el PSOE de Negrín y el
golpe de Casado de marzo de 1939, el del silencio sepulcral durante
el franquismo.
Un golpe que el separatismo catalán ha logrado
extender al resto de España y que ha tomado forma con este Gobierno cuyo auténtico presidente se apellida Puigdemont,
ese personaje a quien Sánchez miraba el miércoles con humilde arrobo cuando,
desde el Parlamento Europeo, le advertía de los riesgos de no seguir sus
dictados. El golpe contra la legalidad constitucional española protagonizado
por Sánchez y sus socios se ha presentado esta semana ante las instituciones
europeas. Y son millones los españoles que, conscientes de la ausencia de
instrumentos legales –las lagunas de un ordenamiento que jamás pensó que se
pudiera atentar contra la legalidad desde la propia presidencia del Gobierno-
para frenar democráticamente esta deriva, se preguntan si Europa será esta vez
la solución, si las democracias europeas, al contrario de lo que hicieron con
la II República, serán capaces de salvar España de la deriva totalitaria a
la que Sánchez y su banda la dirigen.
“Desde primeros de agosto [de 1936], Francia y Gran
Bretaña habían acordado no enviar armas a España, de manera que el Gobierno
legítimamente constituido de la República no solamente no recibía armas, sino
que ni siquiera podía comprarlas. Aquello parecía un sálvese quien pueda de las
democracias europeas, dispuestas a suspender los principios mismos del derecho
internacional con tal de no enfrentarse a las potencias del Eje (…) España
primero, y después Austria, Checoslovaquia y Rumanía eran las piezas del dominó
que iban derrumbándose hasta que la propia Francia quedara ya como una
democracia aislada dentro de una Europa fascista. Quizá no hiciera falta atacar
a Francia…” (Pag 182).
Una
Ucrania derrotada y una España partida serían los ganchos de carnicero en los
que Europa colgaría sin remisión su malhadado destino
Una Ucrania derrotada y una España partida serían los
ganchos de carnicero en los que Europa colgaría sin remisión su malhadado
destino. Son muchos los que sostienen que el sujeto ha cometido esta semana,
pecado de soberbia, el error más importante de sus cinco años y medio como
presidente. Como en la historieta de aquel hijo tonto de familia bien a quien
hicieron ministro en Madrid, hasta ahora solo en España conocíamos las
habilidades del personaje, su capacidad parta mentir, faltar a la palabra dada
y vulnerar con total desahogo cualquier tipo de regla o convención. Ahora ya las conocen en toda Europa. Su enfrentamiento con el presidente del PPE, Manfred
Weber, la arrogancia que exhibe en esa retirada entre abucheos mientras su
interlocutor estaba en el uso de la palabra, no le saldrá gratis.
Creíamos conocerlo todo, pero estábamos equivocados.
Sus andanzas por las instituciones comunitarias han añadido, a mi parecer,
perfiles nuevos al inquietante retrato de un tipo con aparentes problemas
psicológicos para comportarse como lo haría un demócrata a carta cabal. Unos
rasgos nuevos y muy peligrosos cara al futuro. El comportamiento de un autócrata que no tolera
que le lleven la contraria en público. El perfil de un enemigo de la
democracia. Y son muchos los que desde hace tiempo vienen sosteniendo que lo
que está ocurriendo en España difícilmente se solucionará por medios pacíficos,
difícilmente se saldará con soluciones democráticas. ¿Está Sánchez dispuesto,
en su determinación de marginar a medio país, de situar a la derecha
democrática extramuros de la política, a estirar la cuerda hasta el punto de
llegar de nuevo al enfrentamiento civil?.
“Naturalmente aquel baño de sangre que se estaba
produciendo en Madrid en el verano de 1936 tenía mucho que ver con lo que
estaba sucediendo en el otro bando”, escribe Buckley en la pag. 180 de su
libro. “Cada día llegaban al depósito de cadáveres entre 30 y 100 cuerpos (…)
Los asesinatos en los primeros meses de la guerra rondarían la cifra de diez
mil solamente en la capital de España, lo cual ya me parece una auténtica
barbaridad (…) Los cadáveres aparecían cada mañana en dos lugares muy
localizados: la pradera de San Isidro y la Casa de Campo” (…) Y la pregunta que
nos hacíamos aquellos días en Madrid [los corresponsales extranjeros] era por
qué el Gobierno no paraba aquella masacre”. ¿Se mantendrían las democracias
europeas al margen del conflicto español, o pondrían pies en pared
contribuyendo a desenmascarar a nuestro pequeño sátrapa? Vuelve Buckley: “Le
susurré al oído a Ilya Ehrenburg que estaba a mi lado: “Esto parece
una tumba”. “Lo es –me respondió-. Es la tumba de la democracia, pero no solo
la española, sino la de toda Europa” (Pag. 320).
¿Está
Sánchez dispuesto, en su determinación de marginar a medio país, de situar a la
derecha democrática extramuros de la política, a estirar la cuerda hasta el
punto de llegar de nuevo al enfrentamiento civil?
Junto a esos rasgos de enajenado –la torva mirada que dirige al eurodiputado portugués Paulo Rangel (PSD) cuando en Estrasburgo manifiesta su preocupación “por la situación del Estado de Derecho en España”-, la pobreza intrínseca de un personaje menor, desprovisto de cualquier altura intelectual o moral, un aventurero de la política, un Tempranillo, un buscavidas salido de la novela picaresca, un “pichafuera” convencido de arrasar por donde pasa, un tipo sin principios presidiendo a tipos sin memoria, pero, a fin de cuentas, un pobre hombre en manos de un prófugo de la Justicia, el auténtico presidente, dependencia que le obliga, a él y a toda su tropa aplaudidora, a callar vergonzantemente ante los ataques en sede parlamentaria del separatismo por el tema Pegasus, y a seguir callando, más grave aún, cuando Miriam Nogueras, la dóberman del de Waterloo, amenaza a jueces y periodistas y los cita por su nombre desde la tribuna del Congreso. Nunca tan pocos avergonzaron a tantos.
Muy valiente tampoco es nuestro Lenine,
largo como Largo y mediocre como Caballero, con hechuras de torerillo macarra.
“Largo Caballero era, en teoría, un marxista que creía en la lucha de
clases y en el triunfo del proletariado. Pero en la práctica no pasaba de ser
un líder sindical. Su vida había discurrido entre los despachos de los
sindicatos y las cárceles donde a menudo había ido a parar” (…) Naturalmente,
si Largo hubiera sido más listo, habría buscado una alianza con aquella nueva y
poderosa fuerza política (el PCE) (…) Apodado el Lenin español por
las masas de trabajadores, tan eficaz como líder sindical, Largo había
resultado ser un ministro de la Guerra bastante mediocre” (Pag 209).
No conviene hacerse ilusiones. Asediada por problemas
de todo tipo en casi todos los frentes, entre la espada y la pared por asuntos
tan aparentemente irresolubles como la inmigración,
el proyecto europeo atraviesa uno de sus momentos más bajos. Ayuna de
auténticos liderazgos, nadie hará nada en Bruselas, al margen de buenas
palabras, por la suerte de España que no sean capaces de hacer los propios
españoles. Parodiando el evangelio de Mateo, “quien quiera salvar su vida,
la perderá; quien quiera arriesgar la suya, la salvará”. Merece la pena luchar
por un país mejor, en el que quepamos todos. Por eso es tan importante lo que
sea capaz de hacer el Partido Popular, cuya responsabilidad en lo que hoy
sucede en España es casi tan grande como la del PSOE.
Con reflexión al margen: es difícil saber si el
argentino Milei podrá obrar el milagro de sacar a su país del foso
donde la mafia peronista la tiene secuestrada, pero el nuevo presidente fue
capaz en su discurso de toma de posesión de decirle la verdad a los argentinos y tratarlos como
a adultos. Algo que no solo no hizo el pertinaz Rajoy,
sino que fue más allá: los engañó, nos engañó, nos estafó. Obligado a dar
alguna vez alguna satisfacción a la España urbana de clase media que aspira a
soluciones liberales capaces de cambiar el rumbo imprimido por la extrema
izquierda socialista, el PP tiene contraída una deuda moral con España y los
españoles de enormes dimensiones.
Feijóo parece caminar en la buena dirección, pero
no me haré ilusiones. Muchos años de muchas buenas intenciones traicionadas.
“Se puede abandonar a un pueblo a su suerte, como habían hecho Francia e
Inglaterra con España, pero lo que no se puede hacer es pisotear su honor y su
dignidad, precisamente aquello que más valoraba el pueblo español”, termina
Buckley (Pag. 324). Pisotear el honor y la dignidad de los españoles es
justamente lo que Sánchez lleva haciendo con España y los españoles desde junio
de 2018.
Jesús Cacho – Vozpopuli - 17
Diciembre 2023
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