Cuando miro atrás sobre cómo hemos llegado a que una democracia ejemplar de cuarenta años en uno de los países con más larga historia en Europa se vea contra las cuerdas acorralada por antipatriotas, me llevan los diablos por la podredumbre moral de una clase política capaz de manipular y sobornar con tal de mantenerse en el poder aunque sea con respiración asistida. De esa panda de charlatanes, fanáticos, catetos y a veces ladrones —con corbata o sin ella—, dueña de una España estupefacta, acomplejada o cómplice. De una feria de mangantes que las nuevas formaciones políticas no regeneran, sino alientan.
El disparate catalán tiene como autor principal a esa clase dirigente catalana de toda la vida, alta burguesía cuya arrogante ansia de lucro e impunidad abrieron, de tanto forzarla, la caja de los truenos. Pero no están solos.
Por
la tapa se coló el interés de los empresarios cobardes y cómplices, así como
esa demagogia oportunista, encarnada por los Rufiancitos de turno, aliada para
la ocasión con el fanatismo más analfabeto, intransigente, agresivo e
incontrolable con esa pinza siniestra de chantaje social y emocional facilitado
por la dejación que el Estado español ha hecho de sus obligaciones —cualquier
acto de legítima autoridad democrática y defensa de los valores nacionales se
considera por intoxicación un acto fascista—, crece y se educa desde hace años
a una sociedad joven de Cataluña, con sesgos de intolerancia visceral con
efectos dramáticos e irreversibles, a corto y medio plazo. En esa fábrica de
desprecio, cuando no de odio fanático, a todo cuanto se relaciona con la
palabra España.
Pero
ojo. Si esas responsabilidades corresponden a la sociedad catalana, el resto de
España es tan culpable como ella. Lo fueron quienes, aun conscientes de dónde
estaban los más peligrosos cánceres históricos españoles, trocearon en
diecisiete porciones competencias fundamentales como la educación y las fuerzas
de seguridad del estado.
Lo
es esa izquierda insensata que ha pervertido al pueblo para que la bandera y la
palabra España parezcan propiedad exclusiva de la derecha, y lo es la derecha
que no vaciló en atribuirse como exclusivos tales símbolos en sus turbios
negocios. Lo son los presidentes desde González a Rajoy, sin excepción, que
durante tres décadas permitieron que el nacionalismo despreciara, primero, e
insultara, luego, los símbolos del Estado, convirtiendo en apestados a quienes
con toda legitimidad los defendían por creer en ellos. Son culpables los
ministros de Educación y los políticos que permitieron la tóxica falsedad en
los libros de texto formando generaciones en el desprecio para un futuro de
enfrentamiento. Es responsable la Real Academia Española, que para no meterse
en problemas negó ayuda a los profesores, empresarios y padres de familia que
acudían a ella denunciando chantajes lingüísticos.
Es
responsable un país que permite que grupos de miserables silben a su himno
nacional y a su rey, escupan y quemen nuestra bandera que simboliza la unidad
entre todos.
Son
responsables los periodistas y tertulianos que ahora despiertan indignados tras
mirar para otro lado durante décadas, mientras a sus compañeros los
llamaban exagerados y alarmistas.
Porque
no les quepa duda: culpables somos ustedes y yo, que ahora exigimos sentido
común a una sociedad civil catalana a la que dejamos indefensa en manos de
manipuladores, sinvergüenzas y delincuentes. Una sociedad que, en buena parte,
no ha tenido otra que agachar la cabeza y permitir que sus hijos se camuflen
con el paisaje para sobrevivir. Unos españoles desvalidos a quienes ahora
exigimos, desde lejos, la heroicidad de que se mantengan firmes, cuando hemos
permitido que los aplasten, humillen y silencien.
Por
eso, pase lo que pase, el daño es casi irreparable y el mal de la codicia sin
escrúpulos, ni principios es cancerígeno, pues todos somos culpables. Por
estúpidos, por indiferentes, por cobardes.
Arturo
Pérez Reverte
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