Escrache fue la palabra del año 2013. Como una Miss o un
coche. La Fundación de Española Urgente (Fundéu), que busca siempre con ánimo
juvenil los nuevos términos que van apareciendo en el ideario mental
etimológico de nuestra vivaz y cambiante sociedad, así lo decidió hace ya más
de dos años.
Viene del argentino. Escrachar: romper, destruir,
aplastar. O también fotografiar a una persona. Alude "a las
manifestaciones convocadas frente a los domicilios de políticos y otros
personajes públicos", aunque también se acepta como barco si los
manifestantes se encuentran a su víctima despistada por la calle.
Hasta aquí la acepción seca. Luego vienen las
definiciones filosófico-políticas y poéticas. Pablo Iglesias los definía
entonces como "un mecanismo democrático para que los responsables de la
crisis sientan una mínima parte de sus consecuencias". La alcaldesa de
Madrid, Manuela Carmena, cuando no lo era, sostenía que son "protestas
necesarias, que indican la vitalidad de una sociedad que se defiende ante una
situación injusta (...) son ejercicios de algo que es todavía mucho más hermoso,
la solidaridad". Su homóloga barcelonesa, Ada Colau, los definía como una
actividad "profundamente democrática".
Aquello era antes, y ninguno de los mencionados arriba
tenían los importantes puestos de responsabilidad que ahora desempeñan. Eran
otros tiempos. La casta campaba a sus anchas por los pasillos políticos y la
influencia del activismo era "inofensivo" institucionalmente. La
Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), cuna política de Colau, fueron
los primeros en desarrollar los escraches con vigor y periodicidad. En
respuesta a los desahucios, frecuentaban los hogares de políticos para que
probaran su propia medicina. Luego los escraches fueron evolucionando, y
desembocaron en una causa más general. Colau celebró en 2013 el "éxito total"
de un escrache a la política popular Maria Ángeles Esteller, "que acumula
cargo de concejala [en el Ayuntamiento de Barcelona] y de diputada en el
Congreso". Cristina Cifuentes vivió un escrache cuando era delegada del
Gobierno en Madrid, en 2014, y Rosa Díez, la exlíder de UPyD, también, en la
Complutense, donde estaba Pablo Iglesias.
Todo eso ocurría sin embargo cuando los activistas eran
activistas, porque posteriormente fueron ocupando otras carteras políticas,
como eurodiputados, ediles, consejeros y diputados, a medida que iban pasando
las elecciones del Cambio. La urgencia social daba paso a otras prioridades que
había que compaginar. La sociedad cambiaba, la política cambiaba, y asimismo
cambiaba nuestro vocabulario y sus definiciones.
Y el escrache también ha mudado de piel, y poco a poco se
va tornando equivocado, inoportuno, erróneo y agresivo. Hasta culminar una
nueva esencia esta semana, cuando el concejal de Seguridad del Ayuntamiento de
Madrid, Javier Barbero, sufrió un escrache de policías municipales que
protestaban por la disolución de una unidad de antidisturbios por parte del
consistorio de Carmena. Barbero, que había participado anteriormente en varios
escraches, sostiene que esto "no es un escrache", sino un
"acoso" y un "ataque a una persona que representa una
institución," afirma (sin darse cuenta de que está ofreciendo otra
perfecta definición para el término escrache). Y luego remata: "Los
escraches se hacen cuando no hay espacios de interlocución. Hay diálogo con
sindicatos. Esto no ha sido un escrache". Pablo Iglesias advierte de que
"hay que distinguir entre la libertad de expresión y las situaciones que
puedan vulnerar la integridad física".
Y así
vamos llegando a un punto en que quienes se muestran ahora ofendidos por las
criaturas que ellos espolearon, van moldeando el lenguaje hasta el punto de que
el escrache, palabra del año 2013, ha sido vaciado de sus acepciones
originales: ahora, desde los despachos institucionales significa otra cosa y es
malo, porque ahora hay espacios de diálogo: y se llaman Vicepresidencias del
Gobierno
No hay comentarios:
Publicar un comentario