viernes, 19 de febrero de 2016

Escrache/acoso: donde las dan, las toman.

Escrache fue la palabra del año 2013. Como una Miss o un coche. La Fundación de Española Urgente (Fundéu), que busca siempre con ánimo juvenil los nuevos términos que van apareciendo en el ideario mental etimológico de nuestra vivaz y cambiante sociedad, así lo decidió hace ya más de dos años.
Viene del argentino. Escrachar: romper, destruir, aplastar. O también fotografiar a una persona. Alude "a las manifestaciones convocadas frente a los domicilios de políticos y otros personajes públicos", aunque también se acepta como barco si los manifestantes se encuentran a su víctima despistada por la calle.
Hasta aquí la acepción seca. Luego vienen las definiciones filosófico-políticas y poéticas. Pablo Iglesias los definía entonces como "un mecanismo democrático para que los responsables de la crisis sientan una mínima parte de sus consecuencias". La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, cuando no lo era, sostenía que son "protestas necesarias, que indican la vitalidad de una sociedad que se defiende ante una situación injusta (...) son ejercicios de algo que es todavía mucho más hermoso, la solidaridad". Su homóloga barcelonesa, Ada Colau, los definía como una actividad "profundamente democrática".
Aquello era antes, y ninguno de los mencionados arriba tenían los importantes puestos de responsabilidad que ahora desempeñan. Eran otros tiempos. La casta campaba a sus anchas por los pasillos políticos y la influencia del activismo era "inofensivo" institucionalmente. La Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), cuna política de Colau, fueron los primeros en desarrollar los escraches con vigor y periodicidad. En respuesta a los desahucios, frecuentaban los hogares de políticos para que probaran su propia medicina. Luego los escraches fueron evolucionando, y desembocaron en una causa más general. Colau celebró en 2013 el "éxito total" de un escrache a la política popular Maria Ángeles Esteller, "que acumula cargo de concejala [en el Ayuntamiento de Barcelona] y de diputada en el Congreso". Cristina Cifuentes vivió un escrache cuando era delegada del Gobierno en Madrid, en 2014, y Rosa Díez, la exlíder de UPyD, también, en la Complutense, donde estaba Pablo Iglesias.
Todo eso ocurría sin embargo cuando los activistas eran activistas, porque posteriormente fueron ocupando otras carteras políticas, como eurodiputados, ediles, consejeros y diputados, a medida que iban pasando las elecciones del Cambio. La urgencia social daba paso a otras prioridades que había que compaginar. La sociedad cambiaba, la política cambiaba, y asimismo cambiaba nuestro vocabulario y sus definiciones.
Y el escrache también ha mudado de piel, y poco a poco se va tornando equivocado, inoportuno, erróneo y agresivo. Hasta culminar una nueva esencia esta semana, cuando el concejal de Seguridad del Ayuntamiento de Madrid, Javier Barbero, sufrió un escrache de policías municipales que protestaban por la disolución de una unidad de antidisturbios por parte del consistorio de Carmena. Barbero, que había participado anteriormente en varios escraches, sostiene que esto "no es un escrache", sino un "acoso" y un "ataque a una persona que representa una institución," afirma (sin darse cuenta de que está ofreciendo otra perfecta definición para el término escrache). Y luego remata: "Los escraches se hacen cuando no hay espacios de interlocución. Hay diálogo con sindicatos. Esto no ha sido un escrache". Pablo Iglesias advierte de que "hay que distinguir entre la libertad de expresión y las situaciones que puedan vulnerar la integridad física".
Y así vamos llegando a un punto en que quienes se muestran ahora ofendidos por las criaturas que ellos espolearon, van moldeando el lenguaje hasta el punto de que el escrache, palabra del año 2013, ha sido vaciado de sus acepciones originales: ahora, desde los despachos institucionales significa otra cosa y es malo, porque ahora hay espacios de diálogo: y se llaman Vicepresidencias del Gobierno

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