Ir con una mujer de compras, en la mayoría de los casos y quitando contadas excepciones, ¡es sencillamente fascinante!
Para comprar un jersey, por ejemplo, ellas tienen que visitar tres o cuatro tiendas y probarse no menos de seis antes de comprarlo, si finalmente lo compran, porque en muchas ocasiones, aunque han ido a comprarse un jersey, terminan comprando unos zapatos ¡super ideales! Que estaban muy bien de precio y que les conjunta fenomenal con no sé que pantalones y chaqueta.
El hombre, por lo general no , el hombre primero tiene que decidirse a comprar un jersey, porque tiene dos y ¿para qué quiere más sin uno es marrón y el otro azul y cada uno le conjunta con el resto de su ropa?
Una vez tomada la decisión y teniendo muy claro el color que quiere, se va a una tienda donde haya jerseys, a ser posible unos grandes almacenes que ahí sabe que los habrá, mira el precio, y si es razonable se lo prueba, y si le queda bien de hechura y tamaño, lo paga y no se complica más.
Para que se va a complicar, ha perdido el menor tiempo posible, ha cumplido su objetivo, y cuando llega a casa lo único que se plantea es si lo podía haber comprado más barato en otro sitio, pero no como las mujeres que encima de haber estado toda una tarde entera para comprárselo, al llegar a casa dudan de si era el color y tela que querían, o como se diga para un jersey.
El problema llega cuando la mujer se empeña en que tiene que acompañar al hombre, ya sea marido o pareja, a comprar su ropa porque él siempre se equivoca, y la ropa que compra ni le conjunta la ropa que tiene, ni le queda bien.
Esa ya es otra historia, y la duración de la compra dependerá de la docilidad del marido y/o de la tozudez de la mujer.
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