jueves, 13 de marzo de 2025

La edad de oro de la propaganda

La Edad de Oro de la propaganda que estamos viviendo facilita la creación y propagación de histerias colectivas —como lo fue la pandemia. ¿Estamos ante una de ellas con la guerra de Ucrania?

El primer indicio de una histeria colectiva es una antinatural unanimidad de opiniones consecuencia de un previo bombardeo mediático destinado a ablandar los sesos y encender los ánimos. Todo el mundo piensa igual, lo que suele indicar que nadie está pensando en absoluto.

El segundo indicio es un maniqueísmo simplista que presenta todo como una lucha entre buenos (nosotros) y malos (ellos). Irónicamente, los yonquis del poder, campeones del relativismo, no dudan en apelar al bien y al mal ―conceptos en los que no creen― con tal de que les sirva a sus propósitos.

El tercer indicio es una población manipulada presa de pasiones desbocadas (miedo e ira) que extinguen cualquier intento de apelar a la razón, a la serenidad o al diálogo. El pensamiento único se convierte en dogma y la heterodoxia no se tolera, lo que da lugar a sobrerreacciones emocionales ante cualquier opinión contraria. Las críticas argumentativas son sustituidas por críticas ad hominem (negacionista, quintacolumnista, etc.) y se justifica la falta de respeto o incluso la violencia —no necesariamente física— para acallar al disidente.

La histeria colectiva transforma al individuo racional en individuo-masa. El individuo racional piensa y pondera argumentos y se une a otros como decisión individual, por convencimiento. El individuo-masa, por el contrario, se mueve por impulsos y emociones primitivas y se funde con la masa en grupo, por simple contagio. El individuo racional muy raras veces es capaz de linchar a nadie; el individuo-masa es capaz de linchar al disidente entre gritos de júbilo.

La «conversación» en el Despacho Oval

Último acto. Escena primera. «No está usted en muy buena posición. No está ganando esta guerra. Está jugando con la vida de millones de personas. Está jugando con la Tercera Guerra Mundial».

Es difícil encontrar una sola mentira en esta frase que Trump le espetó al presidente ucraniano en el penoso espectáculo que protagonizaron en el Despacho Oval. En efecto, Zelensky lleva tres años intentando arrastrarnos a una Tercera Guerra Mundial, como cuando mintió al culpar a Rusia de disparar un misil cuyos restos cayeron sobre Polonia (territorio OTAN) matando a dos personas. El misil había sido disparado por los propios ucranianos.

Sin embargo, la reacción mediática a lo ocurrido en la Casa Blanca ha consistido fundamentalmente en echar espumarajos por la boca, actitud que no es muy útil para analizar la realidad. Así, el odio un poco enfermizo que nuestra clase periodística siente por Trump (y ahora también por Vance, tras su discurso en Múnich) le llevó a repetir la consigna oficial que tildaba el incidente de «encerrona»:

Sin embargo, dado que el encuentro fue televisado de principio a fin, sabemos que los hechos (y la lógica) no sustentan tal relato. A pesar de la actitud hosca y en ocasiones provocadora del ucraniano, los primeros cuarenta minutos de conversación en el Despacho Oval transcurrieron sin incidentes, y estaba programado un almuerzo privado entre los dos presidentes y la firma del acuerdo comercial en el ceremonial East Room, la sala más amplia de la Casa Blanca.

El desastre diplomático, por tanto, fue un error de Zelensky, que ha perdido el sentido de la realidad y perdió también los papeles: chulesco e impertinente, se dirigió con innecesaria hostilidad a Vance tras contestar éste a un periodista polaco que había que dar una oportunidad «a la diplomacia». Vance no se había dirigido a él, pero el desubicado presidente ucraniano se encaró con el vicepresidente, le tuteó con desdén («JD») mientras éste le trataba educadamente de «Sr. presidente», y luego entró en barrena con Trump, su anfitrión y financiador.

¿Qué le pasa a Europa?

Sin embargo, el incidente no pasa de ser una anécdota. Más relevante es el nerviosismo del contubernio político-periodístico europeo. La impostada «cumbre» en Reino Unido nos hace preguntarnos por qué Europa no ha tenido ni una sola iniciativa de paz en tres años de guerra, y escenifica lo que resumió acertadamente Orbán hace unas semanas: el mundo ha cambiado y la única que no se ha enterado aún es Europa. Se aproxima un baño de realidad.

¿No es extraño que una iniciativa de paz para Ucrania haya sido recibida en Europa con recelo e indignación? Sin duda, el carácter perdonavidas de Trump no le gana adeptos, pero Obama y Biden eran también enormemente arrogantes. ¿Por qué surge entonces este visceral rechazo? ¿Acaso no es preferible la paz a la guerra? ¿No vale más un mal arreglo que un buen pleito? ¿O es que vamos a gritar ¡victoria o muerte!, como hacen los periodistas y políticos europeos con la ligereza de quien ni va al frente ni envía a sus hijos a morir?

«Es mejor y más seguro una paz cierta que una victoria esperada», escribía Tito Livio hace 2.000 años. Pero es que Ucrania no tiene esperanza alguna de victoria: la alternativa a la paz es una mayor pérdida de territorio y de vidas humanas y el potencial retorno a la no-existencia que ha sido la norma de este país a lo largo de su breve historia.

Quizá Europa se haya creído su propia propaganda, aunque sus dirigentes digan una cosa en público y otra muy distinta en privado; o quizá le moleste su creciente irrelevancia, pues, como he defendido desde un principio, los dos actores principales de este conflicto siempre fueron Rusia y EEUU, mientras que Ucrania y la UE eran sólo actores secundarios o meras comparsas.

En cualquier caso, algo nos pasa. Trump es mucho más popular en su país que en Europa. A Zelensky le pasa al revés: es mucho más popular en Europa que en su propio país. Por lo tanto, o los ciudadanos de esos países no se enteran de nada o somos los europeos los que no nos enteramos. ¿No estaremos de nuevo cegados por una histeria colectiva que impide un análisis racional de los hechos?

La excesiva canonización de Zelensky

En el resto del mundo Zelensky carece de la aureola que le rodea en Europa. Estéticamente, el presidente ucraniano fue siempre una cuidada construcción publicitaria ―uniforme verde/negro, corte de pelo militar y barba de tres días―, pero ya es algo más: un líder mesiánico y bunkerizado que «se engaña a sí mismo», como reconoció uno de sus colaboradores a la revista Time hace un tiempo. «No nos quedan opciones, no estamos ganando, pero intente usted decírselo», se lamentaba el frustrado ayudante del presidente ucraniano[2].

Decía Kissinger que el poder es el afrodisíaco supremo. Deslumbrado por los focos, Zelensky nunca comprendió que estaba siendo utilizado por el Deep State de Biden ni parece haber comprendido que en EEUU se ha producido un cambio de régimen: el Deep State que lo aupó perdió las elecciones frente a Trump (como pronostiqué que ocurriría), y Trump quiere la paz.

Por lo tanto, por mucho que simpaticemos con la heroica resistencia del pueblo ucraniano, resulta difícil comprender la canonización de un yonqui del poder (otro más, como los de Moscú, Washington o Bruselas) que ha arrastrado a su país a la destrucción con una guerra perdida de antemano contra un adversario implacable que no podía perder.

Los medios también ocultan que el presidente ucraniano es un líder autoritario. En efecto, «con la excusa de la guerra» (en acertada expresión de la revista Newsweek) ha practicado una clara política represiva, cerrando medios de comunicación hostiles y encerrando, persiguiendo judicialmente o sacando del país a sus opositores. Hace un año destituyó (¡en mitad de una guerra!) al competente general Zaluhzny enviándole de embajador a Londres porque en las encuestas Zaluzhny obtenía un 41% de apoyo popular frente al magro 24% que obtenía él. Como apunta Newsweek, resulta muy dudoso que la Ucrania de Zelensky pueda hoy considerarse una democracia.

Una paz poco deseada

¿Desea el presidente ucraniano la paz? En 2022 aprobó un decreto prohibiendo las negociaciones con Putin, es decir, convirtiendo en delito buscar la paz[6]. ¿No es un poco extraño? No podemos obviar que Zelensky tiene un incentivo perverso para mantener su belicismo: mientras dure la guerra y la ley marcial, no tiene que convocar elecciones, puede seguir con sus giras de vanidad internacionales y controla los dineros de uno de los países más corruptos del mundo, pero cuando haya paz y se convoquen elecciones, las perderá, y el negocio se acabó.

Existe, por tanto, un potencial conflicto de interés entre el presidente de Ucrania y sus ciudadanos, pues el primero no tiene prisa por alcanzar la paz, pero los ucranianos sí, a pesar de los odios generados durante esta cruenta guerra. Contrariamente a lo que insinuó Zelensky en la Casa Blanca, el 52% quiere negociar el final del conflicto y está dispuesto a hacer concesiones territoriales para lograrlo. Sólo un 38% quiere continuar luchando, porcentaje que baja cada mes que pasa.

Resulta curioso que el otro día el presidente ucraniano basara su negativa a negociar la paz en que Putin supuestamente no respeta los acuerdos que firma. Trump se lo rebatió, basándose en su experiencia con el autócrata ruso en su primer mandato. Bill Clinton estaba de acuerdo con Trump: preguntado en 2013 si se podía confiar en Putin, Clinton respondía: «Cumplió su palabra en todos los acuerdos a los que llegamos».

Las ventajas del análisis racional

Como he tenido ocasión de argumentar en muchos artículos, la propaganda occidental, transmitida al pie de la letra por el contubernio político-periodístico europeo, ha construido un relato falaz sobre las causas últimas y el desarrollo de la guerra. Según dicho relato, nos encontraríamos ante una lucha entre buenos y malos, entre ideales de democracia y tiranía, y la invasión rusa habría salido de la nada («agresión no provocada», es el mantra) como preludio de una nueva invasión de Europa, a pesar de que desde 1991 las fronteras de Rusia no se han movido un ápice (no así las de la OTAN).

Todo esto son paparruchas, pero en España han encontrado especial eco debido a nuestra nobleza, que admira la valentía y defiende al débil frente al fuerte. Así, una guerra en un país que muy pocos españoles sabían situar en un mapa hace tres años ha levantado una quijotesca reacción antirrusa muy distanciada de lo que un análisis más sosegado de los datos invitaría a tener y, desde luego, muy lejos de lo que conviene a nuestros intereses nacionales.

El camino es otro. Para lograr una comprensión de la realidad y una cierta capacidad de previsión de los acontecimientos debemos sustituir esta volcánica erupción emocional por un análisis racional y lógico. Condición necesaria, desde luego, es llevar una dieta estricta de prensa: leer poco y no creerse nada.

Así, para el afortunado no-lector de prensa, los datos y la lógica permitían desde un principio comprender que no estábamos ante un conflicto entre Rusia (Goliat) y Ucrania (David), sino ante un conflicto indirecto entre EEUU y Rusia provocado por EEUU, en el que Ucrania ponía los muertos y Europa el suicidio económico (y geopolítico). Mientras los medios hacían creer que Ucrania iba ganando la guerra, este blog informaba de la realidad, esto es, que para Ucrania la guerra estaba inevitablemente perdida desde un principio, y criticaba la futilidad del envío de armas y carros de combate occidentales, que, lejos de ser armas milagrosas, sólo lograrían posponer lo inevitable.

Aunque la habitual niebla informativa dificulte conocer con precisión las bajas de los contendientes, el orden de magnitud de las bajas ucranianas se situaría hoy entre 750.000 y 900.000 hombres frente a un mínimo de 150.000 bajas rusas. Estos datos deben tomarse con cautela, pero la proporción es inversa a la que predican los medios. Como indicador indirecto, en los intercambios de cadáveres los rusos están entregando entre 5 y 10 veces más cuerpos de soldados ucranianos muertos que los cuerpos de rusos entregados por aquéllos.

Un análisis ecuánime de la realidad, por ejemplo, nos permitió comprender que uno de los objetivos de EEUU en este conflicto era descarrilar el proyecto del gaseoducto Nord Stream 2, como defendió este blog cinco meses antes de que los norteamericanos (solos o en compañía de otros) presuntamente lo sabotearan, y prever el colosal fracaso de la contraofensiva ucraniana de verano de 2023, jaleada por unos medios que cantaron victoria prematuramente mientras empujaban a los ucranianos a la muerte.

En conclusión, un análisis sereno y emocionalmente distanciado de los hechos permite comprender la realidad, prever acontecimientos y desechar sinsentidos, como la extrema debilidad del ejército ruso (incompatible con su intención de conquistar Europa), el cáncer, Párkinson y desequilibrio mental por aislamiento covid de Putin, o la posibilidad de que Rusia usara armas químicas o nucleares, relatos que se ponen en circulación para ser retirados y olvidados en cuanto pierden su utilidad.

Los antecedentes

La propaganda se apoya frecuentemente en la falta de memoria de la población, por lo que conviene recordar algunos antecedentes del conflicto. Como decía Eurípides, «sencillo es el relato de la verdad, y no requiere de rebuscados comentarios».

La guerra en Ucrania no nació por generación espontánea, sino que ha sido el culmen de una constante política de provocación por parte de EEUU. Al terminar la Guerra Fría, EEUU prometió a Rusia que la OTAN no se expandiría «ni una pulgada» hacia su frontera, pero la OTAN incumplió su promesa: aprovechando la debilidad rusa, se fue ampliando hacia el Este, un «error fatídico», en palabras de George Kennan.

Para entonces la OTAN había abandonado su carácter meramente defensivo, como ha quedado patente en su agresiva participación en un conflicto de un país no miembro. De hecho, en 1999 había atacado Serbia, país aliado de Rusia, cuya capital bombardeó durante 78 días sin mandato de la ONU.

En 2007, Putin denunció la expansión de la OTAN en la Conferencia de Seguridad de Múnich. Una vez más, la respuesta norteamericana fue ignorar y provocar a Rusia: en su cumbre de Bucarest del siguiente año (2008), la OTAN aprobó el proceso de anexión de Albania y Croacia y acordó la futura incorporación de Georgia y Ucrania.

Respecto de Ucrania, EEUU sabía por su embajador en Rusia (más tarde director de la CIA) que su incorporación a la OTAN era «la más roja de las líneas rojas» no sólo para Putin, sino para toda la clase dirigente rusa: «Durante más de  dos años de conversaciones con las principales figuras políticas rusas, desde los mayores defensores de una línea dura en el Kremlin hasta los más acerbos críticos de Putin, no he encontrado a nadie que no considerara la pertenencia de Ucrania a la OTAN como un desafío directo a los intereses de Rusia».

En 2014, EEUU instigó un golpe de Estado en Ucrania que desalojó del poder a su entonces presidente, democráticamente elegido, que abogaba por una neutralidad amigable con Rusia. Ante esta política de hechos consumados, Rusia reaccionó por la vía de los hechos y se anexionó Crimea, que había pertenecido a Rusia desde finales del s. XVIII hasta 1954 (cuando Kruschev la regaló a Ucrania dentro de la propia URSS) y cuya importancia radica en que acoge desde hace 240 años la única base naval rusa de mares cálidos (Sebastopol). Lo hizo sin disparar un solo tiro, pues la población de la península de Crimea era claramente rusófila, como manifestó el posterior referéndum de adhesión a Rusia (a priori sospechoso, pero corroborado por encuestas occidentales).

Tras los turbios acontecimientos del 2014, Rusia y Ucrania firmaron los Acuerdos de Minsk, que pronto serían papel mojado. El tradicional victimismo ruso fue vindicado por el posterior reconocimiento por parte de la excanciller alemana Merkel de que los Acuerdos habían sido meras maniobras dilatorias de Occidente para dar tiempo a Ucrania a rearmarse para un futuro conflicto con Rusia.

A partir de 2014 la OTAN comenzó a armar y entrenar al ejército ucraniano en mitad de una guerra civil en el Donbas. Por lo tanto, la guerra en Ucrania no comenzó en 2022 sino en 2014, como reconoció el secretario general de la OTAN.

En junio de 2021, la OTAN declaró que «reiteraba la decisión tomada en 2008 de que Ucrania se convertirá en miembro de la Alianza».

En diciembre de 2021 Rusia presentó a la OTAN una propuesta de acuerdo de seguridad mutua que incluía la no incorporación de Ucrania a la organización, junto con otras propuestas más maximalistas. La propuesta-ultimátum fue rechazada con desdén por los EEUU de la Administración Deep State-Biden.

La invasión

Finalmente, en febrero de 2022 Rusia invadía Ucrania con un contingente de tropas relativamente escaso que a todas luces no estaba destinado a la conquista del país ni a un largo conflicto, sino a lograr una rápida capitulación: «el arte supremo de la guerra es someter al enemigo sin luchar» (Sun Tzu).

Durante unas semanas pareció que eso era precisamente lo que iba a ocurrir. Sin embargo, las negociaciones celebradas en Turquía en marzo del 2022 tras sólo un mes de hostilidades (que apuntaban a un acuerdo inminente) fueron torpedeadas por EEUU e Inglaterra, que levantaron a Ucrania de la mesa. Así lo aseguró el ex primer ministro de Israel y lo corroboró, como testigo de primera mano, el ministro de Asuntos Exteriores turco: «Tras la reunión de ministros de Asuntos Exteriores de la OTAN, la impresión es que (…) hay quienes, dentro de los Estados miembros de la OTAN, quieren que la guerra continúe: dejemos que la guerra continúe y que Rusia se debilite, dicen. No les importa mucho la situación en Ucrania».

Como escribí en junio de 2023, «hasta entonces el conflicto apenas había causado muertos, pero, para algunos, debilitar a Rusia bien valía sacrificar un país pobre y lejano del que nadie se acordaría cuando todo hubiera acabado, aunque fuera a costa de acabar con la vida de centenares de miles de personas».

Occidente provocó la guerra y debe propiciar la paz

Aunque la lectura de estos acontecimientos admita matices y Rusia diste mucho de ser una víctima angelical, esta sucesión de hechos tiene un hilo conductor: el belicismo y arrogancia del Deep State norteamericano y, en segundo plano, la obsesiva rusofobia inglesa.

Pero lo que resulta indiscutible es que, como han denunciado muchos expertos, esta guerra ha sido «evitable, predecible e intencionadamente provocada» por Occidente, en palabras del último embajador de EEUU en la URSS, y deliberadamente alargada. El pueblo ucraniano siempre fue un daño colateral aceptable para el Deep State norteamericano, pues en el gran tablero de ajedrez en el que juegan los yonquis del poder la vida humana es tan prescindible como un peón adelantado. Pero el Deep State perdió las elecciones frente a Trump, y éste está tratando de detener una matanza inútil.

De hecho, los ucranianos pronto serán olvidados por los mismos medios de comunicación que los empujaron al desastre, y dentro de un año, quizá dos, ni un solo medio occidental volverá a hablar de ellos. ¿Qué les quedará cuando los focos se apaguen? Nada, salvo el recuerdo de los muertos.

Fernando del Pino Calvo-Sotelo



martes, 25 de febrero de 2025

España es culpable

Cuando miro atrás sobre cómo hemos llegado a que una democracia ejemplar de cuarenta años en uno de los países con más larga historia en Europa se vea contra las cuerdas acorralada por antipatriotas, me llevan los diablos por la podredumbre moral de una clase política capaz de manipular y sobornar con tal de mantenerse en el poder aunque sea con respiración asistida. De esa panda de charlatanes, fanáticos, catetos y a veces ladrones —con corbata o sin ella—, dueña de una España estupefacta, acomplejada o cómplice. De una feria de mangantes que las nuevas formaciones políticas no regeneran, sino alientan.

El disparate catalán tiene como autor principal a esa clase dirigente catalana de toda la vida, alta burguesía cuya arrogante ansia de lucro e impunidad abrieron, de tanto forzarla, la caja de los truenos. Pero no están solos.


Por la tapa se coló el interés de los empresarios cobardes y cómplices, así como esa demagogia oportunista, encarnada por los Rufiancitos de turno, aliada para la ocasión con el fanatismo más analfabeto, intransigente, agresivo e incontrolable con esa pinza siniestra de chantaje social y emocional facilitado por la dejación que el Estado español ha hecho de sus obligaciones —cualquier acto de legítima autoridad democrática y defensa de los valores nacionales se considera por intoxicación un acto fascista—, crece y se educa desde hace años a una sociedad joven de Cataluña, con sesgos de intolerancia visceral con efectos dramáticos e irreversibles, a corto y medio plazo. En esa fábrica de desprecio, cuando no de odio fanático, a todo cuanto se relaciona con la palabra España.

 

Pero ojo. Si esas responsabilidades corresponden a la sociedad catalana, el resto de España es tan culpable como ella. Lo fueron quienes, aun conscientes de dónde estaban los más peligrosos cánceres históricos españoles, trocearon en diecisiete porciones competencias fundamentales como la educación y las fuerzas de seguridad del estado.

 

Lo es esa izquierda insensata que ha pervertido al pueblo para que la bandera y la palabra España parezcan propiedad exclusiva de la derecha, y lo es la derecha que no vaciló en atribuirse como exclusivos tales símbolos en sus turbios negocios. Lo son los presidentes desde González a Rajoy, sin excepción, que durante tres décadas permitieron que el nacionalismo despreciara, primero, e insultara, luego, los símbolos del Estado, convirtiendo en apestados a quienes con toda legitimidad los defendían por creer en ellos. Son culpables los ministros de Educación y los políticos que permitieron la tóxica falsedad en los libros de texto formando generaciones en el desprecio para un futuro de enfrentamiento. Es responsable la Real Academia Española, que para no meterse en problemas negó ayuda a los profesores, empresarios y padres de familia que acudían a ella denunciando chantajes lingüísticos. 

 

Es responsable un país que permite que grupos de miserables silben a su himno nacional y a su rey, escupan y quemen nuestra bandera que simboliza la unidad entre todos. 

 

Son responsables los periodistas y tertulianos que ahora despiertan indignados tras mirar para otro lado durante décadas, mientras a sus compañeros  los llamaban exagerados y alarmistas.

 

Porque no les quepa duda: culpables somos ustedes y yo, que ahora exigimos sentido común a una sociedad civil catalana a la que dejamos indefensa en manos de manipuladores, sinvergüenzas y delincuentes. Una sociedad que, en buena parte, no ha tenido otra que agachar la cabeza y permitir que sus hijos se camuflen con el paisaje para sobrevivir. Unos españoles desvalidos a quienes ahora exigimos, desde lejos, la heroicidad de que se mantengan firmes, cuando hemos permitido que los aplasten, humillen y silencien. 

 

Por eso, pase lo que pase, el daño es casi irreparable y el mal de la codicia sin escrúpulos, ni principios es cancerígeno, pues todos somos culpables. Por estúpidos, por indiferentes, por cobardes.


Arturo Pérez Reverte

jueves, 30 de enero de 2025

Vaselina, mucha vaselina.

Su Majestad Imperial Pedro I el Enamorado, líder del antifascismo universal y azote de Donald Trump, ha tenido a bien oír la voz de sus desgraciados súbditos y paliar el “dolor social” que nos había producido la congelación de las pensiones.

El asunto se ha arreglado donde se tenía que arreglar: concretamente en Suiza, que es la sede de la Soberanía Nacional. Allí, en alguna oscura covachuela de algún oscuro sótano de un edificio muy oscuro, con mediador incluido pero sin luz ni taquígrafos, un anormal con pinta de anormal, un loco con pelamen de fregona, un tipejo buscado por la Justicia, ha decidido la cantidad de dinero que los españoles jubilados habremos de cobrar, por fin, en el año 2025. Por el culo te la hinco.

Los hechos se han perpetrado de la siguiente manera: en Madrid, veintidós ministros del Reino de España (“¡veintidós… veintidós-veintidós-veintidós!”) hubieron de aguardar en una salita contigua a la sala del Consejo a la espera de la llamada del loco de Waterloo: un toquecito de móvil que les permitiera comenzar el Consejo de ministros para aprobar aquello que al anormal le haya salido del Nabucodonosor.

Dicen las malas lenguas que los veintidós ministros del Reino de España, cual soldados en formación de revista, mientras aguardaban obedientes las órdenes de Suiza, entretenían su ocio en tres actividades concretas: decir muchas veces “todos, todas y todes”, despotricar contra Franco y aplicarse vaselina donde la espalda pierde su nombre. Horroroso, lector. Horroroso. Un último balance en las farmacias de guardia muestra, en efecto, que el estocaje de vaselina ya está en las últimas.

Lo que ayer era imposible (que Sánchez troceara su decreto para hacerlo digerible) ha sido posible hoy. Misterios de la famélica legión. Tener al país en vilo por asuntos de pensiones era un precio razonable, pues de esa manera no hablamos de lo verdaderamente importante: de la amnistía a los golpistas, de la financiación privilegiada a Cataluña, de la pseudocatedrática Begoña, del hermano músico de Sánchez, de las mascarillas de Koldo, de los hidrocarburos de Aldama, de Jéssica la de Ábalos y del fiscal imputado.  

Nada tan eficaz para trocear un decreto que se proclamaba introceable como un chiflado en Suiza moviéndote la silla y retirándote el Falcon. Pero la bebida, en realidad, no ha sido tan amarga como se podría pensar: de los 87 apartados del decreto original… se han mantenido 26. Menos de un tercio. Un exultante Pedro Sánchez, en rueda de prensa celebrada tras el Consejo de ministros, ministras, ministres y ministrillos, lo ha expresado de la siguiente manera: <<en este nuevo decreto hemos podido mantener la mayor parte de los puntos anteriores>>. Porque como todo el mundo sabe, si dejas un tercio de lo que tenías, eso es la mayor parte.

Cagoentóloquesemenea y mitad del cuarto más.

Firmado:

Juan Manuel Jimenez Muñoz.

Catedrático de gilipolleces por la Universidad de Güisconsin (Albacete)

jueves, 23 de enero de 2025

David Sánchez: elogio de la pereza

Cuenta Pedro Sánchez en su autobiografía escrita por Irene Lozano, que una noche, mientras cenaban en familia, su hermano David anunció a sus padres y a él mismo su voluntad de dar un volantazo a su vida profesional y dedicarse por fin a su verdadera pasión: la música. Había terminado su carrera de Económicas y decidió que no le compensaba ese camino y debía ser fiel a sí mismo. “Se marchó a la aventura siguiendo su vocación, vivió allí ocho años, estudió composición y dirección de orquesta y regresó con una formación musical extraordinaria para dedicarse a ello toda su vida. Siempre me he sentido inspirado por su ejemplo, por esa llamada que sintió de forma tan intensa y por su valentía y acierto a seguirla. Siendo el pequeño me dio una lección de vida impresionante: Si deseas algo has de apostar por ello” escribe Irene en un párrafo tan inflamado que parece que en vez de ser la redactora a sueldo de Sánchez está refiriéndose a Von Karajan o a Celibidache . La verdad es que al margen de la épica, alguien debía haberle avisado que a los 24 años uno ya no está a tiempo de hacer carrera musical, no digo brillante, sino simplemente aseadita.

Jugando a Berstein en Badajo

Ocho años de estudios es lo que tiene cualquier canijo de 12 años al que aún llevan sus padres al conservatorio, y es imposible, incluso teniendo un talento sobrehumano que no es el caso, vivir de forma digna de la música clásica. Salvo, claro está, que ese hermano mayor que se enteró en la mesa familiar del cambio de rumbo acabe siendo presidente del Gobierno y dedique sus primeros esfuerzos en el ejercicio de sus responsabilidades a encontrar a su inspirador hermano pequeño un puestito cómodo y bien remunerado que le permita seguir jugando a ser Bernstein pero con red. Fue en Badajoz, donde los gerifaltes de la Diputación provincial corrieron a congraciarse con el amado líder creando para el hermanísimo un conveniente carguillo de coordinador de un solo conservatorio, a lo flauta de Bartolo pero en conservatorios. No luciría mucho la biografía conseguida en los futuros programas de mano de los conciertos del conectadísimo director pero menos da una piedra. Podría redactarse así, “David Azagra, nacido Sánchez. Ocho años de estudios en Rusia, coordinador de Conservatorio de la Diputación socialista de Badajoz, hermano del presidente del Gobierno socialista Pedro Sánchez”.  Hombre, no es lo que se escribiría de Kirill Petrenko Teodor Currentzis pero menos da una piedra. O pensándolo bien, y a tenor de las críticas recibididas, puede que no. Puede que una piedra dirigiendo una partitura diera más.

Veamos lo que escribió el crítico musical Ángel Guerra sobre su debut en el estrado dirigiendo la primera ópera con él en el cargo financiada con dinero público extremeño, el Elissire d’amore de Donizetti. Año 2019. “Y el epicentro de la catástrofe estuvo en el foso. Donde un incalificable director, sin noción alguna de los tempi de la obra, hacía aspavientos desde el podio a una orquesta amplificada que impedía oír a los cantantes, ni siquiera al coro se le puede escuchar en los fortísimos, porque para fortísimo… los de la orquesta en un y yo más incomprensible que fulminó la parte vocal de la obra”. Me duele hasta a mí.  Pero no se queda aquí la crítica de Guerra. Sigamos sufriendo.  “En el foso orquestal rugían sin control los metales y la percusión; las maderas estaban desmadradas mientras las cuerdas hacían lo que podían, con un sonido final más de banda que de orquesta”. Estoy dispuesta a pensar que no fue tan desastrosa, por lo menos para oídos menos refinados que los del crítico, o esa esperanza quiero albergar por el bien del público asistente.

Una pensaría que, teniendo en cuenta las capacidades demostradas, David Azagra nacido Sánchez habría agradecido la suerte de contar con un puesto de trabajo en el ámbito de su hobby mediante su plena dedicación al desempeño de sus funciones. Pero no fue así. Una brumosa baja de paternidad de cuatro meses con su correspondiente mes extra de lactancia, ausencias habituales hasta el punto de que su cara era desconocida para el resto de los trabajadores y una oportuna y desleal residencia en Portugal al objeto de tributar lo menos posible por sus emolumentos pagados con el dinero de todos. Emolumentos, por otra parte, que en ningún caso justificarían el abundante patrimonio que ha conseguido amasar en los últimos años, siempre durante el mandarinato de su hermano mayor, que casualidad más increíble.

David Azagra se mueve bien en la niebla de lo que pareciendo un enchufe sinfónico de la envergadura de Bruckner mantiene sin embargo una mínima verosimilitud que facilita la suspensión voluntaria del juicio crítico y permite poder defender la legalidad de su situación, pero le ha salido el gen Sánchez en el recurso que ha interpuesto ante la jueza Beatriz Viedma tras las últimas pesquisas de la UCO. En él llega a escribir, literalmente, que “el absentismo laboral no es delito” y que necesitaba ese tiempo para preparar futuras óperas.

Me imagino la cara de su señoría tras la lectura de semejante dislate. Ella, que habrá dedicado los mejores años de su juventud a estudiar diez horas diarias las oposiciones para juez sin tener un hermano poderoso que la coloque a dedo. No será delito, pero es de una sinvergonzonería sideral. Y más en un sector en el que la competencia entre profesionales extraordinarios de enorme talento y formación es salvaje. Azagra, nacido Sánchez, hace alarde de ser un gandul en un documento público dirigido a una jueza y considera que su mullido tránsito por la vida debemos seguir costeándoselo todos.

Resulta inverosímil que no se percate de lo infame de la afirmación, de que se antoja intolerable para el ciudadano de a pie educado en los valores del esfuerzo y el trabajo bien hecho. Una ceguera sideral que comparte con su hermano, porque todo se pega menos la hermosura. A lo mejor es verdad eso de que Pedro se sintió inspirado por David, como escribió Irene Lozano. Porque no todas las inspiraciones son buenas. También las hay objetivamente injustificables, le pese a quien le pese.

 

Ignacia De Pano

Vox Populi


jueves, 26 de diciembre de 2024

Que quiere el Gobierno ¿crear puestos de trabajo o destruir empresas?

 Antes de comenzar recordemos dos datos

  En España hay cerca de 3M de empresas, de ellas algo más de 5.000 tienen más de 250 empleados y 190 de más de 5.000.

  De todas las empresas el 53% no tiene empleados, y más de 1,45M tienen menos de 50 trabajadores

 Es decir, cuando hablamos de la empresa en España, hablamos del taller de Manolo o el bar de Luisa, más que de Inditex o del Banco Santander

 Enumeremos las medidas implantadas en estos últimos años:

 🔹 Incremento del salario mínimo un 47% desde 2017 a 2023

 🔹 Obligatoriedad de registro horario

 🔹 Obligatoriedad de planes de igualdad (más de 50 empleados)

 🔹 Diversos incrementos fiscales en impuestos directos e indirectos

 🔹 Ampliaciones de permisos laborales de diversa índole (paternidad, cuidados de hijos, reglas dolorosas, etc.)

 🔹 Obligatoriedad de canales de denuncias (más de 50 empleados)

 🔹 Eliminación de los contratos temporales y sustitución por los fijos discontinuos

 Y seguro que me olvido de alguna relevante.

 Enumeremos ahora las que vienen (si se aprueban).

 🔸 Jornada laboral 37,5 horas por decreto sin merma de salario (es decir, lo paga la empresa)

 🔸 Factura electrónica obligatoria

 🔸 Registro horario electrónico obligatorio y accesible por parte de Trabajo

 🔸 Informes de sostenibilidad (para empresas medianas)

 🔸 Subidas de cotizaciones sociales (las denominadas "cuotas de solidaridad" 🙄)

 (Cuando el año que viene veamos que las pensiones no son sostenibles 😯 más subidas de las cotizaciones sociales)

 🔸 Potencial endurecimiento de las condiciones de despido improcedente para convertirlo en disuasorio y que se adapte a las condiciones de cada trabajador.

 🔸 Informes de transparencia retributiva

 🔸 Auto bajas laborales 😲 (el trabajador se podrá conceder a si mismo una baja laboral de 3 días sólo con una declaración responsable)

 De los cambios para los autónomos ya mejor ni hablo.

 Ante esta hemorragia legislativa, yo me planteo.

 ¿Cuántas de estas medidas ayudan a la empresa a mejorar sus resultados?

 ¿Cuántas empresas pueden dedicar recursos humanos y materiales a implementar todas estas medidas?

 ¿Comprenden nuestros gobernantes cual es la estructura empresarial de nuestro país?

 ¿Comprenden que sin empresas no hay trabajo y sin beneficios empresariales no hay inversión y por tanto no se genera más trabajo?

 Y volviendo al principio del post

 🔺 ¿El objetivo de nuestro Gobierno es fomentar la actividad empresarial o hundirla?

Fuente desconocida. Internet

miércoles, 11 de diciembre de 2024

¿Cuándo explotará?

Situación desesperada, casi terminal, la de un Gobierno y un partido que cerró en Sevilla su congreso norcoreano de exaltación al gran líder

Cuenta alguien muy cercano al presidente del Gobierno, muy de su cuerda, que “Pedro está convencido de que los jueces quieren meterle en la cárcel, quieren procesarle, sentarle en el banquillo”, y que ese miedo, poderoso bloqueador neuronal, está detrás de muchas de sus últimas decisiones, algunas contradictorias y otras francamente contraproducentes. Y, tan cerca como el fin de semana pasado, ese amigo se atrevió a decirle que el desafío que lanzó a la judicatura la noche misma del 23 de julio del 23, cuando, obligado a encajar los siete escaños de Junts en su Gobierno Frankenstein, dio a luz el proyecto de amnistía que, además de hacer añicos el ordenamiento constitucional, colocaba a la magistratura en una posición imposible, fue un error que seguramente terminará por sentarlo en el banquillo. Es la venganza de unos jueces que se han negado a aplicar esa amnistía y a los que Pedro viene acusando de reaccionarios, fachas, lawfare y demás epítetos. El ataque frontal al tercer poder del Estado ha tenido la virtud de unir, cohesionar a la judicatura, porque Pedro ha confundido el mangoneo de los partidos del turno en el CGPJ y el Tribunal Constitucional -cuyos nombramientos conchavean- con el resto de la profesión, y desconoce que, antes que de derechas o de izquierdas, los miembros de la carrera judicial se consideran por encima de todo jueces. Jueces y/o fiscales comprometidos con la aplicación de la ley, que no están dispuestos a dejarlo escapar vivo como aviso a navegantes, de modo que ningún futuro aspirante a Fraudillo pueda apoderarse del Estado para intentar acabar con el Estado y con esa hermosa cualidad que durante décadas distinguió a los españoles como ciudadanos libres e iguales.

Situación desesperada, casi terminal, la de un Gobierno y un partido que ese domingo cerró en Sevilla su congreso norcoreano de exaltación al gran líder, las manos hinchadas de tanto aplaudir. Total cierre de filas porque, como decía Franco, “vienen a por nosotros”. Ni asomo de autocrítica. Sevilla convertida en el «Fort Apache» socialista, con los delegados encerrados tras la empalizada aguantando la embestida. Hablamos de un Gobierno que delinque para atacar a una rival política. “Es Ayuso la que debe dar explicaciones”. Ayuso les vuelve tarumbas. Un Gobierno obsesionado con Ayuso y entregado al latrocinio ante la mirada indiferente o complacida de la mitad de la población. Lo dijo Bastiat: “cuando el saqueo se convierte en una forma de vida para un grupo de hombres en el poder, con el paso del tiempo se crea un sistema legal que lo autoriza y un código moral que lo glorifica”. Pero, ¿hasta cuándo puede aguantar esto? Seguramente hasta que los tiempos judiciales dicten sentencia, porque los socios de Sánchez nunca pondrán en peligro el filón que para ellos supone tenerlo en Moncloa. Pedro es hoy un hombre más que nunca en manos de Junts y PNV, enemigos declarados de España, volcados en la máxima del “del cuanto peor, mejor”. Cuanto peor para España, mejor para ellos. Los Aitor, sangre burgalesa corriendo por sus venas, viven en el mejor de los mundos. Jamás pudieron imaginar chollo semejante, un presidente al que sacan los higadillos mientras degradan las instituciones hasta convertir España en un Estado fallido. Nunca renunciarán de buen grado a tan espléndido regalo, ni siquiera con la corrupción Sanchista rozando ya también la comisura de sus labios marchitos. Ahí estaba el gran Aitor, un tonto listo sin escrúpulos, diciendo esta semana que lo del hermano en la Diputación de Badajoz no es nada. Jamás dejarán caer a Sánchez si de ellos depende. Lo sostendrán hasta dejar España en los huesos.

Situación límite y de una extraordinaria gravedad. Estamos ante una “emergencia nacional”, como estos días recordaba Tomás Gómez, miembro que fue del PSOE y buen conocedor del paño. Con la mujer del presidente, el hermano del presidente y la mano derecha del presidente, imputados. Con el Fiscal General del Estado, imputado. Con la jefa del gabinete del ex jefe de gabinete del presidente, también imputada. Con varios ministros sobre los que planea la sombra de la imputación. Y con Lobato muerto, cadáver en la cuneta de una forma de hacer política propia de mafias. Es evidente que en una democracia esto ya se habría resuelto hace tiempo por el único método que en democracia cabe concebir: con la dimisión del hombre convertido en cabeza de la hidra. Son hoy mayoría los que creen que Pedro tampoco dimitirá en el caso de que el Supremo, más pronto que tarde, termine imputándolo. Y, entonces, ¿qué? ¿Nos encaminamos lisa y llanamente hacia una dictadura en toda regla? Que se sepa, nuestro Largo Caballero no podría contar con los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado en un hipotético intento de asonada destinada a convertir España en la Venezuela europea. La Guardia Civil está dividida (lo ocurrido con el coronel Pérez de los Cobos así lo atestigua), partida en dos mitades como la propia España, y algo parecido parece estar pasando con la cúpula militar si hemos de dar crédito al comportamiento del general jefe de la UME, servilmente ganado por la woke palabrería hueca, básicamente falsa, de la grey sociata, resultado todo ello de la maceración lenta a la que Margarita está linda la mar y Marlaska han sometido a Ejército y Guardia Civil. “Cuando acabemos con la derecha…”, decía ayer la ministra Isabel Rodríguez en Sevilla. A estas alturas, imaginar a Pedro salivando ante la idea de una solución a lo Hugo Chávez resulta una sospecha francamente razonable. Zapatero se ha traído la lección bien aprendida de Caracas. Es la civilización exhausta esperando a su bárbaro, que dijo Cioran.

Un país donde Víctor de Aldama teme ser asesinado por haber puesto en evidencia el entramado delictivo de este Gobierno es un país muy peligroso, que ha traspasado todas las líneas rojas. Y ello a pesar de la congénita cobardía del español medio, demasiado apegado a la vida muelle de estos años de desarrollismo inane. Ojo a los zarpazos del animal herido. Parece que el Congreso sevillano ha tapado el debate sobre la Monarquía que pretendían no pocas agrupaciones socialistas. El asedio a la Corona como último reducto/recurso de un sanchismo herido de muerte y necesitado de más madera con la que alimentar la caldera de su Brunete mediática, el equipo de opinión sincronizada en el que Pedro tiene puesta sus esperanzas. “Ser periodista significa para mi ser desobediente. Y ser desobediente significa, entre otras cosas, estar en la oposición”, contaba Oriana Fallaci al periodista portugués Álvaro Guerra, después de que el secretario general del PCP, Álvaro Cunhal, se atreviera a desmentir una entrevista (“En Portugal nunca podrá haber una democracia como en el resto de Europa occidental”), que le había realizado el 13 de junio de 1975 para L’Europeo. “Y para estar en la oposición hay que decir la verdad. Hay que arriesgar. Mi desprecio siempre es para quien no arriesga. Lo pensaba mirando a Papadopoulos, condenado a muerte. Pensaba: “Arriesgó. Se equivocó. Y ahora paga. Pero Niarchos y Andreadis, sus ex patrones, no pagan. Son más ricos y más amos que antes”. Y además pensaba: “Mussolini pagó. Agnelli, no. Hitler pagó. Krupp, no”. Los periodistas cobardes son un poco como los Krupp y los Niarchos y los Agnelli: no pagan nunca. Son, como ellos, personas sin moral. Vendidos al mejor postor: vendedores de palabras. Cambian de amo y basta. Yo no soy una vendedora de palabras. Soy una vendedora de ideas que paga siempre por sus ideas, correctas o equivocadas. Y a los estúpidos que me temen y se niegan a ser entrevistados por mí, les respondo: “No tienen miedo de mí. Tienen miedo de la verdad”.

Para vivir sin miedo necesita el PP dar un paso al frente. Para gobernar. Desde hace meses se ha instalado en el ambiente un inquietante divorcio entre la nomenclatura “popular” y la base social a la que dice representar. Incertidumbre y un cuasi total desconcierto sobre lo que el PP puede hacer o decir en cualquier circunstancia y ante cualquier cuestión. La presencia de Núñez Feijóo en el congreso de la UGT ha llevado la perplejidad a esa amplia base social que vota soluciones de derecha liberal. ¿Qué se le ha perdido al gallego al lado de un tipo que, entre otras cosas, ninguna buena, apoya al separatismo catalán? En Génova 13 parece tener dificultades para comprender que la polarización de la sociedad española impuesta por el sanchismo, además de reducir al mínimo el espacio político de centro, hace imposible cualquier trasvase de voto interbloques. El partido no ha perdido soporte por su izquierda, sino por su derecha, y ahí están los 3,5 millones de votantes de Vox que salieron huyendo de la estulticia y la traición “marianil”. El empeño en adoptar posiciones progres bajo el falso manto de la moderación y la justicia social no tiene, por eso, eficacia alguna a la hora de atraer votos de una izquierda radicalizada o de una derecha hastiada de buenismo. Para lograrlo parece imprescindible dotarse de un marco de principios claro y de un proyecto de país que apunte con claridad hacia el modelo de sociedad que aspiras a construir. Un ideario, un proyecto de país y un equipo que inspire confianza y tenga el peso específico necesario para generarla. Feijóo está obligado a tomar decisiones urgentes y posiblemente traumáticas, sin dejarse seducir por los cantos de sirena de las encuestas. Ni un minuto que perder.

Jesús Cacho. Vozpópuli.

martes, 26 de noviembre de 2024

Un palo en la espalda de Sánchez

Han detenido ya a tres personas por golpear el coche del presidente, pero no consiguieron arrestar (por lo que sea) a Carles Puigdemont, que se pasó diez minutos subido en una peana

Andan las viudas de Pedro Sánchez (que son las mismas que las de Kamala Harris) diciendo que lo ocurrido en Paiporta con los Reyes y el presidente fue obra de grupos organizados. En concreto, de grupos de extrema derecha, que es como el comodín de la llamada. ¿Qué imputan a mi mujer? Es cosa de la ultraderecha. ¿Qué imputan al fiscal general del Estado? Cosa de la ultraderecha. ¿Qué la gente del campo se manifiesta? Es que son de ultraderecha. Habiendo tanto derechista suelto, no entiendo cómo no ganan sobradamente las elecciones. Es más, al ritmo de obsesión que llevamos, no descarto ver a Sánchez en una habitación acolchada delante de un especialista: «Y dime, Pedro, esos ultraderechistas que ves, ¿están aquí con nosotros en esta sala?».

Bromas aparte, el presidente puede caer en el cuento de Pedro y el lobo, y que al final su «alerta antifascista» no surta efecto ni entre los más cafeteros. Pero allá él, que para algo tiene más asesores que militares hubo en Aldaia los tres primeros días de la tragedia. La realidad es que Sánchez es el presidente con mayor contestación pública porque es a su vez el presidente con menos apoyo de la historia de España. Nunca nadie se empeñó en gobernar perdiendo las elecciones. Nunca nadie quiso presidir España aliándose con los que quieren salir de ella desvalijándola. Y nunca antes un presidente llamó fachosfera a esa mitad del país que, aunque no le vota, sí depende de su gestión.

El caso es que la gente de Valencia se encendió y recibió a las autoridades con palos y barro. Fue desagradable. Y luego unos dieron la cara y otros la espalda, en función de su estatura moral. Pero eso fue lo que pasó, por resumirlo mucho. La gente perdió los nervios (mal hecho) y cruzó la frontera de la agresión física, pues el lanzamiento de un palo o de un objeto —como el que abrió la frente del escolta de la Reina— es igual de condenable tanto cuando acierta como cuando falla, que fue lo que ocurrió con Sánchez. Al presidente le rozaron los proyectiles y luego golpearon los coches de su comitiva, en una imagen que a mí, como ciudadano común, me entristece. Vale que mi casa no ha estado con metro y medio de agua sucia corriendo por los pasillos. Vale que no he perdido a ningún ser querido ni llevo cinco días sin poder abrir los grifos, pero no es la imagen de país que me gustaría exportar (como tampoco lo es que mandemos militares con cuentagotas por inoperancia o por cálculo político, que es lo que me temo que pasó).

Donde sí han estado rápidos es con las detenciones. Se han registrado ya un total de tres por atacar los coches del presidente y entiendo que se ha hecho porque lo merecían. Pero no deja de sorprenderme que en cuatro días tengamos tres detenidos y nadie consiguiese arrestar a Carles Puigdemont después de pegarse diez minutos subido en una rotonda del centro de Barcelona. ¿Cómo no se va a enfadar la gente de Valencia si para unos hay terciopelo y para otros multas? No tengo ninguna duda de que si hubiera un Partido Paiportino con siete escaños en el Congreso, hoy los vecinos de Valencia caminarían sobre azulejos.

Y estarían debidamente amnistiados.

Jorge Sanz Casillas

El Debate 8/11/24